Tonia Etxarri-El Correo
Casi un mes después de la tragedia ferroviaria que provocó 47 muertos en dos accidentes en Adamuz y Gelida, la comparecencia del presidente del Gobierno, en vez de aportar datos nuevos, se convirtió en el enésimo capítulo de su cruzada contra las derechas. ¿Por qué ocurrieron aquellos siniestros? Lo sabremos a su debido tiempo, dice. Calma. Que no se utilice esta desgracia para crispar. Llega tarde. Las víctimas llevan ya soportando el peso de la crispación desde el fatídico día del descarrilamiento. No porque se hable de ellas, sino por la desatención que han sentido por parte del presidente del Gobierno. Ni una llamada telefónica. Ni una visita a los heridos, ausente en el funeral de Huelva. Y, en sede parlamentaria, incapaz de asumir ninguna responsabilidad.
En este clima adverso, el mismo día que se tuvo noticia de la dimisión de la ministra de Interior de Portugal tras su criticada gestión de los temporales en su país, Pedro Sánchez se situó en las antípodas de la autocrítica. Su referencia a la inevitabilidad del caos sonó a provocación porque si se cuida el mantenimiento de las vías, se invierte en las infraestructuras y se atiende a las quejas de los maquinistas, seguramente se podría haber evitado.
Poco le importaba que Feijóo le dijera que había jugado a la ruleta rusa con nuestra seguridad. O que Abascal hablara de «crimen» en lugar de «accidente». Sigue presumiendo de que nuestros trenes son los mejores del mundo aunque ahora el ritmo de la alta velocidad se parezca más, en muchos tramos, al de una locomotora y muchos usuarios no los utilizan, por miedo. Con esta sensibilidad en la opinión pública, Sánchez optó por volver a utilizar el espantajo de la ultraderecha aunque de bien poco le ha servido en las urnas en Aragón.
En pleno pulso negociador entre el PP y Vox, vuelve a aflorar el postureo de las alianzas. Santos Cerdán acaba de reconocer que pactó con Bildu la Alcaldía de Pamplona y el escándalo va por barrios. Que el PP pacte con Vox, está demonizado. Pero que Bildu haya sido ubicado, ya blanqueado, en el podio de los socios preferentes cuando se trata de una formación política que no ha sido precisamente una ONG, forma parte de la normalización.
Quienes defienden los pactos de las derechas se niegan a homologar a Vox con Bildu. No tienen nada que ver. Una voz tan minoritaria como histórica aunque ya poco respetada por los portavoces de Pedro Sánchez como el ex presidente Felipe González, fue preciso con su lacónica expresión: Con Vox, no pactaría. Pero mucho menos con Bildu. «Ni de broma» con la gente que ni siquiera ha pedido perdón ni ayuda a resolver algunos de los crímenes de ETA más abyectos.
Es cierto que Vox tiene un discurso polarizador y anti sistema. Pero quienes asesinaron, secuestraron y extorsionaron fueron otros. He ahí la línea roja que la oposición, y muchas víctimas de ETA con sus matices, no están dispuestas a traspasar. Ayer la portavoz de Bildu se jactaba de su influencia. «Un escaño de Bildu manda más que el principal partido de la oposición». Es cierto. Seis diputados de Bildu son más importantes que los 137 del PP. Este tren es el más seguro para la Moncloa. No va a ser el presidente quien lo desmienta.