- Termino, no podemos dejar mejor herencia a nuestros hijos que procurarles una buena educación, no solo la académica que tanto suele preocuparnos. Nada les dará mejor resultado que saber que, tratando a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros, la vida será mucho más agradable
De vez en cuando, los primeros espadas de El Debate dedican sus artículos, cosa que los lectores agradecerán, a tratar cuestiones ajenas a la política. Hoy me toca a mí elegir esa opción con el deseo de que, al hacerlo, no disminuyan en exceso, como me temo, el interés por estas líneas y los comentarios.
No soy persona propensa a dar consejos, quizá involuntariamente pueda hacerlo alguna vez con el ejemplo, pero cuando se van cumpliendo años y la vida te ha ofrecido, por tanto, algunos sinsabores, aprendes a valorar lo realmente importante. Fruto de esa experiencia, me ha parecido oportuno dar excepcionalmente tres consejos a mis hijas para que afronten del mejor modo posible los acontecimientos poco agradables que en algún momento se les presentarán. Por si además sirvieran de algo para otras personas, paso a citarlos.
A mi juicio, son tres en la vida los pilares que, si los cuidas, se mantendrán incólumes hasta el final, aunque no son novedosos en absoluto, conviene recordarlos. En primer lugar, y luego explicaré el porqué, la educación. Una buena educación desde la infancia es fundamental para convivir respetando al prójimo y hacerlo con empatía. Ser agradecido, saber escuchar, acompañar, no molestar, no gritar, no presumir, no avasallar. Todas estas virtudes se enseñan desde la cuna y, como decía, si se cuidan, nadie podrá arrebatártelas. Son el primer pilar porque, sin ser el más importante, su permanencia solo depende de uno mismo. Los que citaré a continuación, desgraciadamente, se escapan a nuestro control.
El segundo es la familia. Es verdad que uno no la elige, se la encuentra, pero es igual de cierto que no hay lazos más fuertes, ni red más sólida que la de una familia bien avenida. Como en el matrimonio, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y en la tristeza, ahí está siempre la familia extensa, la recibida y la creada. No imagino desamparo mayor que no haber tenido unos padres a los que pedir ayuda, unos abuelos de los que haber aprendido o unos hermanos en los que apoyarte. Y qué decir, a pesar de las dificultades, de la complicidad de la pareja elegida o de la maravilla de los hijos. Sin duda, el que tiene familia tiene un tesoro, pero no uno al que mirar con embeleso, sino al que cuidar cada día con esmero.
Y vamos con el último pilar, los amigos. Personalmente, tengo muy pocos, contados con los dedos de una mano, pero sé que son incondicionales. Por la vida pasan muchas personas a las que otorgas, quizá alegremente, el título de amigas, y muchas de ellas, con el paso del tiempo o por otras circunstancias, desaparecen. Solo algunos permanecen siempre, aquellos a los que les importas tú al margen de tu condición, los que te llaman y te animan estés arriba o abajo, alegre o triste, apurado o desahogado, y por eso hay que conservarlos.
Termino, no podemos dejar mejor herencia a nuestros hijos que procurarles una buena educación, no solo la académica que tanto suele preocuparnos. Nada les dará mejor resultado que saber que, tratando a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros, la vida será mucho más agradable. Sencillo y difícil a la vez, pero merece la pena el empeño porque, si se consigue, es una maravilla. Manos a la obra.
- Carlos de Urquijo fue delegado del Gobierno en el País Vasco