Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • El PP es la primera opción de voto y Vox amenaza más a Sánchez que a Feijóo

España sigue siendo un país políticamente bastante original en comparación con nuestros vecinos europeos. El sanchismo está sometiendo a una dura prueba nuestra histórica resiliencia, tantas veces desafiada desde Carlos IV, Godoy y Napoleón, pero las peculiaridades que seguimos desarrollando espontáneamente invitan a creer que nos queda mucho partido por delante. Aquí va una selección de cuatro de ellas.

1 – El PP aguanta mejor que la centroderecha europea

Quizás no tanto por aciertos propios como por desconfianza hacia los partidos-milagro tras el desastre de Ciudadanos (y en la otra orilla, de Podemos). Por comparar, según las encuestas los torys británicos han sido ampliamente superados en intención de voto por los “reformistas” de Farage, a pesar de las indecentes mentiras en que basó el decepcionante Brexit de la Unión Europea. En Francia, republicanos y gaullistas han dejado de contar como partidos, en Italia el populismo se comió hace tiempo a la vieja derecha, y en Alemania la CDU está seriamente amenazada por sorpasso de la AFD, que sí merece el epíteto de “extrema derecha” clásica.

Cada país es un mundo por razones históricas y políticas, y España no lo es menos. Aquí el Partido Popular es aún el primero en intención de voto, y la amenaza de Vox afecta más al PSOE y su segunda posición electoral. Esta ventaja estratégica sería más evidente y productiva si los populares no se enredaran en sus propios errores idiosincrásicos de inercia, conformismo y pereza, esos que les llevaron a confiar en el PSOE como partido de Estado, cuando ya era completamente increíble.

También les perjudica la absurda regla de que todo lo que no sea conseguir una mayoría absoluta es mera victoria pírrica, el dogma de sus torpes escuderos mediáticos y de los partidarios del mítico PSOE bueno. Acabamos de verlo en Extremadura y Aragón, pero tontos serán si se ponen el asfixiante corsé en Castilla-León y Andalucía. Las mayorías absolutas serán rarísimas mientras el PSOE y Vox se disputen el 20-25% de los votos, la pelea actual. Harían bien en subrayarlo a diario en vez de repetir la intoxicación socialista de que la pelea es PP-Vox.

2 – La izquierda hispanofóbica y autodestructiva

El cómico ofrecimiento de Gabriel Rufián para recolocarse encabezando la enésima operación de “izquierda unida” desde 1978, sea con ese avatar o con otro tras el fracaso de IU, Podemos y Sumar, es el mejor síntoma del colapso final de los sueños de hegemonía del trío Iglesias-Monedero-Errejón. Encandilaron al necio establishment de la Villa y Corte, convencido de que el 15 M era otro Dos de Mayo, mucho más que a la ausente “clase obrera” y a la gran mayoría de la juventud, que les aborrece.

La verdadera identidad de la extrema izquierda, definitivamente contagiada al PSOE de Sánchez, es la hispanofobia: la revolución progresista de ahora es deshacer España como nación, no volver a la España Roja derrotada en 1939. Solo por eso puede ofrecerse Rufián como relevo verosímil de Yolanda Díaz, Pablo Iglesias y su gineceo. Pero por eso mismo el crepúsculo del sanchismo es también el fin de esa extrema izquierda unificada por la hispanofobia, paradoja autodestructiva que sólo fascina a los separatistas. Se acaba de ver en Aragón, donde la única extrema izquierda que crece es la Chunta, pero gracias a la muerte electoral de Sumar y Podemos. Una lógica política de larva cadavérica.

3 – Vox será alternativa si sigue a Meloni, no a Orban

Así las cosas, si Vox consigue superar el 20% de los votos ocupará el lugar de segundo partido, actualmente del PSOE. Es normal que los socialistas se defiendan como posesos sin reparar en medios ni daños, porque la crueldad de la Ley Electoral anticipa un negro futuro si esto llega a pasar, y es muy probable: el de la IU que conseguía millones de votos para obtener, como mucho, una docena de diputados. A continuación, pero no antes, la rivalidad y el papel de alternativa se repartirá entre PP y Vox, salvo colapso de alguno de ambos. Ahora Vox lo tiene relativamente fácil: con la corriente del hastío social a favor sólo debe dejarse querer, comprometerse lo menos posible y hablar poco de política concreta y mucho de identidad amenazada, es decir, seguir siendo populista.

Pero a continuación la cosa cambiará, pues para llegar a partido de gobierno el populismo rampante tiene dos vías: la de Meloni y la de Orban. La segunda, de momento la favorita de Abascal, es eurofóbica, extremista, autoritaria, xenófoba e iliberal. Son sesgos impopulares que rechaza la mayoría de la sociedad española. Tarde o temprano, deberán elegir. En Portugal, un socialista moderado y prestigioso ha ganado con gran apoyo la presidencia al candidato de Chega por motivos de esta índole.

4 – El separatismo ya tiene todo, salvo la independencia imposible

La cuarta peculiaridad española es que, tras el Brexit, España es el único país europeo donde hay potentes partidos separatistas con sólidos feudos territoriales, blindados tras muchos años de monopolio del poder y exclusión de los diferentes. Pero su apogeo ha sido conseguir mandar en el Gobierno de España gracias a las repetidas derrotas electorales de Sánchez, determinando todas y cada una de sus decisiones y, por supuesto, con la intención de deshacer en lo posible la nación española. Y por eso mismo la muerte por éxito, destino de cualquier partido poderoso en su tiempo, está más cerca.

Tras el fracaso del golpe separatista en Cataluña, que no puede levantar ningún fraude de ley en forma de amnistía a Puigdemont y su mariachi, y aunque Bildu ha conseguido la amnistía encubierta de los etarras presos y acaricia la suprema victoria de la legalización moral de ETA, ¿qué les queda por conseguir? La verdad es que nada. La independencia y soberanía de su Liliput político es una milonga, y lo saben. Por dos motivos: el geoestratégico (¿quién reconocería las repúblicas catalana y vasca, además de Putin?), y el interno: la gran mayoría rechaza romper del todo con España.

Las sociedades catalana y vasca han suscrito un pacto vergonzoso con sus tiranos: aceptar el nacionalismo como única política y cultura posibles a cambio de aparcar la cuestión de la soberanía pendiente en los mítines y ritos tribales. Como el aspirante a Caudillo Rufián, prefieren seguir siendo españoles sin reconocerlo, cobrando por aceptarlo y fingiendo ser la raza política superior. Una ficción servil, aprovechada y cobarde que no puede seguir indefinidamente. También se acabará, porque toda peculiaridad es temporal.