Inocencio F. Arias-ABC

  • Las atrocidades de Venezuela y Rusia no tocan la sensibilidad de la progresía. Un muerto, algo lamentable, en Mineápolis subleva, pero un intento de votar en el Congreso contra los ayatolas es sofocado por Podemos y Sumar

Estados Unidos celebra este año el 250 aniversario de existencia. Es oportuno recordar que es el único país del mundo a cuyo nacimiento ayudó España de forma no despreciable, con el que hemos sido fronterizos durante décadas, con el que hemos mantenido nuestra última guerra y con el que posteriormente creamos una alianza que dura ya unos setenta y tres años. Nuestra actitud con los estadounidenses engloba un mimetismo y consumismo desaforados, mandamos allí a nuestros hijos a terminar el bachiller, llevamos sus vaqueros y deportivas, hacemos pinitos en inglés, nos solazamos con McDonalds, Halloween, Black Friday, Acción de gracias y devoramos los productos cinematográficos y televisivos americanos. En mi época de cónsul en Los Angeles, España, después de Gran Bretaña, era regularmente el país de europeo con mayor número de filmes americanos entre los más taquilleros. Algunos años las series americanas representan el 53 por ciento de las emitidas en las cadenas punteras españolas entre las ocho de la tarde y la medianoche.

Frente a esto, paralelamente, poseemos una desconfianza hacia las instituciones estadounidenses, una condescendencia paternalista hacia su cultura y un hastío hacia su política exterior, que llega a hostilidad si el conductor es un presidente republicano. Se me dirá que Trump –un narcisista impredecible, ciertamente un matón que humilla al débil aunque sea aliado y adula y se encoge ante el poderoso– es infumable para cualquier europeo, pero el pálpito antiyanqui viene de atrás y es extensible a muchos países de nuestro continente. Hasta Floridablanca, que ayudó a su independencia, desconfiaba de ellos. Ya en el XIX, Balzac, Stendhal, Baudelaire habían vituperado al nuevo país, Dickens tachó al Capitolio de «una banda clamorosa de charlatanes y fulleros», Knut Hamsum pensaba que «la vida cultural no existe» y más tarde George Duhamel deslizaba que «las películas americanas son una diversión para salvajes, un caballo de Troya para americanizar al mundo». Castelar ridiculizaba a su Armada, que nos venció en Cuba. EE.UU. sigue siendo –se arguye con penosa simpleza– una tierra de gente tosca, pueblerina y ombliguista en su mayoría y donde se presta escasa atención a la cultura, un lugar al que cualquier país europeo –escuchamos en España– puede darle clase.

La realidad es otra. Un 48 por ciento de los americanos va regularmente a una biblioteca pública, hay más teatros y más salas de conciertos por habitante que en la culta Francia. En el último siglo, los estadounidenses han conseguido 400 premios Nobel. ¿Cúal es cifra combinada de Alemania, Italia, Francia, España, Grecia y Portugal, cunas de civilizaciones? Muy inferior.

En el terreno exterior hay un acendrado deseo europeo de que Estados Unidos se de bruces contra cualquier pared, muy particularmente en Francia y España. En nosotros, la animosidad histórica puede obedecer a tres razones:

—El recuerdo del 98, cuando Washington nos declaró alevosamente la guerra con un ultimátum humillante de tres días. Nos derrotó. Esto marcó a generaciones.

—Para la izquierda, EE.UU. rescató a Franco.

—No tenemos deuda moral, como otros europeos, con los americanos por haberlos liberado al fin de la guerra. Al contrario, nos excluyeron del Plan Marshall.

Para buena parte de nuestra opinión, los americanos y la CIA actúan siempre en el exterior por motivos aviesos, egoístas –parece como si Rusia, China… se moviesen repartiendo bienes o dinero– y con frecuencia relacionados con el petróleo. Afganistán (que encubría a Bin Laden), Kosovo (donde el Pentágono acudió a sacar las castañas del fuego a Francia e Inglaterra, reacias a enviar sus soldados para detener la limpieza étnica de Milosevic) o Somalia (los comandos americanos, no los indios, sudafricanos o españoles, se metían en un avispero mortífero para proteger ayuda humanitaria de la ONU) son ejemplos de que el petróleo allí no existía. Con costos económicos y humanos, para Estados Unidos se trataba de castigar a un terrorista o de salvar vidas de inocentes. En Kosovo, Saramago fue un buen exponente del deseo europeo de que el coloso no prevalezca aunque esté haciendo el bien: «Milosevic debería perder esta guerra pero la OTAN no debería ganarla». La cuadratura del círculo moral del Nobel portugués. Todo menos que la Alianza Atlántica, verbigracia EE.UU., se apunte un tanto. Aquí, esta identificación de la OTAN con los americanos jugó soterradamente en la victoria electoral («OTAN, de entrada no») de Felipe González. Mensaje subliminal de que seríamos vasallos del prepotente americano. Funcionó. Los españoles se volvieron anti Alianza Atlántica y luego González, con envidiable esfuerzo, hubo de purgarles.

El sarampión antiamericano es fácil de viralizar en el español de a pie. Aquí cualquier ciudadano se siente seleccionador de fútbol y pontifica sobre lo simplones que son Bush y Reagan, que fue presidente del gremio de los izquierdófilos actores de Hollywood, gobernador de California (39 millones de habitantes) y ocho años presidente de EE.UU. de manera arrolladora.

Ese sentir antiimperialista y biempensante se manifestó abrumadoramente en la guerra de Irak. Un pacifismo antiamericanista aliñado con el aliciente sabroso de que se podía descabalgar a Aznar y al PP. Dos datos: la intervención americana era vidriosamente legal y produjo reacciones airadas en muchos países, aunque aquí descollamos (una encuesta de Gallup decía que 89 por ciento la condenaban). Más reseñable aún, un 77 por ciento se manifestaba en contra, incluso aunque hubiera una resolución de la ONU que la autorizase. Sorprendente reacción. Es decir, que habiendo permanecido impasibles ante las tropelías de Rusia en Afganistán y ahora en Ucrania, nos indigna lo de los yanquis, aunque la ONU lo bendiga. ¿Cabe mayor muestra de antiamericanismo? En la gala de los Goya de ese año, bastantes oradores se dedicaron a denunciar a Estados Unidos, cuando en los Oscars es de mal gusto politizar la ceremonia homóloga (Michael Moore fue silbado por ello). En Los Ángeles me preguntaban por qué nuestros cineastas eran selectivos, tan indiferentes a otras penalidades.

Las atrocidades de Venezuela y Rusia no tocan la sensibilidad de la progresía. Un muerto, algo lamentable, en una manifestación en Mineápolis subleva, pero un intento de votar en el Congreso contra los ayatolas (miles de muertos por balas policiales y miles de heridos, según la relatora de la ONU) es sofocado por Podemos y Sumar cabalgando tan ufanos bochornosas contradicciones. Si no hay Estados Unidos, o un aliado estrecho suyo, el tema no interesa. A la izquierda posfelipista le sigue escandalizando que en Texas se ejecute a una persona pero ignoran los rumoreados mil ahorcados anuales en Irán y la cifra similar de record mundial de China. ¿Para que irritar a financiadores o a progres? Los malos malísimos son los yanquis, antes y después de Trump.

Dentro de un par de años, con probablemente el PP en el poder, veremos a sindicatos y manifestantes sanchistas, podemitas y de ERC pidiendo el cierre de la base de Rota, haciendo huelgas quincenales si Feijóo aumenta de verdad el gasto en defensa o se le puede culpar de imitar a Trump flirteando con Marruecos y olvidando vergonzosamente por completo al Polisario. Con Sánchez, ¡que horror!, esto último no ocurría. ¡ La fachosfera se va a enterar!