Ana Sánchez-ABC

  • Azcón gana pero demuestra que los populares no rompen su techo copiando a Vox y que Feijóo debe decidir ya como convivir con Abascal

En una campaña electoral solo hay una cosa peor que no tener estrategia, y es cambiarla por otra peor. Tras las elecciones de Extremadura, Jorge Azcón tenía claro lo que no tenía que hacer. No debía buscar pelea con Santiago Abascal, no debía imitar a Vox -y menos al final de la campaña- y no debía cerrarse a la visita de grandes figuras del partido. María Guardiola hizo lo contrario y estos fueron tres de sus errores.

Pero de esos tres tropiezos Azcón solo evitó uno. Llevó a perfiles con autoridad frente a Abascal como Isabel Díaz Ayuso o Cayetana Álvarez de Toledo pero lo demás empezó a saltar por los aires tras la primera semana de campaña. El presidente de Aragón nunca pensó que lograría mayoría absoluta pero sí que podía dejar de necesitar a Vox.

Azcón -al que hay quien atribuye alguna aspiración nacional- planteó como hipótesis posible a Génova obtener 31 escaños -3 más- y gobernar con Aragón Existe, que sacaría los 3 restantes para la absoluta. En la autonomía electoralmente más extrapolable al mapa nacional expulsar a Vox de la gobernabilidad vale el doble.

El barón popular arrancó con una buena campaña a por el voto de centro derecha pero el sondeo de la primera semana disparó los nervios: no había subida sino leve retroceso.

El enfado social ha podido subir por Adamuz y la inmigración pero seguriá en máximos hasta 2027 por el sanchismo, la vivienda y los bajos sueldos

El lleno absoluto en todos los actos de Abascal -reconociendo como asistentes a antiguos votantes del PP- llevó al presidente de Aragón a radicalizar su discurso. Su volantazo culminó con el fichaje de Vito Quiles para el cierre de campaña. Es difícil pensar en Quiles -que integró la lista de Alvise Pérez en las últimas elecciones europeas- como en un perfil capaz de inclinar el voto de un indeciso conservador hacia el PP. Parece más probable que su efecto sea empujar a indecisos de izquierdas hacia el PSOE.

El resultado es que Azcón gana las elecciones -ninguna encuesta predijo lo contrario, ni siquiera que el primer puesto estuviera disputado- pero perdiendo dos escaños, de 28 a 26, y configurando una realidad contraria a la que pretendía. Vox duplica resultado, de 7 a 14, y ahora no solo es necesario para gobernar Aragón sino que tiene más fuerza que antes para condicionar su gobierno.

Los socialistas ya pueden empezar a moverse para forzar un adelanto de las generales si pretendan que su partido tenga futuro

Como ya sucedió en Extremadura, la lectura positiva que puede hacer el PP está en la tremenda debacle del PSOE. El peor resultado de los socialistas fue de 18 escaños en las elecciones de 2015 (Javier Lambán) y Pilar Alegría lo repite. No es de extrañar habiendo sido exportavoz del Gobierno de Pedro Sánchez hasta el último minuto y habiendo centrado su campaña en hacer creer que era una aragonesa más que nunca había sido ministra.

Alegría no vendió un programa sino visitas a pueblos, bares y restaurantes que nunca había pisado. Incluso en algún momento prefirió no utilizar el logo del PSOE, como si su imagen fuera más fuerte que la de un partido con una fuerte historia en Aragón.

No es posible escindir la figura de Alegría de la de Pedro Sánchez. Las encuestas llegaron a anticipar que perforaría el suelo con una caída a 17 escaños y aunque no se ha cumplido el peor pronóstico, el resultado indica que el sanchismo está agotado.

Los socialistas que pretendan seguir teniendo un partido con cierto futuro ya pueden empezar a moverse para forzar un adelanto de las generales antes de las autonómicas y locales de 2027, o muchos de ellos entrarán en las listas electorales pero podrán decir adiós a sus actuales cargos.

Por ser los más extrapolables, los comicios de Aragón obligan a una lectura nacional. Las conclusiones más evidentes son tres.

La primera es que el ascenso de la derecha a La Moncloa es imparable pero el proyecto popular no genera ilusión y, ante la ausencia de ella, muchos votantes encuentra satisfacción en manifestar cabreo votando a Vox. El accidente de Adamuz y la regularización masiva de inmigrantes han podido inflar la indignación pero, al margen de cuestiones coyunturales, el enfado social está en máximos por problemas que no van resolverse de aquí a 2027 como un Gobierno Central polarizador, la crisis de vivienda o los bajos sueldos medios.

La segunda conclusión es que mientras la indignación marque récords, Vox no desaparecerá y el PP no romperá su techo actual. Génova tiene que asumirlo y desterrar cualquier estrategia que pase por devorar a Abascal -no es realista- y definir cómo convivir con él.

La tercera conclusión nos devuelve a la primera. Si un partido no ilusiona falla su liderazgo y esto obliga a mirar a Feijóo. Mientras el presidente de Vox es el mejor activo de su partido es difícil encontrar en el PP a quien asegure que el suyo arrastró votos en Extremadura y Aragón. Y esta reflexión es preocupante de cara a unas elecciones generales en las que los votantes conservadores tendrán que elegir entre Feijóo o Abascal.

En suma, la advertencia que hace Aragón no es que el PP se la juegue entre subir mucho o poco sino entre mantenerse o bajar si se equivoca.

El pasado es ilustrador. Intentar parecerse al populismo ya lo hizo Pablo Casado en las elecciones de abril de 2019 y el PP se hundió a 65 escaños, a punto de ser superado por Ciudadanos. Para la repetición electoral de noviembre, recondujo parcialmente su estrategia y subió a 87 escaños. Ciudadanos se hundió y, sí, Vox escaló a 52 pero en las elecciones de 2023, con un Feijóo que recolocó el discurso nacional en el centro derecha, el PP ganó las elecciones con 137 escaños mientras Abascal menguaba a 33. La lección a extraer parece clara: al PP le castiga electoralmente imitar a Vox. ¿Cuántas elecciones necesitan para no volver a equivocarse?