Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • Felipe González anuncia que no votará a Sánchez y se origina un gran escandalo… otra vez

A excepción de Rajoy, que regresó al registro de la propiedad y se consagró al cultivo del ‘best seller’, los expresidentes españoles tienden al retiro problemático. El de Felipe González es de naturaleza pontifical y presenta una particularidad: quienes le otorgan hoy a sus palabras el máximo peso doctrinal son en muchos casos quienes hace treinta años lo identificaban con el diablo. Ayer, dos días después del hundimiento socialista en Aragón, González se manifestó en el Ateneo de Madrid y anunció que votará en blanco si Pedro Sánchez repite como candidato.

Y, bueno, se ha formado un gran escándalo. Es una especie de tradición. Lo digo porque en realidad González ya anunció en junio que no votaría a nadie que tuviera que ver con la amnistía a los presos del ‘procés’. Entonces Patxi López salió a decir que había perdido «todo el respeto y el prestigio que podía tener en la izquierda de este país». La verdad es que el tiempo pasa volando. Fue en 2017 cuando Podemos colocó a González en el ‘tramabús’ y Patxi López salió indignadísimo pero a explicarle a Pablo Iglesias que el expresidente no era de ninguna trama sino, copio literal, quien había transformado este país, consolidado la democracia y construido el Estado del bienestar. También quien nos había llevado hacia Europa. Y a conquistar derechos y libertades.

Ayer, después de lo del voto en blanco, Patxi López salió a repetir que Felipe hace mucho que no es una referencia para los socialistas. El eterno retorno al final era esto. Solo que en su versión cuántica. Por eso ayer González se preguntó desde una dimensión socialista paralela, pero clausurada, si es peor pactar con Vox que hacerlo con Bildu. Ahí tienen un empeño melancólico. Trasladas hoy la pregunta a la militancia del partido y Arnaldo Otegi termina bajo los focos en la inauguración del próximo congreso federal. Una entrevista íntima con Sarah Santaolalla. En realidad, lo único que sigue intacto en todas las dimensiones existentes es lo de que el que se mueve no sale en la foto. Como Felipe ironizó ayer con que a Sánchez le llaman los suyos ‘el puto amo’, Patxi López recordó que a González los suyos le llamaban ‘Dios’. Umbral, que tenía más gracia, a González lo llamó alguna vez «el bonsái humano».

Nuevos amigos

Trump y Petro se llevan fenomenal y capturan juntos submarinos llenos de droga en el Pacífico. Hace dos semanas se cruzaban insultos y no sabíamos si el colombiano terminaría entre rejas como Maduro. Pero Trump recibió a Petro en la Casa Blanca. Y ahora son amigos. Petro le llevó a Trump chocolate y café. Trump le regaló un libro dedicado: «¡Amo Colombia!». Quién podía esperar algo así. Yo, de hecho, esperaba que los presidentes chocasen sin remedio. Trump habla incansablemente, pero con frases cortas y prescindiendo de toda argumentación. Petro, en cambio, está convencido de que es un genio socrático, lo que le hace juguetear profesoral con el lápiz y lanzarse a teorizar de un modo delirante y eterno sobre asuntos inesperados. La última vez que le vi hacerlo terminó concluyendo que los colombianos son hermanos de los árabes por herencia de los conquistadores españoles, que debían de ser todos musulmanes. Repito: no se entiende cómo la reunión en la Casa Blanca pudo funcionar. Solo se me ocurre que el encuentro se mantuviese por señas, sin intérpretes. Y que, aburridos, los líderes abriesen pronto el chocolate, que es como se han forjado siempre en los cumpleaños infantiles las amistades eternas.