Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- Llegan al absurdo de explicar a los periodistas sus planes estratégicos y sus diseños tácticos en un narcisismo suicida
Vivimos los españoles una etapa turbulenta de nuestro devenir colectivo en la que parece que los desastres se acumulan como si una deidad maléfica hubiera puesto sus ojos crueles sobre nuestra desventurada nación. Corrupción gubernamental desatada, riadas catastróficas, apagones de la red eléctrica, inundaciones incontenibles, colapso del transporte por ferrocarril tras una tragedia que ha segado decenas de vidas, amenaza de invasión por medio millón de inmigrantes irregulares promovida por el Gobierno y así un día tras otro, un sobresalto continuo en una sucesión de malas noticias que no dan respiro ni tregua.
Desde la infausta y tramposa moción de censura presentada por Pedro Sánchez en junio de 2018, que apeó de la jefatura del Ejecutivo a Mariano Rajoy, el Estado no ha cesado de sufrir embates durísimos propiciados por el actual inquilino de La Moncloa que han sacudido sus cimientos y han hecho aparecer peligrosas grietas en el edifico constitucional levantado en 1978. Deterioro profundo de la separación de poderes, entrega de la unidad nacional a aquellos que pugnan por liquidarla, amnistía a golpistas contumaces, sometimiento de una mayoría parlamentaria inconsistente y disfuncional a las deletéreas políticas económicas y sociales de la extrema izquierda más disolvente, legislación inspirada en ideologías radicales contrarias a la biología y a la racionalidad, endeudamiento público desaforado, esfuerzo fiscal insoportable para particulares, autónomos y empresas, destrozo del sistema educativo, posición internacional de colaboración con dictaduras inicuas, debilitamiento escandaloso del derecho de propiedad, una serie ininterrumpida, en fin, de agresiones desaforadas a la cohesión social, a la integridad territorial, al imperio de la ley, a la seguridad en las calles y a la paz civil.
Abandono y negligencia
A este panorama desolador, se ha añadido recientemente un nuevo elemento que ha acabado de rematar la labor destructora de la banda de desaprensivos que hoy rige los destinos del país: la constatación sobrecogida de que nuestras infraestructuras básicas, trenes, malla de transporte de energía eléctrica, presas y embalses, carreteras y autovías, cauces hídricos y otros elementos cruciales para el correcto funcionamiento del conjunto de nuestra fábrica social, se encuentran en una situación de grave degradación producto de años de desidia, negligencia, abandono e incuria.
Las causas de este declive general son diversas, pero una que conviene destacar es el ensimismamiento de los partidos, organizaciones llamadas a velar por el bien común, que han estado siempre más atentas a sí mismas que a las verdaderas necesidades de la ciudadanía. Si se analizan los muchos titulares de los principales medios en sus crónicas políticas, se observa que no pocos se refieren a la vida interna de las distintas siglas, sus peleas intestinas, su financiación, sus estrategias y tácticas, sus intrigas palaciegas, los pactos entre ellas o las variadas familias y clanes en su seno y muchos menos a sus programas de gobierno, a las medidas concretas que proponen para solucionar problemas reales y acuciantes de la economía, la educación, la sanidad, el modelo autonómico, las pensiones o los equipamientos públicos. La impresión de los votantes es que los partidos concentran sus preocupaciones y sus desvelos en aquellas cuestiones que les afectan como organizaciones y que descuidan o se olvidan de la que debiera ser su ocupación prioritaria, la gestión de lo común, la mejora de la calidad de vida de sus representados, el acierto de sus tareas normativas y administrativas y la grandeza, el prestigio y la influencia de España en el mundo.
Su atención a su propia existencia, conveniencia y objetivos es tan obsesiva que los lleva a cometer errores de bulto en contra precisamente de aquello que pretenden. Llegan así al absurdo de explicar a los periodistas sus planes estratégicos y sus diseños tácticos, revelándolos de esta forma incautamente a sus adversarios y al conjunto de la opinión, en un ejercicio de narcisismo suicida, tal es su gusto por contemplarse en la superficie niquelada de su absurda vanidad. ¿Alguien imagina a Napoleón proporcionando todos los detalles de su proyectado esquema de la batalla de Austerlitz al zar de Rusia y al emperador de Austria? Patético.
Contemplarse el ombligo
No es extraño, desde esta perspectiva, que durante un largo tiempo la inversión y el trabajo dedicados a la conservación, inspección y mantenimiento de nuestras infraestructuras hayan sido notoriamente insuficientes porque los partidos, muy especialmente la izquierda sectaria, venal e incompetente que padecemos, han consumido sus días contemplándose el ombligo y tuiteando frenéticamente en las redes para construir “relatos” que les beneficiasen electoralmente en vez de esforzarse en la tarea más ingrata y menos agradecida de estudiar expedientes, ejecutar presupuestos en plazo y forma. cuidar el patrimonio común, confiar las responsabilidades clave a expertos solventes y no a correligionarios semianalfabetos y, en definitiva, hacer el trabajo que les corresponde como administradores leales de la riqueza generada por el esfuerzo, el talento y la entrega de millones de personas que han delegado en ellos la creación de un marco legislativo e institucional al servicio de todos.
Las tropelías sobre lo intangible, solidez de la democracia, rigor técnico de las leyes, arquitectura acertada de las instituciones, sano patriotismo, desembocan indefectiblemente en decaimiento y fallo de lo tangible, soldaduras de raíles, limpieza de barrancos, uniformidad del asfaltado, listas de espera hospitalarias, buen funcionamiento de los desagües de los embalses, índices de criminalidad, saqueo del erario, estabilidad de la red de alta tensión, niveles de desempleo y tasas de abandono escolar. Y así seguiremos, gradual, pero inexorablemente, en nuestro camino hacia el fracaso mientras los partidos interrogan a su espejo sobre cuál de ellos es el más capaz de engatusar al electorado, de conseguir el poder, de mantenerse en él, de gozar de sus mieles y de disfrutar de sus prebendas.