Ignacio Camacho-ABC

  • La crisis reputacional del AVE es irremediable. Ya no merece el nombre altisonante que lleva pintado en el fuselaje

Estoy deseando que reparen la línea trágicamente rota en Adamuz para subir al primer AVE que salga (bueno, el segundo por si acaso) aunque de alta velocidad ya sólo tenga el logotipo con la ‘v’ en forma de ala. Para Andalucía, la suspensión de la conexión ferroviaria con Madrid ha supuesto en materia de movilidad una regresión de cuatro décadas, un retroceso a aquellos años ochenta de aviones saturados y largos desplazamientos por carretera. El problema es que la catástrofe cordobesa ha enterrado también, junto a sus 46 víctimas mortales, la sensación de seguridad de un tren que simbolizó el paso de España a la era moderna. Y que esa confianza no se va a recuperar mientras continúen multiplicándose las incidencias y las autoridades incrementen la sospecha sobre el mal estado de la red entera, sometida a una inquietante secuencia de urgentes revisiones técnicas, cierres de vías, cancelaciones de trayectos y órdenes preventivas de marcha lenta.

Dos semanas después del accidente, el caos se ha apoderado de las estaciones… y del ministerio. Por mucho que Óscar Puente blasone de su gestión –«les molesto porque lo hago muy bien», dijo el otro día a los diputados que le criticaban en el Congreso– y empiece a abandonar el tono humilde y sensato de los primeros momentos para recuperar su estilo zaragatero, sus propias decisiones evidencian que tan bien no lo ha hecho y que le toca una buena parte de responsabilidad en el declive de mantenimiento. El resto puede corresponder a sus antecesores, en especial a un Ábalos entretenido en asuntos que hoy lo tienen preso, pero el trazado andaluz fue en teoría reparado hace poco tiempo con las deficiencias apuntadas en los avisos de los maquinistas y en el informe de la comisión de expertos. Y las medidas de precaución dictadas sobre la línea de Cataluña revelan indicios de riesgo que hasta ahora no habían sido considerados con el debido celo.

La crisis reputacional es ya inevitable. La alta velocidad se ha convertido en un sarcasmo tras el desastre. Un transporte que tarda cuatro horas o más de Madrid a Barcelona no merece un nombre tan altisonante como el que lleva pintado en el fuselaje. Renfe y Adif, cuyos trabajadores tienen convocada una huelga, están en serias dificultades para medio normalizar el servicio, manejar con solvencia la circulación y hacer frente a los graves defectos estructurales. El colapso de las Cercanías tiene de uñas a los partidos separatistas catalanes, el contratiempo que más parece preocupar al Gobierno de Sánchez. El ministro del ramo, obligado por el presidente a dar la cara para protegerlo, pasa el tiempo disculpándose sin que los trabajos de mejora registren avances. Y los usuarios, condenados a sufrir retrasos constantes, averías cotidianas e incomodidades de toda clase, comprueban en sus carnes que el progreso consistía en vivir una aventura en cada viaje.