Olatz Barriuso-El Correo
- La extrema derecha está disparada: es un hecho que debería preocupar tanto al PP como al PSOE. La cuestión es si solo gobernando podrá Vox tocar techo
El análisis político se basa, en gran medida, en detectar los síntomas para acertar, lo máximo posible, con el diagnóstico. En el caso de las elecciones de este domingo en Aragón, resulta sin duda alguna sintomático que, en sus primeras entrevistas tras ganarlas, a Jorge Azcón le pregunten sobre todo por Vito Quiles y Los Meconios, que, por si aún hay quien nos lo conozca, son, respectivamente, un agitador ultraderechista y un presunto grupo musical de la misma onda, que, entre otras lindezas, canta algo de volver al 36. El candidato del PP apenas si pudo apuntar que Quiles acudió al mitin de cierre de campaña para «entrevistarle». A los cantarines, que también fueron invitados, ni les mencionó, centrado en recordar que es su partido el que ha ganado los comicios. Algunos titulares hablaban hoy de ‘ganar perdiendo’. Otros apuntaban que el PP gana pero Vox vence, que, según las circunstancias, no es exactamente lo mismo. De Quiles se sabe que fue en las listas de Alvise, que se quedó este domingo sin escaño por los pelos con Se Acabó la Fiesta (SALF), a poco más de mil votos de la alianza de IU y Sumar.
¿Qué nos dicen estos síntomas? Que los males del PP no se curan con maniobras de última hora a la desesperada y que el voto a opciones de extrema derecha populista está más que consolidado, como se demostró en Extremadura y ha podido volver a constatarse en Aragón. Un apoyo, doblando representación, que, visto lo visto, no se neutraliza ni confrontando a cara de perro como hizo María Guardiola ni con guiños de última hora al radicalizado electorado joven, como en Aragón. La derechización de la sociedad española es un hecho incontestable y el auge de las opciones más extremas lo es también: en apenas dos años y medio el apoyo a este espectro (incluyendo a PP, Vox y ahora SALF) han pasado del 47 al 54% en Aragón, mientras en Extremadura rozaron el 60%. Un viento de cola que propulsa a Santiago Abascal a costa del PP, sí, pero también del PSOE, que ve como parte de los apoyos que pierde se marchan en dirección a Vox, al menos un 10% según diversos análisis.
Un hecho del todo inédito que obliga a los socialistas a preocuparse casi tanto como a los populares. Ambos se acusan mutuamente de engordar a la bestia, pero, mientras tanto, la bestia está cada vez más lozana, encadenando triunfos. No hay más que echar un vistazo a los datos que deja la jornada del domingo: Vox ganó en 40 localidades aragonesas y logró ‘sorpassar’ al PSOE en 205, un 26% de los municipios de la comunidad autónoma. Los síntomas, efectivamente, ayudan a afinar el diagnóstico: parte de los votantes tradicionales del bipartidismo están enfadados o cansados, como explicaba el sociólogo Ignacio Urquizu en una entrevista con este periódico previa a las urnas. Tanto el cabreo, más propio de la derecha, como el hartazgo, identificado con la izquierda, se traducen en votos a Vox, subido en la cresta de la ola.
Se ha hablado mucho de Aragón como el Ohio español por su capacidad para clavar tendencias con la vista puesta en las generales, sean cuando sean. La fragmentación del mapa político aragonés y la presencia de partidos regionalistas, junto a la certeza de que se ha votado en gran parte en clave nacional y no autonómica, apuntalan la pertinencia de la comparación. Si lo sucedido en Aragón se extrapola a España, el PP constataría su impotencia para desembarazarse de la dependencia de Vox, el PSOE tendría que agradecer a Sánchez su desplome y las izquierdas a la izquierda del PSOE necesitarían un factor extra de motivación, como ha sucedido con Pueyo y la Chunta en Aragón. Si ese motor ilusionante es o no Gabriel Rufián esta aún por verse.
De lo que caben cada vez menos dudas es del diagnóstico global: la extrema derecha está disparada y factores externos como los acuerdos de Mercosur o la tragedia ferroviaria de Adamuz, o autoinducidos, como la regularización de migrantes forzada por Sánchez en plena campaña, no hacen sino alimentarla. Más complicado resulta acertar con la farmacopea política necesaria para detener su avance, en una sociedad cada vez más desesperanzada e individualista. Pareciera, a bote pronto, que dejarles gobernar es la única manera de que toquen techo y se enfrenten, por lo tanto, al desgaste. Ayudaría también que no se les utilizara como arma arrojadiza en el cálculo bloquista para ir desfondando al rival. Pero, seguramente, eso es pedir peras al olmo.