Luis Ramón Arrieta Durana-El Correo

  • Recuperar a los que se fueron reforzaría la estrategia ante el reto demográfico

Hace unos días, en su intervención en Davos, en un pequeño encuentro compartido con Naciones Unidas, el lehendakari Imanol Pradales señalaba que «Euskadi es un buen modelo que sirve de refugio para quien busca estabilidad en un mundo inestable».

En esa misma línea, semanas antes, en una intervención en un foro empresarial, el consejero Bingen Zupiria se refería a Euskadi como «gure aterpea» (nuestro refugio), y lo enmarcaba dentro de la idea de «Euskadi Berria», como un «territorio plural, diverso y abierto, capaz de acoger sin perder cohesión social, donde los derechos van unidos al cumplimiento de la ley y enfocado a asegurar el bienestar y la calidad de vida de sus habitantes».

Ambas declaraciones se producen en un contexto preocupante sobre la evolución demográfica que está teniendo el País Vasco, la de un país que envejece notablemente, ha sufrido una salida importante de personas, presenta bajos índices de natalidad y en el que su población solo crece (levemente) gracias a la inmigración.

No puedo evitar recordar un trabajo de Alejandro Macarrón (2024) que señala que Euskadi es la comunidad autónoma que más ha envejecido de todo el Estado. Desde 1976 hasta 2022 la edad media de los vascos ha crecido 15,4 años, frente a 11,9 de la media española. En el período estudiado, España tuvo un incremento de población del 32%, frente al 7,8% del País Vasco (sin inmigración habríamos perdido el 2,5%). El profesor concluye que, considerando el saldo de nacimientos y fallecimientos en el periodo, Euskadi sufrió una salida de 180.000 personas. Lamentablemente, padecimos un largo período de terrorismo, que explica la mayor parte de esa pérdida. Hoy, seguimos experimentando sus efectos, y el problema se agrava con la baja natalidad indicada. Adicionalmente, el crecimiento económico que estamos teniendo, por debajo del de nuestro entorno, no genera suficiente empleo en el sector privado, menos aún de alta calidad, por lo que una parte importante de nuestros jóvenes deciden salir hacia otras latitudes.

En este ámbito, el profesor Macarrón presentaba los datos de la reducción de población joven (de 20 a 39 años) nacida en España entre 2003 y 2024. El País Vasco presenta una pérdida de casi el 50%, la segunda comunidad con mayor descenso, unas décimas por detrás de Asturias.

Tenemos un gravísimo problema demográfico, que puede empezar a afectar ya a nuestro Estado de bienestar y a la idea de «gure aterpea» que señalaba Zupiria. El mantenimiento de la educación, la sanidad y en especial nuestro sistema de pensiones (aunque este está algo más asegurado por el mantenimiento del modelo de ‘caja común’ estatal), puede resultar imposible.

El Gobierno autonómico ha impulsado la ‘Estrategia Vasca 2030 para el Reto Demográfico’ para hacer frente al envejecimiento y la baja natalidad. El plan incluye ayudas directas a las familias y medidas para favorecer la conciliación. Refuerza el acceso de jóvenes a vivienda y empleo como apoyo para la emancipación. También promueve la integración de la inmigración, el envejecimiento activo y la cohesión territorial, especialmente en el medio rural. Creo que el enfoque es bueno y estructural: crear condiciones estables para vivir, formar familia y arraigarse en Euskadi.

Pero, en mi opinión, falta una acción específica que tiene que ver con el reconocimiento, reparación y también oportunidad que supone la diáspora vasca.

Sobre la más reciente, quizás merece la pena rescatar una iniciativa del Gobierno vasco de 2011. En ella, y con el estudio de un grupo de investigadores de la UPV/EHU, se hizo una propuesta de diseño de un programa que facilitara el retorno de las víctimas y familiares de personas que, habiendo sufrido de forma directa los daños causados por el terrorismo, manifestaran su voluntad de regresar a Euskadi. Fue el llamado ‘Plan Retorno’, que impulsó el lehendakari Patxi López, pero que no tuvo continuidad, quizás por la situación de 2011, y sobre todo de los años posteriores, que estuvieron más centrados en los esfuerzos de paz y reconciliación.

En aquel plan se reflejaban algunas propuestas concretas, tanto en los ámbitos institucionales como de colaboración con los diversos colectivos implicados. Hoy, con la participación y apoyo de todos, se podría reactivar y actualizar. Muchas de esas personas que podrían venir son además impulsores de actividad económica, con lo que ayudarían también a un mayor crecimiento de nuestra economía.

La singularidad de nuestro autogobierno, junto con iniciativas en la gestión de la inmigración, para poder desarrollar una acción paralela con la diáspora más antigua (en especial con aquellos descendientes de vascos que viven en América) ayudaría al éxito de la propuesta que hace el lehendakari.