Antonio Rivera-El Correo

El ascenso de la derecha extrema primero preocupa a la derecha tradicional. Nace en su seno, le roba electores, merma su peso e importancia política y le somete al endiablado acertijo de cómo relacionarse con ella: mantener el cordón sanitario o confundirse y convertirse en un conservadurismo radicalizado indistinguible de su competidora. Es la primera fase del proceso, que termina, de momento, con resultados diferentes: se mantiene la vieja primacía (Alemania), se asienta un equilibrio que les obliga a depender mutuamente (España) o acaba superando a los viejos conservadores (Italia).

La segunda se produce cuando la derecha extrema invade el terreno de las izquierdas. ¿Estamos ahí? Este domingo, en Aragón, Vox quedará por encima del dieciséis por ciento, como en Extremadura, y en las próximas elecciones de Castilla y León se le augura al menos un veinte. Si la derecha tradicional no crece y ahora bajan las izquierdas, es claro, en un contexto de derechización del electorado, que se está nutriendo de ambos, pero no por igual. Las fugas en su favor provenientes del PP duplican a las del PSOE, lo que no quiere decir que este espacio esté a salvo.

Todavía, más que cuantitativamente, la amenaza para la izquierda es cualitativa. La estrategia de fracturar a la derecha engordando a su extrema por la vía de descalificar a la tradicional acusándola de cohabitar con aquella se ha agotado. Nadie deja de votar a Vox porque represente el fascismo que se le imputa, ni pasa a votar al PSOE para protegerse de lo que viene. Como complemento, al equilibrarse las dos derechas de manera desigual, pero suficiente, el PP depende de Vox sin remedio. Al pronto eso daba miedo, pero ya casi nadie de los de Feijóo se retrae ante la posibilidad. La polarización benefició a Sánchez al principio, pero ahora es inocua a todos los efectos. A la vez, desmoraliza y distancia al electorado más moderado del PSOE, que ya no lo ve como un remedio ante ese desplazamiento extremista del PP, sino como el causante de tan fatal deriva.

El impacto cualitativo también tiene que ver con una foto donde los socialistas queden próximos a Vox en plazas como Zaragoza, como ocurriera ya en Badajoz. No es solo por los de Abascal, sino por la fragmentación de voto en la izquierda y la abstención, pero la imagen es demoledora: los progresistas resistiendo en los espacios rurales, más envejecidos y dependientes, y menos dinámicos y modernos. Una imagen que se veía hace varias convocatorias en Andalucía y que, con el tiempo, asentó de manera estructural electorados nuevos y de continuidad futura. Lo que ocurre con las simpatías mayoritarias de los más jóvenes por el partido de Abascal es indicativo del envejecimiento letal de esa izquierda y de su incapacidad para conectar con las nuevas generaciones, con su lenguaje y sus preocupaciones. Si el consuelo socialista es que todavía Vox no les muerde su electorado en niveles preocupantes, los efectos del contexto lo son y mucho.