Ignacio Camacho-ABC

  • El pronunciamiento de González es un salto cualitativo. El acta de divorcio entre la socialdemocracia y el sanchismo

Felipe ha dado el paso. Ha roto el tabú de la disciplina de partido y el patriotismo orgánico. Lo había anunciado ya a Carlos Alsina el pasado verano, pero tras el batacazo aragonés y en un escenario de la tradición izquierdista del Ateneo madrileño, la declaración adquiere más significado. Lo de menos es que opte por el voto en blanco, opción que incluso es verosímil que haya tomado antes sin decirlo en alto; a un hombre con su trayectoria no se le puede pedir que se cambie de bando. Lo relevante es que el líder que refundó el PSOE, lo modernizó tras la muerte de Franco y lo llevó a gobernar durante trece años ha decido comunicar a la opinión pública que Sánchez ya no le representa y por tanto ha perdido su respaldo.

Claro que esa distancia era conocida. Pero hasta ahora muchos antiguos dirigentes alejados de la deriva sanchista seguían manifestándose leales a las siglas. Consideraban, o al menos eso decían, que dejar de votarlas era una especie de traición a su biografía. El exministro Belloch llegó a contar que cuando llegaba al colegio electoral y veía la papeleta se le olvidaban sus propias críticas y se le iban las manos para elegirla. Eso es algo que sólo pueden entender quienes han dedicado gran parte de sus vidas a la actividad partidista. Por esa razón, el pronunciamiento de González constituye una mutación cualitativa. Un acta de divorcio simbólico, un repudio, una ruptura política en toda línea.

El felipismo carece de predicamento en la actual militancia. Las bases están intensamente radicalizadas, desvinculadas del pacto constitucional, y consideran al antiguo líder un fósil de la Transición, una antigualla octogenaria, cuando no un apóstata, un renegado de su causa o un simple facha. Sin embargo, una gran parte del electorado socialista está compuesta de ‘búmers’ –esa condición hoy tan denostada– crecidos en los albores de la democracia que guardan un profundo vínculo sentimental con esa etapa. Pedro ha vaciado la organización convirtiéndola en una carcasa plebiscitaria, pero aún vive de la imagen de marca acuñada en las tres mayorías absolutas –nunca repetidas por sus sucesores, ni una sola– que cambiaron España.

En esa generación el alejamiento de Felipe, una figura de halo totémico, puede surtir efecto serio. Es una moción de censura moral con más capacidad de daño de la que el sanchismo le concede a nivel interno. Hay bastantes probabilidades de que otros veteranos disidentes se sumen al gesto que esperaban desde hace tiempo. El Gobierno está escaso de apoyos y de crédito, y la debilidad del presidente facilita el crecimiento de las tomas de posición sobre su relevo. El fin de ciclo se huele también desde dentro, donde la sensación de declive genera un perceptible ambiente de pesimismo y desapego mezclado con miedo. Quizás el viejo gurú sólo haya puesto palabras a lo que muchos simpatizantes vienen haciendo en silencio.