Florentino Portero-El Debate
  • Trump está convencido de que la superioridad militar norteamericana le permitirá, para empezar, doblegar la voluntad de los gobernantes venezolanos e iraníes sin necesidad de desplegar fuerzas terrestres ni asumir la reconstrucción política de esos países

Nos lo ha repetido de palabra y por escrito: Estados Unidos ya no está interesado en promover la democracia en el mundo ni, mucho menos, en practicar la reconstrucción de naciones. Sin embargo, en el año que lleva en el poder, Trump ha actuado con sorprendente celeridad y contundencia contra estados cuya política supone, desde su perspectiva, una amenaza para la seguridad nacional. Si la amenaza procede del régimen, ¿es posible anularla sin modificarlo? Según el discurso presidencial, la respuesta es inequívocamente afirmativa, aunque sus actos no van tan claramente en la misma dirección.

En Venezuela ha llevado a cabo una brillante operación militar dirigida a quitar un estorbo, Maduro, y a escenificar la extrema debilidad militar del régimen bolivariano. A partir de ahí está llevando a cabo una operación de doma gubernamental para obtener lo que desea. La primera parte ha sido brillante. El control del mercado de los hidrocarburos supone el fin de las operaciones de intercambio de crudo por servicios o bienes con Cuba, China, Irán, Hizbolá…, y la supeditación de la economía nacional. La segunda es mucho más complicada, porque el crimen organizado se escapa del control bolivariano y tampoco está claro que el régimen acepte las nuevas exigencias.

En Irán Trump quiere rematar lo que inició en su primer mandato. Tenía toda la razón en criticar a Obama por un acuerdo sobre energía nuclear que nada resolvía y que dejaba fuera el control de los misiles. Sin embargo, el abandono del acuerdo no supuso el fin del problema. Con el tiempo la amenaza iraní se agravó, al desarrollarse y fortalecerse el Eje de Resistencia islamista dirigido a acabar con la influencia occidental, terminar con Israel y desestabilizar el conjunto de regímenes «moderados» en la región. La Guerra de Gaza y las intervenciones israelíes en El Líbano, Siria e Irán son el acta notarial de la gravedad del problema. Gaza no podrá reconstruirse con Hamás en su seno, hoy respaldado desde Teherán. Trump ha reforzado la presencia militar norteamericana en la región, aumentando el número de escuadrones y reforzando la flota con un portaviones y tres destructores. El mensaje es claro, como lo son los términos de la negociación: fin del programa nuclear, control del arsenal de misiles y renuncia al Eje de Resistencia, la sistemática injerencia del régimen de los ayatolás amparando milicias islamistas en estados vecinos. De lo contrario hará uso de la fuerza ¿Podría el régimen sobrevivir si cediera a esas demandas? ¿Estará dispuesto a ello? En el caso, muy probable, de rechazar esas exigencias, ¿acabaría con el régimen una campaña de bombardeo de precisión o le obligaría a ceder a las presiones de Washington?

Tanto en Venezuela como en Iran la política de Trump se encuentra ante dos serias dificultades. La primera es que el uso de la fuerza a distancia tiene un efecto muy limitado. Las guerras no se ganan desde el aire, más aún cuando la otra parte son regímenes totalitarios diseñados para soportar situaciones como estas. La segunda es que solo la democracia garantiza el Estado de derecho y con él el imperio de la ley.

En teoría Estados Unidos podría entenderse con una dictadura, cuando sus intereses fuesen coincidentes o complementarios. Un ejemplo es el que plantea su relación con Rusia. Los dirigentes de ambos estados no ocultan su ansiedad por comenzar a hacer negocios, públicos y privados. Pero el precio es Europa, que hasta para un personaje como Trump es mucho pagar. No es casualidad ni el resultado de una deriva ideológica enfermiza el que Emanuel Kant estableciera un vínculo entre gobiernos representativos y la seguridad internacional, ni que el presidente Harry S. Truman estableciera los cimientos de lo que con el tiempo dimos en llamar orden liberal.

Trump está convencido de que la superioridad militar norteamericana le permitirá, para empezar, doblegar la voluntad de los gobernantes venezolanos e iraníes sin necesidad de desplegar fuerzas terrestres ni asumir la reconstrucción política de esos países. Nos toca esperar y ver. Por ahora se está estableciendo una relación entre cambio y democracia que no acaba de casar con el discurso oficialista, tan querido por los cuadros del MAGA.