Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • El debate parlamentario sobre la tragedia de Adamuz fue confuso, exaltado y tóxico

Ayer llegó al Congreso el accidente ferroviario de Adamuz, lo que imagino explica por qué en la Cámara se escuchó hablar furiosamente de, entre otros, Elon Musk, Vito Quiles, Carlos Mazón, Trump, los menas, Pavel Surov, Ayuso, Gabriel Zucman, ETA, los Meconios, el Yak-42 y Bad Bunny. A Bad Bunny Patxi López lo citó en inglés. Lo del amor y el odio. Fue muy bonito. Y sucedió poco después de que el portavoz socialista citase, en español, a Ignatius Farray. Cuarenta y seis muertos hubo en Adamuz. Y el accidente funcionó como la primera pieza de dominó en el asombroso desplome del sistema ferroviario. Sin embargo, el Congreso no albergó ayer un debate relacionado de algún modo con la rendición de cuentas, la asunción de responsabilidades y el resto de antiguallas democráticas. Y lo peor no fue tanto eso como que resultó evidente que era imposible que ocurriese. En cuanto se pone en marcha, la política española genera de un modo automático una nube de confusión y exaltación moral que, además de la toxicidad irrespirable, expande la incompetencia. También permite que todo quede pronto atrás. Porque es imposible no atender a la siguiente nube justiciera y tóxica.

Entrando en detalles, el presidente del Gobierno llegó al Congreso enarbolando una idea central: lo que no puede ser es que un accidente sirva para crispar. Al rato, Pedro Sánchez estaba por supuesto ejecutando uno de sus juicios sumarísimos al líder de la oposición indistinguibles del acoso escolar. Y recordando todos los accidentes que el PP ha gestionado perversamente. El líder de la oposición inició en cambio el debate con prudencia: proclamando la responsabilidad criminal del Gobierno. Tras la contención de los primeros días, Feijóo aspira a forjar sobre los hierros de Adamuz un nuevo perfil de líder blindado y agresivo. Como si de la política para adultos hubiese pasado a la política para adultos sin reparos ni cardiopatías previas: la política para adultos de Vox. Lo que hicieron a continuación el presidente y el líder de la oposición fue llamarse mentiroso el uno al otro. Continuamente. Con grandes gestos, fingiendo escándalo, no pudiendo ocultar que se detestan. Pero deje usted de mentir, exigía uno. Usted miente todo el rato, denunciaba el otro. Etcétera.

Mal ejemplo

Rosalía encendió un cigarrillo en el pódcast de Esty Quesada. Y no solo fumó, sino que hizo volutas con el humo. ¿Ven como Internet es un Estado fallido? El vídeo de la entrevista se subió a la Red con el cigarro pixelado, pero una asociación llamada Nofumadores lo ha denunciado por infringir varias leyes, desde la que impide fumar en un espacio de trabajo hasta la que lo que prohíbe es que se vean marcas de tabaco en el espacio audiovisual. El episodio impone algunas reflexiones. La primera es que tal vez debería prohibirse también que la gente se asocie en torno a cosas que no hace. La segunda, que nunca le había resultado tan sencillo a una estrella del pop causar escándalo. Quiero decir que Bowie tuvo que presentarse francamente drogado en la entrevista aquella con Dick Cavett. A Rosalía, en cambio, le ha bastado un pitillo. En Nofumadores insisten en que su gesto fue más peligroso al tratarse de alguien a quien siguen millones de jóvenes. Sorprende que el pensamiento puritano no advierta el peligro de pasarse de rosca. Consiste en conseguir que fumar vuelva a ser para los jóvenes elegante y sofisticado, incluso transgresor, pero ya no por Bogart y Dietrich, sino porque ahora te enciendes uno y los censores se desmayan.