Rebeca Argudo-ABC
- Nada sano se construye a partir del rencor, el odio y la venganza
Quedó demostrado en Sevilla: noventa años después de la Guerra Civil, todavía hay quien come de mantener abiertas las heridas. Sí, la guerra civil la perdimos todos. Para comprobarlo solo hay que acercarse desprejuiciadamente a Chaves Nogales, a Cansinos Asens, a Clara Campoamor, a Salvador de Madariaga. Si toda guerra es un fracaso de la razón, una guerra civil es, además, un fracaso moral. ¡Claro que la guerra la perdimos todos! Independientemente del resultado militar, que ese sí arrojó vencedores y vencidos. Tan solo un literalista, incapaz para el pensamiento abstracto, interpretaría esa frase como una ofensa: es la historia de nuestros mayores. Es sobre esa pérdida común donde hunden sus raíces la generosidad y el perdón del que emanan nuestras libertades, la conquista de nuestros derechos y nuestra democracia misma. Nada sano se construye a partir del rencor, el odio y la venganza. Y no tiene nada que ver con olvido, más bien al contrario. Conocer y entender es fundamental para evitar cometer los mismos errores. Pero no se ha inventado mejor método para avanzar en el conocimiento que el libre intercambio de ideas. Abortarlo para evitar coincidir con el que piensa diferente (o porque se discrepa con un título que no se entiende) no tiene nada de valiente, de honroso o de probo. Amenazar y coaccionar, porque la propia ausencia es insuficiente y se aspira a silenciar al otro, es totalitario, pueril e intolerante. Celebrarlo, además, miserable.
Quedó demostrado en Sevilla: noventa años después de la Guerra Civil, una parte de la intelectualidad sigue apuntalando, por acción u omisión, esa creencia simplista y falsaria de que lo único moralmente legítimo aquí es ser de izquierdas, obviando el valor medular de toda sociedad democrática que es el pluralismo político. Ante actitudes tan antidemocráticas, vengan de donde vengan, uno esperaría enfrente valentía y arrojo. Si no tanto como para mantener programadas unas jornadas culturales, que presumen de plurales, pese a intimidaciones y presiones de una izquierda desilustrada (tampoco podemos andar exigiendo heroicidades a quien prefiere la confortabilidad de no jugarse las lentejas), al menos sí para no universalizar responsabilidades con argumentos espurios y reduccionistas en nombre de una equidistancia mal entendida (equidistancia no es ecuanimidad) o, peor, proteger con ello el negociado (moral o monetario). Una mínima determinación para no temer el decir, alto y claro, que es la izquierda revanchista la que ha negado el diálogo y levantado muros y que, la derecha, aquí solo ha sido víctima de esas pulsiones totalitarias y de la cobardía de los organizadores. De una izquierda esta que, visto lo visto, de haber tenido oportunidad no habría facilitado el nacimiento de una democracia sino de una dictadura de signo opuesto.
Quedó demostrado en Sevilla: parece que ahí fuera, todavía, hace frío y hambre. Que los libros no se venden solos. ¿Se van a jugar el pan (y el caviar) por esa fruslería de aproximarse a la verdad y defenderla? Será que los héroes solo se dan en la literatura. Aquí son, simplemente, un vaso saltado… Como todos nosotros…