Francisco Rosell-El Debate
  • Con secuaces como Óscar López que ha degenerado de buscar las grabaciones de los prostíbulos del suegro de Sánchez para ganarle las primarias a Patxi López a comportarse con el fallecido Lambán como los bilduetarras con las tumbas de las víctimas de sus crímenes al endosarle el batacazo socialista en Aragón estando muerto

Parodiando la escena final de «Casablanca» en la que Rick Blaine (Humphrey Bogart), creyendo despedir el pasado con el avión que está despegando del aeródromo, le transmite al capitán Renault: «Louis, creo que este es el principio de una hermosa amistad», algo similar debieron rumiar Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero cuando acordaron en marzo de 2021, tras la visita clandestina de la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez a Madrid, el rescate de una compañía de nulo valor estratégico y en la ruina antes del COVID como Plus Ultra. Con el salvamento de esta aerolínea de altos fondos y bajos vuelos, se materializó una alianza entre ambos que produjo un giro copernicano en la posición de España con la dictadura chavista de Caracas.

Además, coincidiendo con el libramiento de esos 53 millones del ala, luego de que Zapatero le remarcara al ministro Ábalos que la solicitud era tan cosa suya como del presidente, Sánchez comenzaba a desligarse de la «banda del Peugeot» con la que asaltó Ferraz y La Moncloa, y se enrolaba en la de ‘los Rodríguez’, con los hermanos Delcy y Jorge, amén del tercer Rodríguez (Zapatero). A resultas de la permuta, Sánchez dejaría colgado al presidente encargado Guaidó en favor del autócrata Maduro para que este corriera con los gastos de su campaña para comandar la Internacional Socialista.

De ahí que hoy sea más cierto que entonces aquel «dos al precio de uno» con el que Felipe González impostó escudar a su vicetodo Alfonso Guerra al estallar la batahola de su hermano al aposentarse en un despacho de la Delegación del Gobierno de Sevilla sin nombramiento habilitante para ello y, desde asiento, realizar enjuagues como si fuera el Patio de Monipodio. A diferencia de aquellos viejos amigos que no se reconciliarían hasta muchos años después gracias a los oficios de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, quien fue testigo de privilegio de la dimisión de Guerra en un acto público en Extremadura, la relación entre Sánchez y Zapatero no es personal, sino de negocios, atendiendo a la máxima de Don Vito Corleone en El Padrino, por lo que la caída de uno arrastraría al otro.

No es para menos cuando las pruebas testificales evidencian que Ferraz, 70, sede federal del PSOE, parece una lavandería de fajos de billetes entregados en bolsas a cambio de adjudicaciones que luego se repartían en sobres sin asiento contable y cuando la policía documenta como el supuesto testaferro de Zapatero cobra 455.000 euros por el socorro de Plus Ultra que luego transfiere al expresidente. Si hace años el politólogo Giovanni Sartori, con los rescoldos aún humeantes de la gran operación judicial Mani Pulite contra la corrupción italiana, escribió que su nación había transitado de opinar que el que no robaba era un tonto a aquello otro de que «el que robaba y era descubierto era más tonto todavía», ahora en España personajes como Zapatero adoptan el cinismo de quien, al ser inquirido sobre un apartamento que le habían regalado ilegalmente, contestó: «¡Como me entere de quién ha sido quien me lo ha pagado, lo denuncio!».

No cabe deducir otra cosa después de que el expresidente tratara de desvincularse del gatuperio de Plus Ultra, pese a cobrar del asesor de la aerolínea, afirmando «Cero absoluto», si bien su lenguaje corporal no se correspondía con ese «Cero Zapatero» antes de huir escopetado a Caracas para reencontrarse con Delcy Rodríguez y seguir su zapatiesta. Pero, en España, Zapatero puede mentir a la prensa, pero también podrá hacerlo cuando acuda al Senado tras el emplazamiento del PP.

En efecto, es lo que ha resuelto sorprendentemente la Audiencia de Madrid con respecto a «Supercerdán», como apodaba Zapatero al imputado exsecretario de Organización del PSOE, al fallar su Sección Sexta que mentir al Parlamento es «legítimo» y no constituye delito cuando los embustes tengan como finalidad salvaguardarse de un venidero procedimiento penal. Así, para no admitir la querella interpuesta contra el antiguo brazo derecho de Sánchez por falso testimonio en su comparecencia ante la comisión de investigación del «caso Koldo García», los magistrados arguyen que la falsedad es «una estrategia de defensa legítima frente a una futura imputación y no cabe exigir la veracidad del testigo en una situación que le compromete penalmente». Revoca los autos que admitieron la querella al entender que Cerdán «habría faltado a la verdad» cuando aseguró que apenas mantuvo contacto con el exasesor de Ábalos entre 2021 y 2023. Se deambula del derecho a no declarar en contra de uno al de consentirse el engaño cuando, como exhorta Montaigne en sus Ensayos, el primer rasgo de la corrupción es el destierro de la verdad.

Ni que decir tiene que, dado que Zapatero podría ser imputado, este podrá mentir sin recato ni pudor al Senado de un país donde tampoco se asumen responsabilidades políticas. Como se comprobó en el Congreso en el pleno sobre la catástrofe ferroviaria de Adamuz, pese a su casi medio centenar de muertos, donde Bildu además se vanaglorió de que su voto pesa más que el de todo el grupo parlamentario vencedor de las elecciones de 2023, exultante su portavoz de que Sánchez haya abierto el portón a los terroristas etarras.

Por eso, como en la película Peligro inminente sobre un superventas de Tom Clancy, es primordial que cada cual esté a la altura de su desempeño. Como cuando su protagonista, Jack Ryan (Harrison Ford), reemplaza provisionalmente al mando de la CIA a su jefe gravemente enfermo y debe esclarecer el asesinato de un amigo del presidente vinculado al narcotráfico, pero sin saber que el Despacho Oval ha autorizado enviar paramilitares a Colombia. Atrapado entre dos fuegos, Ryan es consciente de que, si hurga, tropezará «con algo muy feo». Pero su mentor le recuerda: «Tú diste tu palabra, no al presidente, sino a su jefe, al pueblo de los EE.UU., y uno vale lo que su palabra».

Acorde con ello, cuando el presidente le llama «para evitar que saque conclusiones falsas» sobre un percance con gran número de bajas que «me lo han ocultado, como a ti», Jack se planta: «No toleraré que diga que no fue cosa suya». «¡Cómo osa venir aquí –le responde– a ladrarme como un sucio chucho! Soy el presidente». Aun así, le aclara que, como director en funciones de la CIA, debe reportarlo al Senado. «Usted –le ordena– no lo hará. Guarde esa gran ficha para cuando se quede con el culo al aire y yo entonces se la canjearé. ¿De acuerdo? (…) Este país no puede permitirse otro escándalo y el pueblo hará que la culpa recaiga sobre usted, mientras los demás recibirán un pequeño cachete y se forrarán dando conferencias. (…) Será la más fea del baile».

«Lo siento, señor presidente, yo no sé bailar», zanja antes de encaminarse a cumplir con su encomienda. Algo de lo que muchos desertan cuando La Moncloa se convierte en sede de los negocios de la mujer del presidente y Ferraz 70 lava el dinero sucio como los métodos de Al Capone, condenado a 11 años de prisión por evasión fiscal, pero no por crímenes como aquellos de los que se ha hecho cómplice Zapatero con la satrapía venezolana.

En suma, dos presidentes en ‘peligro inminente’, pero prestos a hacer cualquier cosa cual fieras acorraladas. Con secuaces como Óscar López que ha degenerado de buscar las grabaciones de los prostíbulos del suegro de Sánchez para ganarle las primarias a Patxi López a comportarse con el fallecido Lambán como los bilduetarras con las tumbas de las víctimas de sus crímenes al endosarle el batacazo socialista en Aragón estando muerto. ¡Qué alimañas inconfundibles ya con sus socios!