- No, no somos contemporáneos de nuestro presente. Nos hemos resignado a ser los fósiles de un sombrío pasado. Que vivieron otros
Ha pasado ahora un siglo. Casi. Ochenta años, para ser precisos. De mi familia, todos perdieron aquella guerra. Con consecuencias en diversa medida graves. Desde la condena a muerte de mi padre, militar de carrera, que acabó en «sólo» pena de treinta años y expulsión del ejército, hasta sanciones de diversa entidad en la familia de docentes que era la de mi madre. No hay guerra en la cual no haya vencedores y derrotados: ¿a qué hacerse fantasías? Y, para los que perdieron la llamada «civil» –que fue, sobre todo, guerra entre dos fracciones del ejército–, aguardaban el paredón, las cárceles, las depuraciones. Que es, con exactitud, lo que hubiera aguardado a los que la ganaron si la hubieran perdido.
Vae victis!, «¡ay de los vencidos!» No es metáfora: en la derrota bélica no late esperanza alguna. Y, si esa derrota lo es en una cálida carnicería en familia, como la del 36-39, las fronteras que acotan frente de guerra y difusos odios primigenios se esfuman. Toda guerra civil es un salvaje juego de matarifes. Fantasear otra cosa es ser un perfecto imbécil o un canalla.
Va para pasar un siglo. Cuando un grupo de estudiosos se plantea un coloquio en Sevilla sobre aquella maldita guerra, más ya de los abuelos que de los padres de los hoy vivos. Se ofrece un título, al que, en todo caso, podría reprochársele ser pleonasmo: «1936: la guerra que todos perdimos». Y es entonces cuando sucede algo que es síntoma, sí, de la tragedia presente de esta España en la cual vivimos. No una guerra que, ochenta años más tarde, concierne sólo al frío bisturí de los historiadores. Sí, el «relato» –mythos, se dice en griego– actual de una guerra que sigue repitiendo su anacrónico presente en una memoria que a sí misma se da como ser único de la España contemporánea.
Es la eternidad propia de las leyendas. Permite reconocer al que narra y al que escucha: en sus sueños, sus heridas, sus dichas, sus pesadillas, sus deseos, sus espantos. Y ni un átomo nos transmite de lo realmente pasado. Que sólo la paciencia de los archivos, la búsqueda de datos, la desvelación de falsificaciones, séannos gratas o ingratas, pueden ir desentrañando ante los ojos sabios de los historiadores.
Pero basta enunciar la universalidad de una pérdida –que es la universalidad del sujeto que la sufre, la nación en este caso–, para que el fantasma de la guerra misma se despierte. Bajo forma de farsa, lo que antaño fue tragedia. Por fortuna. Y que todo pase, de la grandeza –horrible, pero grandeza– del combate real, a la harapienta escena de sus invenciones.
Conviene atenerse a la literalidad de las personas verbales. Si el título de ese coloquio hubiera sido «la guerra que todos perdieron», en tercera persona del plural, la objeción hubiera tenido pleno sentido. No, no es cierto que ambos ejércitos la perdieran. La perdió uno –en el cual, por cierto, combatían mis antepasados– y la ganó otro, al mando de un general que se mantuvo después, «por la gracia de Dios», durante 36 años en la Jefatura del Estado.
Pero, si el título se escribe en primera persona del plural –«la guerra que todos perdimos»– la prueba más irrefutable de su exactitud vendrá a ser la misma reacción ofendida de quienes se han sentido heridos por ella: «no, la perdimos nada más que unos», reclaman. Sólo que quienes enuncian eso resultan haber nacido medio siglo después de que la maldita guerra aquella hubiera terminado. Y la derrota de la que hablan, de la que hablamos, será entonces la presente derrota colectiva de un país que no ha sabido liberarse de su pasado.
Mis padres perdieron su guerra. Mi familia pagó el precio. Y parece que ese precio siguen imaginariamente pagándolo los demasiado jóvenes para haberla vivido. Es el precio de una leyenda. Pero las leyendas hieren. Anímicamente. Y anímicamente matan. A aquellos que no saben –o no pueden– despojarse a tiempo de su aplastante roca de Sísifo; a los que siguen acarreándola sobre su espalda hasta caer exhaustos.
¿Cabe imaginar mejor prueba de esa tragedia, que ata a los hombres a un pasado imaginario, que esta brutalidad que hace imposible, en 2026, hablar sobre las comunes heridas familiares a quienes sólo hemos sabido vivir nuestra historia en nuestras leyendas? No, no somos contemporáneos de nuestro presente. Nos hemos resignado a ser los fósiles de un sombrío pasado. Que vivieron otros.