Amaia Fano-El Correo

ohace falta ser un genio de la política para entender que el crecimiento de Vox excede a razones ideológicas. La gente no vota al partido de Abascal porque España sea más de derecha, le vota porque está enfadada. Y no se trata de un ligero malestar ni de una discrepancia pasajera. Es más bien un cabreo monumental, acumulado, el enojo de un ciudadano que se siente estafado por aquellos en quienes confió y encuentra en la papeleta electoral una forma de desahogo.

El voto a Vox claramente no es un voto a favor, sino en contra. Es un voto reactivo, emocional, un «estoy harto» convertido en castigo a todo y a todos. La gente está furiosa con Pedro Sánchez que se ríe de su sombra aunque apenas pueda pisar la calle sin que le insulten. Pero también con el PP, que no termina de dar con la tecla para desalojarle del poder que «okupa» sin contar ya con una mayoría que le respalde y con la izquierda a su izquierda, oportunista y cainita, que le sostiene con respiración asistida para seguir medrando a su costa.

Motivos para la indignación ciudadana no faltan: corrupción rampante, vivienda inasequible, salarios que no llegan a fin de mes, una gestión propagandística, improvisada y errática de la inmigración, un incremento de la inseguridad –real y percibida– y, muy especialmente, el deterioro de los servicios públicos al coste de vidas humanas por las que nadie se hace políticamente responsable, mientras suben los impuestos y se incrementa la deuda de varias generaciones de españoles.

Por eso fracasa la estrategia de atacar a la sigla de Abascal como si fuera una anomalía moral que hay que erradicar a base de insultos. Decirle a un votante enfadado que es un fascista, un ignorante o un peligro para la democracia no lo reeduca ni resuelve el problema. Al revés, lo reafirma en la idea de que su enemigo es el sistema y que las élites políticas y mediáticas funcionan en una realidad paralela.

Cada vez que alguien demoniza o reduce a esos votantes a la caricatura, Vox gana adeptos. Y lo hace sin necesidad de tener que proponer o adelantar fórmulas de solución a problemas que –si somos honestos– no hace falta comprar ningún marco ideológico para reconocer que son reales, pues la precariedad no desaparece por más que se engorden las cifras macroeconómicas y la política se ha convertido en un espectáculo de trinchera y latrocinio, donde todos señalan al otro.

Vox no necesita convencer a millones de personas de las bondades de su proyecto político: le basta con ser el recipiente del cabreo contra el que gobierna ahora y el que lo hizo antes. Negar ese enfado no lo sofoca. Ridiculizarlo lo fortalece. Por eso la pregunta no debería ser ¿cómo frenamos a la ultraderecha?, sino ¿por qué cada vez más gente siente que no tiene otra manera de hacer que las cosas cambien?

La democracia no es una fortaleza inexpugnable que deba ser defendida del ataque de los bárbaros, es un contrato social frágil que se renueva –o se rompe– cada día. Y cuando una parte creciente de la sociedad siente que no cuenta, que su voz no llega y que nadie escucha, el problema empieza a no ser tanto a quién votan sus ciudadanos, sino que un día decidan voluntariamente dejar de hacerlo.