Manuel Marín-Vozpópuli
- El sanchismo vive en una realidad paralela. No es consciente de su falta de empatía. Vive en su burbuja de tacticismos vacíos y relatos sin alma
“Las víctimas eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estábamos dando cuenta”. Estas pocas palabras de Liliana Sáenz, hija de una de las víctimas del Alvia descarrilado en Adamuz, pronunciadas durante el funeral de Estado, sí, funeral de Estado, del pasado jueves, son el mejor resumen y el más acertado diagnóstico de la apoplejía de país que nos aqueja. Ocurre una tragedia evitable, el Gobierno ofrece hasta siete versiones discrepantes entre sí, y cuando ni siquiera habían sido localizados todos los cadáveres, cuando persistía el shock emocional, La Moncloa empezó a funcionar como suele. No había que atender a las víctimas, cuidarlas, protegerlas, abrazarlas. Había que manipularlas con un mangoneo inasumible. Había que diseñar un ‘homenaje de Estado’ a la medida del presidente del Gobierno. Siempre, siempre, lo que diga Sánchez, y manos a la obra. Y las familias se rebelaron. Muchos no habían sido aún enterrados o incinerados. Nadie tuvo ni siquiera tiempo de tomar conciencia y aterrizar en su drama. Pero Sánchez y Puente ya habían dictado sentencia. Nada de funeral religioso. Sólo frías llamadas rutinarias de delegados del Gobierno preguntando a los familiares si acudirían a honrar a Sánchez, que tendría a bien dedicar una parte de su ocupado tiempo a acompañarlas. Un día más de trámite en la oficina, presidente, y poco más. ¡Debemos improvisar una partida con ayudas! ¿Cuánto, presidente? ¿10, 20, 30 millones? Míralo tú y que se anuncie el martes. Y como Dios.
Vaya. Qué mangoneo de la dignidad de las personas. No has podido despedirte siquiera de tu madre y viene este Gobierno dadivoso y te dice que lo siente, pero eso sí, que te va a ingresar 200.000 eurazos en tu cuenta. El mensaje es desolador. El precio de una vida, un titular de prensa, un relato de buenismo solidario, el tráfico de sentimientos… y a pasar página. Hay tragedias que ocurren, sentencia el presidente como iconografía de una fatalidad inevitable. No. Hay tragedias evitables y usted no puede exhibir fajos de billetes a cambio de vidas para lavar la conciencia. Esto es exactamente lo que las víctimas le han replicado. Por eso Sánchez se escondió, una variante evolucionada de la huida de Paiporta, menos gravosa, menos humillante… pero igual de cobardona. Sánchez nunca debió esconderse por más que sea la marca de la casa en La Moncloa. Tampoco Santiago Abascal, y él sabrá por qué se equivocó tanto.
El funeral, religioso, sí, religioso, en el mismo suelo donde Juan Pablo II bautizó la fe y el fervor de Huelva como ‘la tierra de María’, nos deja en herencia la esencia más fundamental de la categoría humana. Nos regala una dignidad rebosante de pueblo unido y un sentimiento sereno de desaprobación y rechazo despectivo a esa casta que convirtió un Ministerio en un chiringuito de amigos incapaces de gestionar algo más que sus permisos, sus vacaciones, sus salarios desproporcionados y su indolencia. Nos deja en herencia una reflexión necesaria basada en solo dos palabras pronunciadas por Liliana con esa limpieza de corazón que solo alguien destruido por dentro está legitimada para demostrar. Liliana habló de la verdad y de la fractura. Y no lo hizo en sentido figurado. Serena, pausadamente, sin aspavientos, sin politiqueos, sin medir la oportunidad de cada palabra. Ella hizo exactamente lo que le salió de las entrañas. Pureza sincera. Sentimiento. Dolor. Las víctimas quieren la verdad de lo ocurrido, no mareos técnicos ni más excusas de escaqueados. Quieren saber por qué. Y si la vía debía estar “íntegramente” reparada y revisada, como afirmó Óscar Puente, tanta muerte habría sido evitable.
Quieren saber por qué una sociedad generosa, entregada, repleta de héroes limpios a cualquier hora del día y de la noche, con voluntarios sin límite, está siendo sistemáticamente fracturada en bloques ideológicos a los que politizar con mensajes falaces y relatos oportunistas. No es baladí lo que gritó Liliana en su plenitud de joven martirizada por el desgarro. “Las víctimas eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estábamos dando cuenta”. Es la denuncia más brillante y la definición más exacta y más acertada del ecosistema del sanchismo. El muro de la investidura. El féretro de Franco colgando de un helicóptero. El odio ideológico. El revanchismo. El desguace de la Transición. La demolición de la Constitución. Esa sencilla frase encierra un tesoro porque define sin matices el programa más notorio del sanchismo: la mentira en las versiones, la manipulación de las víctimas para amoldarlas a medida de Moncloa, la obsesión enfermiza por la división social, la necesidad de romper ideológicamente a la ciudadanía en bandos, y la elusión de responsabilidades. Eso denunció Lilian en nombre de una Huelva llorosa representada en una eucaristía. Ese fue el lema de una rebelión, de una advertencia: así no, Sánchez. Así no. Y la cara desencajada de María Jesús Montero, con el mismo mentón apretado de Sánchez bajo sus pómulos, así lo delataba. Cada vez les quieren menos.
El sanchismo se ha instalado en una realidad paralela. No es consciente de su falta de empatía, y si lo es, lo ignora. Vive en su burbuja de tacticismos vacíos y de consecución de relatos sin alma, con una pérdida notoria de la visión del horizonte, sin aceptar errores ni fracasos, y empecinado en teorías inasumibles como que, ocurra lo que ocurra, Sánchez siempre tiene razón. Ha dejado de existir esa reactividad irritada, casi folclórica, de cuando en los estadios o plazas de toros la gente mentaba a la madre de Sánchez, o cuando se le gritaba aquello de que le vote Txapote. Eso, que no es divertido, se presentaba públicamente como algo hasta lúdico. Había que sacudir a Sánchez como divertimento, como escarnio, y ya está. Se quedaba en algo tan ingenioso como irrelevante. Hoy ya no. Estamos en otra fase más seria del hartazgo por tanta amoralidad. Ese hartazgo ha degenerado en frustración, desesperación y resignación. Sánchez va a seguir porque sí, destroce lo que destroce. Porque ni siquiera es capaz de asumir su propia realidad. LO ha confundido todo, hasta los sentimientos ajenos.
Adamuz, como Huelva, como Extremadura en las urnas y seguramente ahora Aragón, están emitiendo señales claras. “Usted ya ni nos ofende. Le ignoramos. Nos rebelamos contra sus embustes, contra el mangoneo de las víctimas. Haga lo que quiera, que aquí esperamos a que caiga. Porque caerá. Ya no nos daña, solo pedimos que nos deje llorar a nuestros muertos a nuestro modo, no al suyo. No necesitamos llamar asesino a nadie. Somos elegantes y dignos hasta para decirle su frase favorita, ¿recuerda? No es no, Sánchez. No es no. Las víctimas ya no le odian ni le insultan. Ni a Puente. Solo lloramos en la intimidad. Y punto. Allá usted con su fractura y su verdad. Ni aceptamos la primera ni necesitamos la segunda. En realidad nos compadecemos de que usted no tenga alma. Abrácese a Bildu y no nos abrace a nosotros. Haga lo que quiera. Pero no nos explique qué es el bien y qué es el mal. Por desgracia, todos ya lo sabemos”.