No hay relato consolatorio que pueda soslayar el único veredicto incontestable de las elecciones aragonesas de este domingo: el fracaso de Pilar Alegría, que ha reeditado el peor resultado histórico de su partido, cuando obtuvo 18 escaños en 2015.
El PSOE es el partido que más ha perdido en estos comicios autonómicos, tanto en número de escaños como en votos. Y lo ha hecho nada menos que con la antigua portavoz del Gobierno como cabeza de lista.
Por eso, en la medida en que Alegría es la candidata de Ferraz, la sonada derrota de los socialistas es directamente imputable a Pedro Sánchez.
Este 8-F constata el despropósito de la política de nominaciones del secretario general, más interesado en controlar las federaciones socialistas que en procurar buenos resultados regionales para sus siglas. Y agrava el hundimiento político del presidente del Gobierno, que ha recibido su segundo varapalo autonómico en unos pocos meses.
Sin embargo, y sin abandonar la lectura nacional, Alberto Núñez Feijóo no ha logrado capitalizar ese declive ni demostrar aún que es capaz de de gobernar en solitario.
Y es que, si bien el PP ha ganado con holgura las elecciones y aumentando la distancia con su rival, parece evidente que algo ha fallado en la estrategia de Jorge Azcón. Aunque en su triunfal valoración de los resultados el presidente aragonés no haya mostrado ni un atisbo de autocrítica.
No se trata de fiascos ni mucho menos equiparables, pero lo cierto es que Azcón ha fracasado en su intento de independizarse de Vox en Aragón
A diferencia de María Guardiola en Extremadura, que mejoró su marca en un escaño y creció 4 puntos porcentuales, Azcón ha perdido dos diputados (quedándose en 26) y menguado en porcentaje de voto. De lo que cabe inferir que parte de los sufragios del PP habrán ido a parar a Vox.
Es la ultraderecha, no en vano, el partido que ha salido más reforzado este domingo. Ha doblado sus registros de 2023 hasta alcanzar los 14 escaños.
Con estos números, Vox ha obtenido su mejor resultado en términos de porcentaje de voto hasta la fecha, superando su techo del 17,7% en las elecciones autonómicas de Murcia de 2023.
Vox se ha quedado a cuatro escaños del PSOE, y a poco más de 40.000 votos. Lo que supone que los socialistas han competido más bien por el segundo puesto con la ultraderecha que con el PP por el primero.
Si se extrapolan los resultados de Aragón al plano nacional (y esta comunidad ha sido tradicionalmente un fidedigno predictor del resultado de las generales), y Pedro Sánchez se empecina en la misma fórmula, no es descartable que se encuentre con idéntica tendencia en las próximas elecciones nacionales.
Las urnas han vuelto a desacreditar la estrategia del PSOE de hinchar a Vox. Los socialistas no sólo no consiguen congregar el voto del miedo de la izquierda, sino que han impulsado a la ultraderecha hasta colocarla en situación de amenazar seriamente su posición sin menoscabar la hegemonía del PP.
Pero también han hablado las urnas contra la tentación de mimetizarse con el discurso de Vox, con la que en ocasiones han coqueteado los populares.
Este 8-F corrobora que el clima de crispación al que se llega cuando la gresca se convierte en la moneda de curso legal de la política sólo favorece a los extremos, que disponen de más margen que los partidos convencionales para escalar la ferocidad dialéctica.
En Extremadura, los ganadores netos fueron Vox y Podemos. Y en Aragón, han sido Vox y la Chunta Aragonesista, que ha duplicado sus votos y escaños.
Y estos extremos tienen una capacidad cada vez mayor de condicionar la política española. El bloqueo parlamentario que motivó el adelanto electoral continuará en Aragón, e incluso corre el riesgo de agravarse.
Ya se aprecia con nitidez que al chantaje legislativo que vienen ejerciendo Podemos, Junts, ERC o Bildu se le sumará ahora, en la derecha, el de Vox.
Y este encanallamiento sólo podrá deshacerse si se convocan de inmediato unas elecciones generales.
Que Sánchez y Feijóo se midan en las urnas. Quien pierda, que abandone la carrera, y quien permanezca, que se encargue de buscar con el nuevo rival si no una gran coalición, al menos un pacto de Estado por la gobernabilidad.
Es la única salida para devolver el centro de gravedad de la política española al pacto constitucional al que sigue adscrita la mayoría social.
De lo contrario, la estabilidad política que ha permitido la ya más longeva Constitución Española (esa a la que no profesan lealtad ni los extremistas de izquierdas ni los de derechas) seguirá debilitándose con cada nueva cita electoral autonómica y nacional.