Pablo Zapata Lerga-El Correo

  • A los dictadores no les gusta el pensador independiente

Escuché en la radio que Springsteen había compuesto una canción contra la represión en Mineápolis. Sorprendido, esperé al telediario de mediodía, donde escuché parte de la canción. Al poco rato pude encontrar ‘Streets of Minneapolis’ en el ordenador, completa y bilingüe. Me dio un vuelco, la escuché varias veces, aquello era todo un símbolo, era un nuevo «I have a dream» (Tengo un sueño) de Martin Luther King, 28 de agosto de 1963. Un hito para la historia de la conquista de los derechos civiles.

No voy a presumir, pero me atrevería a decir que ‘Streets of Minneapolis’ va a ser el himno protesta de la dignidad contra la opresión de la dictadura reinante, que ya no solo mata a inmigrantes, una antorcha por la dignidad que va a ir minando la estatua postiza del vulgar pistolero mercantilista. Ha sido un fuerte soplo de dignidad que poco a poco irá levantando a las masas en distintas ciudades pidiendo un mundo de respeto al ritmo del viejo country rock:

«Contra el humo y las balas de goma / a la temprana luz de la aurora / los ciudadanos representaban la justicia / sus voces sonando por la noche / y había huellas ensangrentadas / donde debía haber habido misericordia. / Y dos muertos, abandonados para morir en las calles cubiertas de nieve / Alex Pretti y Renee Good».

Me vino a la mente ‘Blowin’ in the Wind’, la canción protesta de Bob Dylan de 1962: «How many roads must a man walk down / before you call him a man?» (¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre / antes de poder llamarlo hombre?). Fue un símbolo que hizo arder las universidades. En plena guerra de Vietnam, cuando se acallaban las manifestaciones con balas reales y había muertos, hubo varios estadounideses que se inmolaron imitando a los monjes vietnamitas, como Norman Morrison, cuáquero pacifista de 31 años que se sacrificó frente al Pentágono.

El poeta vietnamita To Huu compuso ‘Canción para Emily’, la hija de Norman Morrison, que se repitió sin descanso en las radios de todo el mundo y transcribo completa: «Emily, hija mía, / está oscureciendo / y no puedo llevarte a casa. / Cuando mi cuerpo arda en llamas esta noche, / tu madre vendrá a buscarte. / Por favor, corre hacia ella, abrázala y bésala por mí / y ayúdame a decirle / que me voy con alegría. / Por favor, no estés triste. / En el momento en el que mi corazón está en lo cierto, / quemo mi cuerpo /porque en el fuego resplandezco /por la verdad».

Un poema, una canción, una sentencia, un clavel en la boca de un fusil tienen más fuerza que todos los discursos demagógicos. Cuando los golpistas se lanzan a tomar el poder, los primeros a los que liquidan son los poetas, porque son un símbolo. No matan a los banqueros, lo que quieren matar son las ideas-

A los dictadores nunca les ha gustado el pensador independiente. En el golpe de Estado del 36, lo primero que hicieron fue matar a un símbolo: Federico, el poeta más grande, nuestro Mozart de la poesía. A Unamuno, el pensador más importante, lo mataron y nos engañaron con cuentos. Mataron por malos tratos a Miguel Hernández, conmutaron la pena de muerte del jovencísimo poeta Marcos Ana por la de 30 años de cárcel, de los que cumplió 23. Casi todos los poetas de la Generación del 27 y de la del 14 tuvieron que ir al exilio. Y para dominar el pensamiento de la triste historia de nuestro triste recién pasado siglo mataron, inhabilitaron o exiliaron al 80% del profesorado, aquellos maestros de la República bien preparados que se habían educado bajo las directrices de la Institución Libre de Enseñanza. En los años 30, España dio un enorme salto cultural, con eminentes figuras, fue la Edad de Plata de nuestra historia. Todo ello fue arrasado por los fascistas-golpistas, que quemaron cientos de bibliotecas.

Cuando Pinochet dio el golpe de Estado en Chile en 1973, lo primero que hizo fue matar a Víctor Jara, después de torturarlo. Sus canciones eran un símbolo contra la barbarie. Y fueron muchísimos más, periodistas e intelectuales, entre ellos el Nobel de Literatura Pablo Neruda, que casi con toda seguridad fue envenenado. Decenas de intelectuales tuvieron que exiliarse. Los Stalin, Hitler, Mussolini, Mao, Franco (sí, que es de la misma camada) y otros mucho persiguieron a miles de pensadores. Con Hitler, entre muertos, perseguidos, exiliados y suicidados se cuentan por cientos. Sí, los pensadores estorban a los golpistas. Trump odia la libertad de prensa.

En la guerra, los fusiles son más fuertes que las ideas, pero con el paso de los años unos serán despreciados mientras que los ideales de los muertos permanecen en las antologías. «Libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír», nos recuerda George Orwell