Jesús Cacho-Vozpópuli

  • La “operación EM&E” en Indra despide un tufo a corrupción que apesta

Mark Rutte, secretario general de la OTAN, ha llamado a Pedro Sánchez para transmitirle algunas instrucciones que llegan desde Washington con la vitola del “nos gustaría que” pero con la voluntad del “tiene usted que”. La Alianza y la propia Casa Blanca no ven ningún problema en que Francia tenga su campeón nacional de Defensa en Thales Group, que Alemania mantenga también el suyo con Rheinmetall AG, y que Italia presuma igualmente de su Leonardo S.p.A., de modo que no hay nada que objetar a que el Gobierno de España pretenda igualmente convertir una de sus empresas en su propio campeón de Defensa, pero que lo que no es admisible, lo que no es de recibo, es que ese campeón esté mayoritariamente participado, además de gestionado, por un particular, por una familia, en este caso por los hermanos Escribano, segundos accionistas de Indra, con Ángel Escribano como presidente ejecutivo de la compañía, además de copropietario de Escribano Mechanical & Engineering SL (EM&E) al 50% con su hermano Javier. Los americanos no creen que la Defensa en España pueda estar en manos de dos particulares. 

Motivo por el cual Manuel de la Rocha, ejecutor de las órdenes de Sánchez desde la Oficina Económica del Presidente en Moncloa, lleva semanas lanzando globos sonda dirigidos a reorientar la operación de fusión por absorción de EM&E por parte de Indra a cambio de 2.000 millones, en realidad orientados a preparar al gentío para uno de esos llamativos y escandalosos cambios de opinión del gran capo, porque, vamos a ver, ¿cómo es posible que quienes han hecho crecer exponencialmente a EM&E (una empresita que en 2022 fue valorada en 100 millones) en los últimos años con contratos públicos a mogollón; cómo es posible que quienes en enero de 2025 eligieron a dedo a Ángel Escribano y lo elevaron al estrellato, poniéndolo al frente de una firma antaño prestigiosa como Indra cuando Sánchez decidió poner en la calle a José María Álvarez-Pallete, presidente de Telefónica, para colocar en su lugar a su amigo el socialista Marc Murtra; cómo es posible que esos mismos pretendan apenas un año después que Ángel Escribano se eche a un lado y abandone la presidencia de una firma que le ha permitido salir del anonimato para escalar la gloria, las mieles del diario “candelabro”, el aura adictiva del triunfador capaz de asegurar sin pestañear que “solo yo soy capaz de hacer realidad en España una gran empresa de Defensa”?

De modo que Moncloa llevaba semanas emitiendo señales de humo de que algo estaba pasando con los hermanos Escribano y no precisamente por culpa de ellos, y de que había que replantear la “operación EM&E”, abandonando la idea original de la fusión por absorción para sustituirla por la toma de una participación mayoritaria (51%) por parte de Indra. Los bienpensantes, que son legión, tendieron a pensar que, oh milagro, por fin en Moncloa alguien se había dado cuenta de lo escandaloso de una operación que, muy grosso modo, consiste en que los dueños vendedores de EM&E son también los administradores y socios significativos (14,3%) de la compradora Indra, con el consiguiente conflicto de interés a la hora de fijar el precio de la operación. Una compañía pública compra con dinero público la empresa propiedad de su presidente y de su hermano. Pero, ¿desde cuándo un ataque de escrúpulos éticos o legales han impedido a Sánchez hacer de su capa un sayo? Si por escrúpulos —no digamos ya democráticos— fuera, nunca hubiera ocurrido el asalto a Telefónica y nunca hubiera podido plantearse la “operación EM&E” en Indra tal y como fue planteada en origen, porque todo, desde sus inicios, despide un tufo a corrupción que apesta, todo es un escándalo que debería llevar a alguno de sus protagonistas al banquillo.

Así que el lunes, De la Rocha, en horas bajas frente a un Sánchez necesitado de un culpable ante Rutte y el propio Trump (todavía resuenan en Moncloa los ecos del rapapolvo, con la violencia que el presidente desarrolla cuando pierde los nervios), llamó a capítulo a Ángel Escribano y lo citó en Moncloa, como hace poco más de un año citó al presidente de Telefónica, una empresa privada y cotizada en Wall Street. De la Rocha pretendió hacerle “un Pallete” a Escribano, pero Escribano le enseñó el dedo corazón bien tieso, le hizo una peineta tamaño catedral de León. De vuelta a la sede de Alcobendas, el aludido explicó a su consejero delegado, José Vicente de los Mozos, y a algún otro alto cargo de la compañía que “Moncloa me ha pedido la dimisión”. El cosladeño de humilde origen acostumbrado a mancharse las manos de grasa en su taller de mecanizados de Alcalá de Henares, a quien el presidente del Gobierno eligió para trincar en Indra a cambio de que él mismo se hiciera rico, le ha salido respondón al presidente del Gobierno de España. No le da la gana irse.  

Al rechazo por el control en manos privadas del campeón nacional de Defensa español añade Washington la ofensa infligida a la multinacional General Dynamics (GD), propietaria en España de Santa Bárbara Sistemas, empresa de defensa especializada en la fabricación de vehículos blindados y artillería móvil. Porque un Gobierno sin Presupuestos, en una de esas iniciativas que diariamente acomete y que deberían conducir directamente a la cárcel al Consejo de Ministros en pleno, autorizó a finales de año préstamos masivos a la industria de defensa, más de 7.000 millones al 0%, que han ido a parar a Indra (y también a EM&E) para “potenciar la modernización de las Fuerzas Armadas”. A mediados de enero, GD presentó recurso contencioso-administrativo en el Supremo contra la adjudicación de una parte sustancial de ese pastel, nada menos que los 3.002 millones concedidos a Indra y EM&E para el desarrollo de nuevos sistemas de artillería móvil sobre ruedas y cadenas para el Ejército de Tierra, contratos a los que aspiraba Santa Bárbara y a la que no se dio opción alguna a pesar de disponer de las instalaciones y la tecnología adecuada para tal empeño, cosa que no ocurre en absoluto con Indra y EM&E. De hecho, Santa Bárbara dispone ya de un sistema propio de artillería blindada —también denominado “obús autopropulsado”— que ha recibido el placet del Ejército en las pruebas de campo. Hay constancia de la preocupación existente en el Ministerio de Defensa por la demanda de General Dynamics.

Dicen que De la Rocha ha sugerido a Escribano que su salida de la presidencia es condición sine qua non para acometer la fusión o toma de control de EM&E por parte de Indra (28% en manos de Sepi), pero el aludido, un tipo que las coge al vuelo, sabe que si le hace caso será entonces cuando precisamente no se haga ningún tipo de operación. He aquí un hombre importante, muy inteligente, dominado por una casi irrefrenable pulsión de poder, que en algunos aspectos y salvadas las distancias recuerda al Mario Conde de los primeros tiempos. Puesto en la tesitura de poder o dinero, Ángel Escribano lo tiene claro, quizá convencido de que lo uno suele ir del brazo de lo otro. Un hombre de poder, una obsesión por el poder inevitablemente acompañada de altas dosis de soberbia, un camino por el que el de Coslada ha ido labrando precipitadamente su viacrucis. Porque podía haber sido un poco más humilde y haber tratado de hacer algún amigo en el sector. Pero don Ángel no hace prisioneros: sus enemigos o competidores quedan a menudo tirados en la cuneta sin recuperación posible. Todo lo quiere para él. La incipiente y prometedora industria de Defensa española, competidores todos, no pocos con ventaja, de EM&E, estaban obligados a ponerse a sus órdenes. Todos debían refugiarse bajo el paraguas de una Indra sometida al diktat del hombre elegido a dedo por el omnipotente Sánchez. No es extraño que las quejas del sector se fueran amontonando ante el despacho de De la Rocha en Moncloa.

De manera que Ángel Escribano ha hecho pocos amigos y muchos enemigos. Y, lógicamente, ha ido perdiendo apoyos de nombres importantes del sector, gente con potencial suficiente como para haber optado al sillón de Indra, francamente celosos todos de la condición de Escribano como “elegido”. Además del caso ya mencionado de Santa Bárbara (General Dynamics), que ha puesto en manos del ínclito Iván Redondo (ex jefe de gabinete de Pedro Sánchez en Moncloa) la dirección de la guerra sucia contra Indra a cambio de 30.000 euros al mes, está el de SAPA Placencia, el grupo vasco dueño del 8% de Indra (tercer accionista) y dispuesto a sacar tajada en esta guerra del apoyo, vital, que el PNV presta a la continuidad del autócrata en Moncloa. SAPA contrató hace meses a Raúl Blanco, ex presidente de Renfe y ex secretario de Estado de Industria, además de destacado PSC, como “director ejecutivo de estrategia”, bonita denominación para lo que no pasa de ser un simple “abridor de puertas”. Todos los competidores de Escribano en Indra se han reforzado con el fichaje de prominentes hombres del socialsanchismo, guerra civil entre hermanos por el reparto de una tarta en la que todos esperan hacerse ricos luciendo la escarapela de su cercanía al jefe de la banda que todo lo puede en esta España destartalada.

Demasiados actores en contra de la consolidación del poder de los hermanos Escribano en Indra, con o sin EM&E dentro. Lo más grave para Ángel Escribano, con todo, es la pérdida de la mayoría en el Consejo de Administración de la tecnológica que preside. Ni que decir tiene que los tres representantes de SEPI (Antonio CuevasJavier Moscoso y Miguel Sebastián, ¡papelón el suyo!) dejaron de apoyar la operación EM&E, que antes avalaban con fervor, en cuanto Moncloa dio orden en contrario, y el valor de los independientes, como a los reclutas en la mili, simplemente se les supone. Al presidente le apoya su hermano Javier, el CEO De los Mozos y Pablo Jiménez de Parga, dominical en representación del 7,3% de Amber Capital, el fondo que preside Joseph Oughourlian, un hombre feliz al lado de Escribano, porque el humilde chico de Coslada está permitiendo al rumboso financiero francoarmenio ganar en Indra el dinero que lleva años perdiendo en ese pozo sin fondo que es el Grupo Prisa. Apenas cuatro, a lo sumo cinco, de un Consejo de 15 miembros. La estrecha relación que Escribano y Oughourlian han establecido en Indra es otro de los puntos de fricción que han llevado a Sánchez a querer matar al elegido. El otro, quizá de más peso para un tipo tan vengativo como el okupa de Moncloa, son los rumores en torno al apoyo del PP a Ángel Escribano. El tantas veces citado fichó en septiembre pasado al gurú electoral de los populares Aleix Sanmartín, un sabelotodo en campañas electorales. Como todo este ganao experto en predicar y no dar, Sanmartín se presenta ante su contratador como el hombre capaz de llevarle en volandas a los predios del próximo Gobierno de España presidido por Alberto Núñez Feijóo, “eso te lo arreglo yo”, promesa un tanto arriesgada conociendo la prudencia de que hace gala el político gallego. 

¿Hasta cuándo resistirá Ángel Escribano la presión de un Sánchez decidido a bajarlo del pedestal al que le encumbró hace apenas un año? ¿Puede un particular echarle un pulso a un aspirante a dictador? Lo que al capo le preocupa menos, por no decir nada, es la situación de deterioro interno que se vive en Indra, como tampoco la de una Telefónica perdida en mitad de ninguna parte. Son las piezas del jarrón que los españoles irán recogiendo del suelo del gran destrozo patrio cuando el sátrapa abandone el poder si es que algún día lo abandona, algo que cada día está menos claro. Lo que, según las fuentes, Sánchez ya tiene decidido es el nombre del sucesor de Escribano al frente de Indra. Dicen que será catalán (Ángel Simón al aparato, presente ahora en toda salsa que se precie), aunque muy probablemente será vasco, y estará ligado a ese grupo SAPA que preside Jokin Aperribay, miembro del Consejo de Indra. De nuevo el PNV al aparato y el precio de un apoyo a Sánchez que los españoles parece que nunca terminaremos de pagar. No son pocos los que sostienen que a los Escribano solo les queda negociar una retirada honrosa de Indra con el bolsillo bien forrado, aunque, mucho ojo, uno cree que Ángel Escribano no ha dicho aún su última palabra.