Bienca Thoilliez-ABC
- Si el populismo de izquierdas terminó absorbiéndose en el sistema que pretendía tensionar, la pregunta es qué hará el populismo de derechas que vuelve a acercarse al centro de gravedad del poder
En una de las escenas más controvertidas del documental ‘La sociologie est un sport de combat’ (Pierre Carles, 2001), el influyente sociólogo Pierre Bourdieu, aparece en un centro cultural de una ‘banlieue’ parisina. La sala está llena. El acto se titula algo así como: ‘Una reflexión con Bourdieu sobre la desigualdad en educación y cultura’. Durante horas, vecinos (muchos de ellos inmigrantes) comparten experiencias de pobreza y exclusión política. Cuando el organizador intenta cerrar la sesión, aflora cierta frustración: incomodidad con el lenguaje académico, cansancio, malestar. Entonces Bourdieu reacciona: «Podría enseñaros una o dos cosas sobre vosotros mismos –dice–; aunque suene arrogante, me da igual porque es verdad». Y recomienda a ese auditorio multicultural un libro sobre migración escrito por un colega: «Lo escribió para gente como vosotros. Si lo rechazáis, es que sois idiotas». Más allá de la salida de tono, la escena es relevante porque pone en evidencia la distancia entre quien analiza críticamente una realidad y quienes la viven. El intelectual parece situarse en una posición desde la que puede decir: yo veo lo que vosotros no veis. Reflexionando sobre esa estructura y sus problemas, he pensado que el esquema podía trasladarse al terreno político actual. Porque todos los populismos parten de un gesto de desenmascaramiento: afirman ver lo que otros no ven y denunciar lo que el orden vigente oculta.
Estos últimos años hemos asistido a dos ciclos políticos que, aunque ideológicamente opuestos, comparten una misma forma. El populismo de izquierdas irrumpió con fuerza tras la crisis financiera de 2008, prometiendo devolver la voz a los «de abajo» frente a las élites económicas y políticas. Hoy parece apagarse, institucionalizado o fragmentado. Más recientemente, el populismo de derechas crece con una energía que recuerda a aquella fase ascendente del de izquierdas. Cambia la dirección ideológica, pero la estructura formal me parece que es equiparable en muchos aspectos. Me gustaría analizar los límites formales de estos populismos, intentar comprender por qué tienden a encenderse con tanta intensidad y, después, a enfrentarse a tensiones difíciles de resolver que acaban por consumirlos.
Todo populismo parte de una premisa sencilla: existe un pueblo cuya voluntad ha sido ignorada o traicionada por una élite. Esa simplificación es eficaz porque ordena el conflicto en dos polos claros. Pero ahí aparece su primer límite: el pueblo no habla solo; alguien debe articular su voz. En el populismo de izquierdas, el pueblo se construye políticamente; en el de derechas se presenta como una realidad previa (la nación, la mayoría cultural). Pero siempre hay una instancia que interpreta qué es el pueblo y qué quiere. Los populismos prometen inmediatez democrática, que el pueblo se exprese sin intermediaciones corruptas, pero necesitan liderazgos fuertes. Si el pueblo ya sabe lo que quiere, el líder sobra; si el líder es imprescindible, la inmediatez desaparece. Esa tensión es parte de su ADN.
El segundo límite tiene que ver con la homogeneización del sujeto político. Las sociedades contemporáneas somos demasiado complejas para encajar sin fricciones en el molde del «pueblo único» (aunque lo adjetives de plurinacional). Cuando la realidad no responde a esa unidad, surgen tensiones. En el populismo de izquierdas lo vimos en el conflicto entre movimiento y aparato: entre la lógica de las plazas y la disciplina del partido; entre la pureza simbólica («siempre viviré en Vallecas») y el pragmatismo del chalé en la sierra. En el populismo de derechas, el riesgo está en estrechar la definición del sujeto legítimo hasta convertir el desacuerdo en sospecha. Cuanto más homogéneo se define el pueblo, menos espacio queda para la pluralidad democrática.
El tercer límite es estratégico y tiene que ver con el conflicto. Los populismos necesitan una frontera clara: sin antagonismo no hay cohesión. Esa lógica funciona en la oposición o en la fase de ascenso, pero gobernar implica negociar y administrar intereses en conflicto. El populismo de izquierdas lo comprobó al entrar en el gobierno: mantener la retórica de ruptura dificultaba la estabilidad; moderarla ha erosionado su identidad. El populismo de derechas se acerca a un dilema parecido allí donde crece: si suaviza el antagonismo para gobernar, puede diluir su fuerza; si lo mantiene, puede bloquear la gobernabilidad. El conflicto moviliza, no basta para gobernar.
El cuarto límite es quizá el más delicado: la distancia entre reconocimiento simbólico y capacidad real de transformación. El populismo de derechas en su fase actual tiene una enorme potencia expresiva: legitima emociones, devuelve orgullo y ofrece claridad moral. Esa restitución simbólica explica buena parte de su atractivo, como ocurrió en su día con el populismo de izquierdas. Pero la política hoy funciona en sistemas interdependientes y con márgenes de maniobra limitados. Cuando la promesa de cambio profundo choca con esas restricciones, crece la frustración. Entonces caben dos salidas: ajustar expectativas y asumir complejidad (como terminó haciendo la izquierda populista) o intensificar la denuncia y desplazar el enemigo (opción que hoy parece preferir la derecha populista). La simplificación que permitió ganar apoyos no siempre permite transformar la realidad. Mientras el hechizo de la promesa no se rompa, la ola seguirá en pie.
El contraste entre el declive del populismo de izquierdas y el ascenso del de derechas no invalida estos límites: solo muestra que operan en momentos distintos. El primero fue hijo de la crisis económica de 2008. El segundo crece en un clima de ansiedad cultural que se entrelaza con la sensación de pérdida económica. Son malestares diferentes, pero de estructura similar. Sus problemas emergen al intentar estabilizarse como forma de gobierno. Viven del conflicto, pero necesitan institucionalizarse. Afirman unidad, pero gobiernan sociedades plurales. Ofrecen reconocimiento simbólico, pero tropiezan con límites estructurales.
El PSOE respondió a Podemos «podemizándose». Y, tan pronto Podemos se integró en el poder ejecutivo, el PSOE asumió parte de su lenguaje, incorporó su agenda simbólica y desplazó su discurso hacia la confrontación social. Pudo hacerlo porque, en realidad, competía por el liderazgo dentro de su propio espacio ideológico. Compartían suelo cultural, compartían horizonte moral. La disputa era por la hegemonía, no por la definición misma del campo. El PP lo tiene más difícil. No puede simplemente «voxizarse» sin renunciar a elementos que forman parte consustancial del conservadurismo tradicional: europeísmo, institucionalidad, vocación de gobierno, cierta idea de moderación. El populismo de derechas no es solo un competidor electoral de la derecha tradicional; es, en parte, una impugnación de ese modelo. Y ahí aparece la verdadera incógnita del próximo ciclo político. Si el populismo de izquierdas terminó absorbiéndose en el sistema que pretendía tensionar, la pregunta es qué hará el populismo de derechas ahora que vuelve a acercarse al centro de gravedad del poder. Pero también qué hará la derecha tradicional: si intentará surfear la ola adoptando su lenguaje, si esperará a que rompa por sí sola o si tratará de ofrecer un cauce distinto al malestar que la ha levantado. Porque las olas no desaparecen por ignorarlas. Pero tampoco se surfean indefinidamente: siempre terminan rompiendo.