Ignacio Marco-Gardoqui

  • La economía va bien si nos comparamos con nosotros mismos hace años y si olvidamos que hemos utilizado el mayor estímulo monetario de la historia

Tenemos un Gobierno que carece del apoyo mayoritario del Congreso de los diputados, lo cual supone una anomalía absoluta en democracia y un sonoro bofetón al principio -que hasta ahora era un dogma- del reparto de poderes establecido por Montesquieu. Esa carencia le obliga a gobernar con el abuso permanente de la figura, supuestamente excepcional, del decreto ley, convertida ya en proceder cotidiano. Sánchez lo ha utilizado el triple de veces que el presidente Adolfo Suárez, 59 veces mas que Mariano Rajoy y 39 veces más que Felipe González en la mitad de tiempo. Y eso sin contar con las 272 normas de contenido laboral impuestas por nuestra tremenda vicepresidenta Díaz sin acuerdo previo con la patronal. Al aterrizar después en el Congreso, siete de los decretos decayeron al no recibir el apoyo de los señores diputados. Es decir, el triple que los rechazados por todos los presidentes anteriores juntos, y eso por culpa de unos equilibrios parlamentarios menos estables que un avión aterrizando en el aeropuerto de Loiu con viento sur.

Tan volátiles e inestables que no ha sido capaz de aprobar unos presupuestos en toda la actual legislatura. Otro récord nacional que dudo tenga precedente a nivel mundial, lo que le ha obligado a solucionar su carencia con el recurso al procedimiento, también supuestamente excepcional, de los créditos extraordinarios que alcanzan ya la escandalosa cifra de los 75.000 millones, tan solo en el último año.

Transita por la legislatura, alegre y combativo, sin presupuestos, a pesar de haber cedido a todas las exigencias del combo latino que le apoya. Todas, que son todas y si no han sido más es por que no se les han ocurrido a los guerreros de ERC, a los belicosos de Junts, a los siempre enfadados de Podemos, a los pacíficos del PNV, ni a los complacientes de Bildu. Que todos han tenido su ración de competencias traspasadas, financiaciones a la carta, inversiones prometidas y exterroristas excarcelados.

Para que vea que no soy un vulgar propagador de bulos, un astuto agente de desinformación, ni un fascista camuflado de lagarterana, le reconozco que la economía va bien, como asegura el Gobierno. Va bien el crecimiento del PIB, medido en términos comparativos con nuestro entorno y van bien la creación de empleo, si cambiamos la referencia y nos comparamos con nosotros mismos, hace años. Va bien, si olvidamos que hemos recibido y utilizado el mayor estímulo monetario de la historia. Una mezcla de impuestos subidos -hasta un centenar-, deuda pública incrementada en cientos de miles de millones y fondos europeos regalados. Va bien, si olvidamos que el PIB per cápita sigue estancado, al ser consecuencia de un inesperado aumento de la población total. Lo que, al dividir el mayor PIB entre más personas, mantiene invariable la ratio. Va bien si nos olvidamos del tremendo aumento del empleo público y del tramposo recurso al cambio de la legislación que regula los contratos de obras, servicios y los estacionales, y que provoca el espectacular aumento de los contratos indefinidos, que no mejoran los contratos a tiempo completo y triplican la cifra de los fijos discontinuos inactivos que no trabajan, pero cobran el paro. Va bien si obviamos el hecho de que nuestras cifras del paro ocupan los primeros lugares en Europa.

Quizás sea esa la razón de que la economía vaya bien, vista de lejos, pero los ciudadanos no se enteran de ello y sí de que los datos de pobreza aumentan. Hoy se celebran elecciones en Aragón, ¿en que se fijarán los votantes, en que la economía va bien o en que los trenes van mal?