Agustín Valladolid-Vozpópuli
- Sánchez se ríe de los que piensan que no tiene nada que hacer en unas generales. Su receta: seguir alimentando a la ultraderecha y apostando por el bibloquismo
Jordi Sevilla le hacía ayer esta pregunta a Pedro Sánchez en El Confidencial: “¿De verdad te crees eso de que las sucesivas derrotas en autonómicas garantizarán la victoria en generales porque crecerá el temor a la extrema derecha?”. Me atrevo a contestar al exministro preguntándole a su vez: ¿Crees de verdad, Jordi, que le queda otra carta que jugar? ¿Piensas en serio que existe alguna posibilidad de que Sánchez recupere, como pides, un verdadero discurso socialdemócrata que vire hacia la centralidad impugnando su apuesta populista de izquierdas y debilitando su posición en el único flanco en el que aún hace pie?
El drama del PSOE, Jordi, es que Pedro Sánchez ha llevado al partido a un callejón sin salida. Con él no hay posible marcha atrás. Y él sabe que no hay marcha atrás. Que su única posibilidad es convocar elecciones cuando el aliento de Santiago Abascal esté pegado, todavía más pegado, a la nuca de Núñez Feijóo. Y ese momento puede estar más cerca de lo que creemos. Domingo 15 de marzo. Anoten la fecha. Aragón ha sido un serio toque de atención, pero serán los resultados de Castilla y León los que acoten el margen de autonomía del PP respecto a Vox de cara a las elecciones generales.
Una nueva fábula
El tiempo se agota y la única posibilidad que tiene a mano Sánchez para salvar los muebles es conseguir que se visualice en tres dimensiones, y si hace falta con la ayuda de la IA, la llegada de un gobierno de derecha dura. Lo de ganar ya no parece creérselo ni él. Sobre todo después de Adamuz. Como no se lo creía Pilar Alegría ni se lo cree María Jesús Montero. Por eso aceptaron en su día el teórico sacrificio de abandonar los oropeles ministeriales y volver a casita. Teórico porque más que inmolarse lo que ha hecho Alegría, y va a hacer Montero, conscientes de que no eran las mejores candidatas posibles, es asegurarse el virreinato. Entre un año más en un gobierno sin pulso, sudando la gota gorda, o una legislatura autonómica completa, como poco, y con doble sueldo garantizado, no había mucha duda. No nos confundamos: no es una inmolación; es una muy confortable prejubilación pactada. Quizá algo forzada por las circunstancias, pero pactada.
Pedro Sánchez se queda al mando del tenderete, sin contestación interna posible, al tiempo que se garantiza el apoyo de territorios importantes de cara a su nuevo plan de resistencia. Solo desde el blindaje de un PSOE a su medida, Sánchez podrá construir una nueva fábula que transcienda su responsabilidad como gobernante y le confirme, en el muy probable caso de derrota, como único político capaz de frenar a la ultraderecha encabezando una muy combativa oposición. Para esta tarea, un partido cuyos dirigentes se siguieran respetando a sí mismos habría incapacitado a su líder en tanto que principal responsable del crecimiento de la derecha radical. No es el caso. Véase sin ir más lejos ese dechado de coherencia y decoro llamado Patxi López.
Sánchez se presentará, ya lo hace, como el muro que detendrá a la bestia que él mismo ha contribuido a crear, gracias a que en el PSOE no hay ni autocrítica, ni debate, ni mucho menos rendición de cuentas. Dice Luis Núñez Ladevéze en su último libro (La involución progresista. Editorial Ygriega), que “un político de izquierdas nunca es culpable de lo que hace, aunque sus efectos contradigan su misión salvadora”. No comparto que esta afirmación del prestigioso catedrático de Periodismo pueda aplicarse a todos los políticos de izquierdas, pero desde luego es una ajustada síntesis de la trayectoria y comportamiento de un gobernante, Sánchez, en “continua rectificación de sus predicciones” (páginas 58-59 del libro), que además de empujar a su partido a un declive ya inatajable ha metido al país en una ratonera de la que no va a ser fácil salir.
Cosa de ‘boomers’
Pedro Sánchez sabe que tiene casi imposible ganar las próximas elecciones generales, pero lo va a intentar hasta el final. Y sabe que su mejor carta vuelve a ser el miedo. El objetivo es que las encuestas coloquen a Vox a dos palmos del PP, cometido al que se van a destinar infinitos recursos. El aparato sanchista tiene mucha potencia de fuego. Sin contar con las manos (o Vitos Quiles) que le pueda echar el PP. Será entonces, cuando Abascal pase a lomos de un caballo blanco por la calle Génova camino de la Plaza de Colón, el momento en el que Sánchez pulse el botón rojo.
Ya veremos cómo le sale la jugada, pero la pretensión de Sánchez está clara: salir de la cita clave en las urnas, aun perdiendo, como ganador moral, al menos para un sector de la población; como el único dirigente progresista capaz de evitar una larga permanencia de la derecha en el poder. Salvo que la Justicia se interponga en su camino, no se va a echar a un lado, y seguirá apostando por el bibloquismo; por un país en el que la colaboración institucional y la recuperación del consenso sean viejas quimeras solo vigentes en las cabezas de unos pocos boomers, como Felipe González.
Con este personaje no hay, Jordi, ninguna posibilidad de recuperar antiguas lealtades; ni de rescatar la transversalidad como uno de los ejes de la gestión de lo público. Olvídate de que Sánchez te firme el manifiesto (Socialdemocracia 21) y que renuncie al choque y la confrontación social como herramientas dominantes de la conversación política. No perdáis más tiempo, Jordi, porque las preguntas pueden convertirse en retórica vacía si no van acompañadas de hechos concretos.