- Tres semanas después de la incuria que costó la vida a medio centenar de ciudadanos, un celestial presidente se digna descender al corpóreo parlamento. Y la tragedia ya no existe
¿Existe Adamuz? Claro que no. ¿Existió? Aún menos. Eso aprendimos, antes que nada, quienes tomamos el camino extravagante de dedicar nuestras vidas a la filosofía: que no hay pasado. Nos lo enseñó un maravilloso poeta que, hace dos mil seiscientos años, fue el pensador más exquisito entre los griegos. Parménides: «Es, no fue, es no será». Erige así un enigma que atraviesa nuestra lengua: ¿Cuál es el lugar del pasado —y del futuro— en nuestras mentes, esto es, en nuestras vidas, que son sólo presente?
¿Dónde queda el «fue», eso que, por haber sido en el tiempo, no volverá a ser ya nunca? Todos sabemos la respuesta: en la memoria. Y, al decir que lo sabemos, nos engañamos. ¿Tenemos acaso idea de qué sea con exactitud lo que la memoria archiva y nos va susurrando en el curso del tiempo? ¿Hay acaso verdad en lo que recordamos? ¿O hay tan sólo la plácida indolencia del consuelo actual? Puede que no exista enigma más inquietante que ese en la vida de los hombres. El recuerdo habla sólo de este mismo hombre que recuerda. Pero no dice siquiera la realidad que él fue: dice lo que ahora mismo desearía haber sido en aquel momento perdido que quisiera tener presente ahora. Y que, al no tener, inventa.
La memoria emociona. Positiva o negativamente, da lo mismo. Y, justo por emocionar y para emocionar, la memoria debe mentir de modo acorde a la conveniencia del sentimiento del sujeto que la invoca. «La memoria no es otra cosa que cierta concatenación de ideas que implican la naturaleza de las cosas que están fuera del cuerpo humano, y que se produce en la mente según el orden y concatenación de las afecciones del cuerpo», no de lo real, escribirá Spinoza. Lo que es lo mismo: la memoria inventa estados afectivos de aquel que es por ella arrebatado; nunca, conocimiento.
La política moderna –esa que iniciaron Maquiavelo, Hobbes y Spinoza entre los siglos XVI y XVII– percibe, de modo inequívoco, el envite de poder que se juega en esa ficción de realidad que es el recuerdo. O el olvido, variedad particularmente refinada de memoria. Se domina a una multitud, filtrando y cincelando la memoria de sus componentes. Hasta ese punto en el cual las conveniencias del que manda acaben por ser identificadas como parte del código sentimental que cristalizó en las imaginarias añoranzas de los que obedecen. El deseo del amo codifica los recuerdos del siervo.
La teoría es sencilla. Nace, en el siglo dieciséis, con la osada fórmula de un joven pensador prematuramente extinto, Étienne de La Boétie, que acuña la analítica de los recuerdos (y de los olvidos) humanos como coágulo de «servidumbre voluntaria». Y que ve en el despotismo del príncipe la expresión bien articulada de ese deseo que se sobrepone a todos los demás: el deseo de ser obediente. En lo político, se viviría así una perversa variedad del lazo de sumisión que encadena el amante a su ama. No en vano, La Boétie es autor también de un corpus de sonetos amatorios. Anudados en torno a la poética ronsardiana del «amor, único orfebre de mis propias desdichas». La obediencia es el amor perverso del súbdito hacia el amo.
La esclavitud puede suplantar el trono del amor, allá donde el olvido del mal hecho haya vencido. Hubo un tiempo en el que manufacturar ese olvido requería paciente esfuerzo y largo, muy largo plazo. Sucedía en otra era, otro milenio. Vivimos hoy en el tiempo del presente continuo: en el vértigo de una instantánea avalancha informativa que es sólo distorsión a la medida. Todo es presente. Inmediato. Y cada inmediatez trivial desplaza las triviales inmediateces de hace cinco minutos.
No hay pasado en el mundo de las redes. Presente sólo. Que inventa el más perfecto olvido que jamás déspota alguno haya soñado. Los beneficiarios de la política saben eso. No tienen más que guardar silencio. Hacerse invisibles. Como invisible se hizo Sánchez después de Adamuz. Basta el paso de unos pocos días para que el horror más letal haya sido devorado por las avalanchas triviales que saturan los presentes vertiginosos. Tres semanas después de la incuria que costó la vida a medio centenar de ciudadanos, un celestial presidente se digna descender al corpóreo parlamento. Y la tragedia ya no existe. Puesto que no es presente. En la memoria pública. ¿O es que se acuerda alguien de los ciento veinte mil muertos del Covid? Y todo, al fin, sale gratis.
El olvido es la saturación de los sucesivos presentes que no dejan huella. En esto vivimos. Quien sepa administrarlo será todopoderoso.