Daniel Ramírez-El Español
  • El presidente supera este 5 de febrero a Zapatero en días en La Moncloa. En mayo, adelantará a Aznar. Sólo le quedará pendiente la marca de los casi catorce años de González.

En este instante, cuando el amanecer colorea los muros de La Moncloa, ese lugar maravilloso que antes de Presidencia fue lugar de orgías para ingenieros agrónomos, Pedro Sánchez da un golpe en la clasificación. Un golpe, entiéndase, en sentido positivo, como el del independentismo catalán.

Hoy, 5 de febrero de 2026, Sánchez supera a Zapatero en términos de longevidad presidencial. En mayo, hará lo propio con Aznar. Y ya sólo le quedará Felipe.

Empiezo a pensar que, a este paso, la mejor manera de valorar a los presidentes de la Democracia será de menor a mayor tiempo en Moncloa.

¡Que vivan Leopoldo Calvo-Sotelo y sus poemas! ¡Viva el gran desconocido! El pianista y el hacedor de poemas satíricos cuando nadie miraba.

Antes de que estallara la trama, me resultaba muy llamativo que los hombres fuertes del sanchismo –nunca hubo mujeres– desperdiciaran un argumento para defenderse del felipismo cuando la reconciliación ya era imposible: la corrupción.

Lo pensé por primera vez en el despacho de Óscar Puente en el Ayuntamiento de Valladolid, adonde fui a entrevistarlo en sus tiempos de alcalde. Era mayo de 2021. Como también tenía la función de portavoz nacional del partido, me dijo: «Nombrarme a mí portavoz raya en lo temerario». Tenía razón.

Pero… ¡y nombrarlo ministro!

Puente me gustó porque explicó: «Siendo alcalde de Valladolid, no puedo actuar como mamporrero de un partido». Siendo ministro de Transportes, el razonamiento debe de ser distinto.

El caso es que Puente lanzó la avanzadilla en la respuesta a los ataques del felipismo, reivindicando una cosa cierta: cada generación tiene derecho a intentar su proyecto.

Dijo Puente: «A Felipe y Alfonso les importa más la patria que la gente (…) Sólo quieren causar daño y socavar los cimientos del PSOE (…) Están irreconocibles (…) En mi casa eran Dios, pero ya no me representan».

He elegido sólo unos pocos adjetivos. En ese instante, tras la retahíla, fue cuando pensé por primera vez: «Joder, ¿y cómo no les atacan con la corrupción? Podrían decir… Nosotros gobernamos con los independentistas, pero es que ustedes tuvieron varias tramas de corrupción en el corazón del Gobierno».

Pensé en el gobernador del Banco de España, en los GAL, en Flick, en Filesa, en Rumasa, en Roldán. En tantas cosas.

A partir de ahí, fui examinando las declaraciones con las que muchos dirigentes de Sánchez se despachaban. La corrupción nunca aparecía. Me extrañaba que hubiera en ese proceder un sentido de Estado.

Hasta que empezaron a saltar las primeras informaciones de la trama y até cabos.

No quiero decir con esto que Puente, por ejemplo, y otros tantos supieran lo que iba a suceder. Pero quizá lo sospechaban. Y seguro que lo hacían los escribidores de los argumentarios.

A estas alturas, aunque con las condenas pendientes, puede concluirse que, sin llegar a los catorce años en la Presidencia, Sánchez podrá acercarse mucho a González.

Nunca lo logrará del todo por dos motivos de severa importancia. El primero: Felipe, además de las mencionadas sombras, cuenta en su haber con una hoja de servicios al país repleta de éxitos.

La consecución de la alternancia en el poder, la institucionalización de la Democracia, el prestigio internacional, las reformas sociales… En definitiva, y por no rellenar decenas de folios: la modernización del país.

El segundo motivo: en la zona oscura, Felipe adolece de un agujero que no tiene ni tendrá Sánchez. El terrorismo de Estado.

Ha habido cuestiones muy delicadas en AznarZapatero y Rajoy, que cada uno colocará al nivel que le indique su código ideológico. Véase la guerra de Irak, el despropósito del 11-M, la negligente gestión de la crisis, el caso Bárcenas

No se trata de poner estas cuestiones en una balanza y tratar de condenar a unos más que a otros. Ese es, precisamente, el gran pecado de la España de hoy: la comparativa de los grandes errores.

Qué vamos a pedirle a una generación que está siendo capaz de arrojarse los muertos de la dana y de Adamuz para tratar de sobrevivir políticamente.

Pero sí hay un punto claro: con todos estos presidentes, en gran parte de sus mandatos, el país circulaba, funcionaba, estaba en marcha. Hubo momentos complicados, actuaciones infames, meses de bloqueo.

Sin embargo, no hubo una parálisis continuada y, además, asentada en la división fratricida.

Nunca antes el país había estado tan detenido y nunca antes la gente había estado tan a golpes, embadurnando de ideología absolutamente todo. En el fondo de esa pintura negra, está Sánchez.

La ausencia de Presupuestos, la corrupción y su Diario de Cesiones al independentismo, sumados a la desmemoria en el terrorismo y el golpe de 2017, han dado a luz a un país en vía muerta. Un Parlamento incapaz de legislar. Un Ejecutivo inmiscuyéndose en el Judicial.

Un Estado vedado a los grandes debates de nuestro tiempo: la inteligencia artificial, el papel de España en el nuevo orden que nace, la modernización de las infraestructuras…

Hoy, 5 de febrero de 2026, Sánchez sigue esculpiendo su perfil de presidente único e irrepetible.