Ignacio Camacho-ABC
- Pedro no se irá por las buenas. No sin dejar una nación descompuesta en un clima civil de destrucción de la convivencia
Dice la portavoz del Partido Socialista, una señora mayoritariamente desconocida, que el futuro de Aragón se llama Pilar Alegría. Ésta es la reacción oficial del sanchismo –la real no hay en sus filas nadie que se atreva a decirla– después de haber recibido una soberbia paliza. También se adornó con una metáfora de gremlins y alguna otra frase de pretendido ingenio salida del gabinete de consignas tras una noche mal dormida. Entre esto y la euforia ficticia de Azcón tras adelantar las elecciones para sacarse a Vox de encima y acabar con menos diputados de los que tenía, cómo no comprender que tantos ciudadanos desconfíen de una política cuyos actores los toman por idiotas capaces de creerse esta clase de proclamas ridículas.
Sucede sin embargo que en verdad a Pedro le importa entre poco y nada el nuevo descalabro. Lo tenía descontado, como el de Extremadura, donde insistió en mantener de candidato a aquel Gallardo acorralado por los escándalos. Es un napoleoncillo de saldo dispuesto a sobrevivir a base de sacrificar soldados y de dejar a su propia organización en cuadro, derrota tras derrota mientras el jefe se aferra al cargo. Si acaso sorprende que la gente aún no se haya amotinado cansada de recibir varapalos y continúe, como la tripulación del Pequod, apiñada en torno al capitán que la conduce al naufragio dispuesto a quedarse incluso sin barco con tal de ponerse él mismo a salvo.
Porque ésa es la estrategia, si se puede llamar así, con la que aspira a llegar al verano del 27 en el Gobierno. Meter miedo a los socios con la ultraderecha para que le aprueben los Presupuestos y luego confiar en que cambie el viento. Que no va a cambiar porque el desplazamiento electoral hacia la derecha es una tendencia que ha tomado cuerpo en todo el ámbito europeo. Pero aún cree que si logra engordar lo suficiente a Vox estimulando el voto del cabreo puede achicar más al PP y llegar a una especie de triple empate técnico con el que conservar, si no el poder, sí al menos el liderazgo interno. Para eso necesita a los ministros que ha enviado al despeñadero con la única misión de quedarse para frenar cualquier proceso de relevo.
También necesita recomponer a la extrema izquierda, desbaratada por su tradicional pasión por las querellas. Rufián le ayuda en la tarea de armar una coalición confederal, una unión de fuerzas con todas las formaciones separatistas dispersas en el empeño de hacer la guerra por su cuenta. Y llegado el momento, plantear un choque de trenes en torno a un programa de ruptura completa: una crisis constitucional, un frente popular, un referendo sobre la forma de Estado, lo que sea. Probablemente tampoco funcionará, si se da el caso, pero esta aventura personal que llamamos sanchismo no va a acabar de buena manera. No sin dejar una nación descompuesta en un clima de enfrentamiento civil y de destrucción de la convivencia.