Pedro García Cuartango-ABC
- La estrategia de Sánchez es arrojar cortinas de humo para distraer al personal y presentarse como el dique contra el avance de la extrema derecha
No es habitual que los líderes políticos, sean dictadores o elegidos por el pueblo, renuncien al poder. Es como una droga que genera dependencia y que requiere un incremento de las dosis. Acostumbrados a la sumisión y al halago, los gobernantes se aferran a su condición con los más inverosímiles pretextos. El más habitual es el mantra de que, después de ellos, vendrá el diluvio.
Sánchez, que ni siquiera ganó las elecciones, carece de mayoría para gobernar, lleva toda la legislatura sin Presupuestos y ha sufrido reveses en Extremadura y Aragón. Su única estrategia, en la que es maestro, es arrojar cortinas de humo para distraer al personal y presentarse como el dique contra el avance de la extrema derecha.
Resulta obvio que no sólo no está logrando frenar a Vox, sino que además sus políticas están impulsando a esa extrema derecha. Sus pactos con el independentismo, sus cesiones, la amnistía, la financiación singular de Cataluña, la falta de viviendas y el caos en los servicios públicos son poderosos motivos que alientan a muchos a apoyar al partido de Abascal. En pocas palabras, Vox se nutre de un descontento creciente que se traduce en un voto de castigo.
El PP es incapaz de articular una estrategia para frenar a su competidor y da bandazos tan desconcertantes como invitar a Vito Quiles a sus actos. Feijóo no ha sido capaz de delimitar unas líneas rojas como han hecho sus colegas en Francia o en Alemania. Y duda entre intentar competir por la derecha con Vox o convertirse en una alternativa de centro.
Pero el problema del PSOE es todavía mayor porque Sánchez lo supedita todo a agotar la legislatura. Ello le obliga a persistir en unas políticas que hacen un profundo daño al partido y que provocan el rechazo de un amplio sector de la ciudadanía. El precio por seguir en La Moncloa es agachar la cabeza ante Junts, ERC y Bildu, cuyos objetivos son sacar el máximo rédito de su debilidad.
Dicho contra palabras, Sánchez ha ligado su suerte a una coalición heterogénea que le exige ceder a un permanente comercio de apoyos que le castiga en las urnas. La opción de romper esa dinámica implicaría tener que convocar elecciones, algo que el inquilino de La Moncloa descarta en privado y en público.
No hay más que dos escenarios posibles: una rectificación que parece muy improbable y que conduciría a unas elecciones anticipadas o la política de seguir ganando tiempo con esos pactos que suponen en muchos casos el desguace del Estado. La pregunta es si pesan más en Sánchez sus intereses personales o un proyecto político para resolver los retos del país.
A estas alturas, parece claro que el presidente se va a atrincherar en el poder con la esperanza de algún cisne negro o de que, tal vez, los españoles opten por el menor de los males para frenar a Vox.