Ignacio Camacho-ABC
- Abascal está capitalizando el rechazo al sanchismo. Será él quien decida si entra a cogobernar y con qué requisitos
Si no fallan las últimas encuestas permitidas –por unos plazos propios del siglo pasado–, el PSOE se va a descalabrar también en Aragón, el PP se quedará más o menos igual, escaño arriba o abajo, y Vox confirmará su crecimiento hasta casi doblar su anterior resultado. Esto significa que a los socialistas ya no le funcionan las campañas, ámbito donde siempre se ha desenvuelto con buena mano, y que los populares se están estancando mientras la formación de Abascal capitaliza en exclusiva el descontento antisanchista al recoger la práctica totalidad del voto de rechazo. Es decir, la triple tendencia en torno a la cual parece configurarse el ciclo electoral de este año. Azcón y Feijóo sabrán el domingo si les merecía la pena el adelanto.
Porque más allá de la constatación del declive del sanchismo, su alternativa se va configurando en torno a un escenario donde la derecha radical tendrá un papel decisivo, mucho más relevante de lo que la cúpula de Génova había previsto cuando su líder se comprometió a formar un gobierno monocolor durante el último congreso del partido. Tal como marchan las cosas no existen muchos indicios de que pueda cumplir ese compromiso; todo apunta más bien a que será Abascal quien esté en condiciones de elegir si entra o no, y con qué requisitos, en un eventual Ejecutivo. Mucho tendrá que cambiar el panorama sociológico y político para que las elecciones generales alumbren un desenlace distinto.
No sólo es el socialismo el que está sufriendo la epidemia de desafecto. El malestar se extiende al bipartidismo y el PP no logra contenerlo por falta de criterio táctico y estratégico. La idea de acercarse al marco de Vox, con unos grados de intensidad menos, no tiene éxito: lo aleja del centro sin permitirle crecer por el flanco derecho. El candidato ofrece una imagen desperfilada que crea sensación de desconcierto y el clima de polarización empuja a buena parte de su electorado, en especial a los más jóvenes, hacia los discursos enérgicos. La moderación no vive buenos tiempos, pero tampoco Feijóo la defiende del modo correcto. Se le ve, quizá injustamente, indeciso, inseguro, como a rebufo de los acontecimientos.
Sánchez, por su parte, explota el malestar que él mismo genera. Sabe que sus subalternos no pueden ganar y se conforma con estimular el miedo a la ultraderecha para presentarse como la última defensa. Su prioridad es bloquear la opción liberal a costa incluso de sus propias pérdidas; lo ha fiado todo al enfrentamiento final, de cara al cual cree que le conviene desinstitucionalizar al máximo la contienda, trasladarla a un dramático combate de trincheras. Perderá en Aragón, en Castilla, en Andalucía, como perdió en Extremadura, y esas derrotas le servirán para llamar a la movilización frentepopulista de la izquierda. Probablemente volverá a perder, pero dejará una irreversible fractura social como herencia.