Mikel Buesa-La Razón

  • Ese afán de muchos de los españoles por jubilarse lo antes posible no deja de tener una base irracional

En el curso de los últimos cincuenta años hemos asistido en España a un proceso de envejecimiento impulsado por una acelerada reducción de la natalidad que, cuando comenzó nuestro siglo, se estabilizó en uno de los niveles más bajos del mundo. Ello preludia que, inevitablemente, en un plazo de dos o tres décadas, la nuestra será una sociedad de ancianos. Curiosamente, esta situación no parece preocupar mucho a la gente corriente y menos aún a nuestros gobernantes, convencidos como están que eso se arregla abriendo el país a una inmigración masiva. De ahí el tópico de que necesitamos a los extranjeros para poder pagar las pensiones. Una idea ésta poco reflexiva que prescinde de los problemas de integración sociocultural que, aunque mitigados por el hecho de casi tres cuartas partes de esa población foránea procede de Latinoamérica o de Europa, se vienen manifestando con creciente intensidad; y que obvia también la constatación de que el saldo fiscal de los inmigrantes –o sea, la diferencia entre lo que aportan en impuestos y cotizaciones sociales y lo que reciben en forma de prestaciones, sanidad y educación– es negativo; lo mismo, por cierto, que ocurre con los nacionales, aunque las cifras correspondientes sean más apagadas. Pero más allá de esto, lo cierto es que los efectos del envejecimiento sobre la economía ya se están haciendo notar con alguna intensidad por la sencilla razón de que los ancianos no trabajan y ello se refleja en una reducción de la proporción de la población que está en edad de ofrecer un rendimiento productivo. El profesor Pablo García Guzmán ha mostrado que ese hecho ha restado más de un veinte por ciento a la tasa de crecimiento del PIB per cápita en lo que va de siglo; y también señala que la continuación de esa tendencia demográfica preludia un claro estancamiento del nivel de vida. En resumen, parece claro que vivir en una sociedad de viejos no va a ser precisamente estimulante y que ese afán de muchos de los españoles por jubilarse lo antes posible no deja de tener una base irracional. El futuro es siempre incierto, aunque esté escrito sobre los fundamentos del presente. Lo malo es esa ceguera que impide reconocerlos.