Jon Ansa-El Correo

Padecemos una era en la que pensar en el futuro es casi revolucionario. Estamos sufriendo una provisional victoria de lo reaccionario, que es la antítesis del progreso y de la idea misma de futuro. Ya hay quien sostiene que la forma de ser antisistema que proponen las ultraderechas es la que mola a buena parte de la juventud masculina europea.

En este contexto, hay motivos para sospechar que Pedro Sánchez, que pronto se convertirá en el segundo presidente del Gobierno posreforma política más longevo, no tiene claro qué hará con la convocatoria electoral de aquí a primavera-verano del 2027. Lo que está fuera de duda es que intentará la forma de poner la situación a su favor. ¿Cómo? Hasta ahora, Sánchez ha salido vivo de derrotas seguras con un oportunismo remarcable, reutilizando el clásico «que viene la derecha» y colocando a Vox en el lado oscuro y amenazante que ilumina su propia presencia. Bien jugado.

Pero Vox cada vez moviliza a menos segmentos en su contra. Su cansancio es tal que no se les mueve a las urnas solo por el miedo a Abascal. Ahora, los miedos son otros, más grandes, más ajenos, más incontrolables. Se llaman Trump, la guerra, la desmoralización antropológica y la destrucción de todo relato progresista. Recientes estudios a nivel europeo (Cluster 17) rebelan que la posición ante Trump de los gobiernos es cada vez más determinante a la hora de decidir el voto, que en el caso del Estado Español sería un 48 % del electorado. No es difícil adivinar, a partir de esto, cuál será el eje político por el que apostará Sánchez.

Para convertir el miedo en esperanza y proyectarse como luz civilizatoria en un mundo reaccionario y tenebroso, tendrá que hacer de su ya legendaria épica de la resistencia algo más que un eslogan. Tendrá que imponer su exitosa agenda comunicativa internacional a nivel local, algo que no es evidente; tendrá que inmunizarse ante los sopapos electorales de las elecciones autonómicas (algo que, como se sabe, ya ha logrado parcialmente); tendrá que rogar a la izquierda no sanchista que deje de hacer el indio y presente una candidatura seria (será generoso a la hora de repartir poder); en fin, tendrá que aguardar el momento en el que Feijóo esté más débil (la curva descendente del PP es, de hecho, el mayor incentivo de Sánchez para esperar, siempre esperar, el mejor momento demoscópico para apretar el botón rojo).

En las elecciones generales, por lo tanto, Sánchez hablará de futuro. De uno alternativo al que representa Trump y sus versiones españolas. El pasado ya no le cunde para ganar. Se sabrá, entonces, si, para él, aún es evitable lo inevitable y si Sánchez es ya el único que puede creer a Sánchez. Lo decidirán, así funciona esto, unos pocos cientos de miles de electores que, votando a la sigla adecuada en la circunscripción adecuada inclinarán las manillas del reloj del tiempo político hacia un lado o a otro.