- Tipos y tipas del IBEX encantados con la destrucción de España porque en la invasión musulmana solo ven nuevos clientes. La averiada crème intelectual, trufada de analfabetos funcionales, incapaz de comprender que cada desprecio o insulto a medio país (más ya) se traduce en una reducción de su mercado
Verás de lo más normal, si logras ponerte en su piel, que el doctor Fraude trate de apurar hasta las heces el cáliz de sus privilegios presidenciales, ese castigo, ese sacrificio. Lo conocemos demasiado, no perdamos el tiempo. Nunca reparará un segundo en lo que está destruyendo con cada nuevo día en la Moncloa, a hombros de enanos.
Es normal que dichos enanos políticos resistan la tentación de soltarlo; de todas las opciones que tienen, esta es, con mucho, la mejor. Por un lado, conservan su influencia y pueden entregarse a la fantasía de ostentar un poder semejante al que tuvieron hace ya muchos años. Por otro lado, su finalidad política principal, o su razón de ser, siempre ha sido reducirle la cabeza a España, borrarla como proyecto, como idea y como historia, verla humillada, indefensa, cutre. Y eso lo obtienen del autócrata. Vaya si lo obtienen.
Es hasta cierto punto normal que el hombre atado a hipotecas, matrículas de hijos, incertidumbres, falta de costumbre a los fríos vientos de la competencia, el hombre cuyas pesadillas reproducen la intemperie, sea un cobarde. No pasa nada. La cobardía es tan común que hasta tiene su épica inversa. Creo que así se llamaba una vieja canción de Víctor Manuel: ‘El cobarde’. Que lo busque otro. En su caso, no quería matar en una guerra. Había superado, quizá, la etapa de las loas a Franco. Todos esos que solo han sido antifranquistas con Franco bien muerto, pero muy muerto, son cobardes. Y puesto que son tantos, reconozcamos que su caso es normal, siempre que acudamos a la acepción estadística, y solo a ella.
Lo más normal es que los cobardes se queden como ateridos, incapaces de moverse por el frío figurado de aquella hipotética intemperie, y no muevan un dedo, y no muevan un labio, ante la empresa de destrucción en que han consistido los años de Sánchez. Muchos de ellos ya callaron igual, ya se quedaron quietos como estatuas cuando la demolición de Zapatero. Dependiendo de la edad, sus aquietamientos pueden remontarse a Franco. De nuevo. Esas gentes, reiteradamente culpables de omisión de socorro a España, esperan y esperan antes de dar un paso que les enemiste con el que manda. Esperan tanto que el que manda deja de mandar; entonces, una vez se han cerciorado de tan peligroso acontecimiento, dejan caer cosas como: «Empezaba a ser inaguantable». Normal, normal, no se flagele quien se vea reflejado en estas palabras.
Lo que no es normal es que sean así de pusilánimes, así de indignos, la élite que tiene a su cargo la protección y gestión de grandes intereses o la representación de altos valores. Tipos y tipas del IBEX encantados con la destrucción de España porque en la invasión musulmana solo ven nuevos clientes, por ejemplo. La averiada crème intelectual, trufada de analfabetos funcionales, incapaz de comprender que cada desprecio o insulto a medio país (más ya) se traduce en una reducción de su mercado. Tanta cobardía es una temeridad.