Ignacio Camacho-ABC

  • Pedro tiene la misión de proteger la democracia frente a la ola ultraderechista que amenaza la estabilidad planetaria

Se produce un descarrilamiento con cuarenta y seis muertos tras un caos de averías y retrasos ferroviarios y el Gobierno dice que tenemos los mejores trenes del mundo. Se produce un apagón general, un ‘cero’ energético absoluto, y el Gobierno presume del mejor sistema eléctrico del mundo. Una riada mata a casi doscientas cuarenta personas y el Gobierno se enorgullece de la mejor política medioambiental e hidráulica del mundo. El covid se cobra ciento veinte mil vidas y el Gobierno se felicita de haber aplicado las más eficaces medidas epidemiológicas del mundo en el mejor sistema sanitario del mundo. Cabe preguntarse cómo andará el mundo, Facundo, si este colapso funcional constituye un motivo de orgullo.

También debemos de tener la población más desagradecida del mundo a juzgar por la escandalosa colección de reveses electorales cosechada desde 2020 por el Ejecutivo de Sánchez, cuya providencial gestión sólo parece complacer, y a medias, a los ciudadanos catalanes. Un veredicto tan contumaz, incluso más suave, bastaría en cualquier otra parte para desalojar del poder al partido gobernante. A Pedro, sin embargo, no le conmueven un ápice la opinión de sus votantes ni las continuas muestras de desafecto que le impiden salir a la calle; un dirigente de su talla (mundial) debe ejercer sus altas responsabilidades sin permitirse la tentación de ceder a esa clase de primitivas pulsiones populares.

Lo que sí tenemos es la peor oposición del mundo, «destructiva y falsaria» según sus propias palabras. Por eso no puede convocar elecciones generales, no vaya a ser que esta gente tan despreciable vaya a ganarlas. Un líder como Dios manda está en la obligación de proteger la democracia frente a esa ola ultraderechista que amenaza la estabilidad planetaria, y ello implica mantener firme el rumbo de la nación cuya custodia le ha sido confiada. Si es menester hasta sin la confianza parlamentaria, una convención política desfasada. Su misión es mucho más idealista: debe afrontar en solitario el gran desafío de la sociedad contemporánea, una ofensiva retrógrada a gran escala que justifica el empleo excepcional de medidas autocráticas.

El mundo nos mira y nos pone de ejemplo. España es la luz en lo alto de la colina, el faro del progreso que brilla –con apagones, eso sí– en medio de la creciente oscuridad de estos infaustos tiempos. Su Gobierno socialista, feminista, ecologista y pacifista es un referente europeo, el último bastión del modelo surgido sobre las cenizas del conflicto bélico. Y el sanchismo, lo que quiera que signifique eso, va a defenderlo a cara de perro contra la vileza de una derecha capaz de atribuir un accidente mortal de ferrocarril a los fallos de mantenimiento detectados por los técnicos. Resistencia sin tregua, sin titubeos, sin desaliento. Merece la pena el esfuerzo. Los reaccionarios tendrán que saltar un muro de hierro.