Iñaki Ezkerra-El Correo

  • El partido de Abascal asciende a base de no gobernar, no se desgasta

No llegó al espectacular ‘sorpasso’ que esperaba y que le prometían las encuestas, pero ha conseguido doblar su número de escaños en las autonómicas aragonesas. Hablo del ascenso de Vox que, de los 7 parlamentarios que obtuvo en 2023, ha pasado a 14 en los comicios del pasado domingo. Se ha dicho que Aragón es el Ohio español en el sentido de que representa porcentualmente al electorado de todo nuestro país y que, por lo tanto, el veredicto de las urnas en esa comunidad autónoma adelanta el que obtendríamos en unas generales. De ser así, hay que contar con un ascenso del partido de Abascal, que se produciría en detrimento del PP y a favor del bloque sanchista.

Sí. Mientras la izquierda, con todas sus variaciones y sus contradicciones, que son infinitas, es capaz de aglutinarse (por ahí anda ‘Rufián sin fronteras’ postulándose para tomarle el relevo a Yolanda Díaz y liderar el conglomerado antisistema a escala nacional desde el catalanismo secesionista), la derecha, con muchos más signos de coherencia ideológica, se disgrega, se dinamita a sí misma y acentúa sus diferencias. Ahí está Vox dispuesto a sabotear la investidura de Guardiola y abocar a Extremadura a una repetición electoral con un órdago que, previsiblemente, va a tener en el escenario aragonés su doble.

Vox asciende a base de no gobernar. Ha descubierto una gran paradoja de nuestro presente: la virginidad, que hoy se encuentra tan socialmente desacreditada en el terreno sexual, resulta, por el contrario, políticamente fecunda en el campo electoral. La misma sociedad que ve en el cinturón de castidad un cómico símbolo de extravagancia; un signo de extemporaneidad; una caricatura de patológica inexperiencia y bisoñez estratosférica, ve, en cambio, una virtud en ese mismo fenómeno aplicado a la publicidad y a la praxis políticas. Como aún no ha tocado poder de veras, Vox no se ha desgastado y puede vender su pureza prístina como un activo propagandístico. Como lo hizo Bildu antes de hacerse en 2011 con la Alcaldía de San Sebastián o a finales de 2023 con la de Pamplona. Como lo hizo Podemos antes de que Irene Montero se luciera en el Ministerio de Igualdad.

Abascal no se conforma con un puesto de segundón de la derecha y repite la historia de Ciudadanos. Solo que aquel lo hizo por la izquierda y este lo hace por la diestra. Abascal huye, como de la peste, del poder en las autonomías porque aspira a desbancar al PP y hacerse con el despacho de La Moncloa. Abascal no entiende por qué es la cenicienta en el club de las actuales extremas derechas ni por qué Feijóo constituye todavía una excepción en una Europa en la que el centro-liberal está siendo desbancado por estas de manera vertiginosa. Lo peor es que tampoco lo entiende el propio Feijóo.