Antonio R. Naranjo-El Debate
- Hay que preocuparse y ocuparse de lo que sugiere una secuencia trágica de decisiones
Con Sánchez todo suele ser lo que parece y, por delirante, imposible o atroz que se nos antoje, es capaz primero de pensarlo, luego de diseñarlo y finalmente de ejecutarlo. Alguno no termina de entenderlo y, pese a los antecedentes, cree que ese paso más en la sustitución de una democracia auténtica por otro sistema que solo conserve la apariencia de Estado de derecho, nunca llegará.
Que aunque haya ido muy lejos no traspasará la última línea aunque las haya rebasado ya casi todas, por ejemplo arrendándole la investidura a quienes solo se la alquilan a cambio de utilizarle para destruir España, o gobernando una legislatura entera sin Presupuestos, o modificando el Código Penal, la separación de poderes o la caja única por impuesto revolucionario al dictado de delincuentes, o atacando a jueces, guardias civiles y periodistas cuando hacen su trabajo y demuestran la gravedad de los múltiples casos de corrupción que rodean a este insensato amoral.
Por eso ahora sería de ingenuos creer que el mismo personaje que lo ha hecho todo para asaltar el poder, primero en su partido y después en el país, no lo seguirá haciendo para conservarlo y librarse de las consecuencias de sus actos, prescritas por Talión, las leyes vigentes, los poderes aún en pie y los ciudadanos con su voto.
Y es ahí donde aparece un rastro que sugiere las perversas intenciones que cabe esperar de alguien que, si lo ha hecho todo para llegar al poder, lo hará aún más para evitar el ingreso moral y quizá real de su época en una cárcel simbólica, la del oprobio histórico, o físico, la que ya han conocido Cerdán y Ábalos, los Robin de nuestro siniestro Batman.
Si ponemos en secuencia todos los antecedentes bucaneros, propios de un pirata al abordaje, y todas las obsesiones posteriores o en desarrollo, ¿qué puede estar tramando? Frente a la evidencia de que Sánchez no tiene el respaldo de los votantes ni del Parlamento, las migas que va dejando por el camino para ignorar esa evidencia y recrear un universo paralelo donde él es una especie de profeta intocable y legitimado por ello a lo que sea para evitar la involución que supondría su desaparición.
Y esas migas, que cualquier Pulgarcito algo atento puede seguir, son la transformación de RTVE en el mayor aparato de propaganda obscena de la historia; la utilización del Tribunal Constitucional para enmendar o anular las sentencias del resto de instancias judiciales; la transformación del CIS en una herramienta de inducción al voto y no de estudio de la temperatura social; la obsesiva colonización de empresas y organismos clave en los procesos electorales como Correos, Telefónica e Indra; el deseo de censura en medios de comunicación y redes sociales en nombre de la democracia y, finalmente, la nacionalización exprés de más de un millón de nietos del exilio que, sin saber ni dónde está España, podrán formar parte de su censo electoral, no son hitos aislados.
Son, lo parecen o en todo caso tienen ese efecto, casillas de un mismo tablero destinado a conformar la idea de que el mismo Sánchez que no puede pisar la calle sin ser reprobado, que tiene en prisión o en el banquillo a su entorno político y familiar más íntimo, que perpetra en tiempo real un fraude mayúsculo al aferrarse al poder sin el respaldo de las urnas y sin una mayoría en el Parlamento, que es de largo el presidente con menos diputados propios de la historia y que carece de predicamento internacional alguno puede, sin embargo, ganar las elecciones generales de manera clara.
No se trata de dar por hecho que Sánchez está tramando un pucherazo, que es una acusación muy grave imposible de sostener por muchos indicios de sus perversas intenciones que haya, sino de comportarse con él como si efectivamente estuviera en ello. Porque ya ha adulterado la democracia, de hecho, y todos los que dieron ese salto definitivo al vacío de la autocracia siguieron, antes, los mismos pasos que él ya ha dado.