Cristian Campos-El Español
  • El odio entre «las dos Españas» es mucho menor que el desprecio con que «la tercera España» habla de los españoles de las otras dos.

Me cansa el cliché de «las dos Españas que han de helarte el corazón».

Y me cansan aún más quienes saborean el cliché con la barbilla en alto como si fuera el más sublime de los manjares. «Ah, sí, la España cainita, uh, oh».

Yo no creo que haya dos Españas cainitas. No más, en cualquier caso, que dos Francias cainitas, dos Italias cainitas o dos Alemanias cainitas.

España no es una rareza histórica, y mucho menos lo fue su Guerra Civil.

Europa parió dos guerras mundiales y las guerras civiles rusa, finlandesa, irlandesa y austriaca.

Europa ha vivido durante el siglo XX una miríada de conflictos e invasiones «menores»: la guerra de Yugoslavia, la polaco-checa, la turco-armenia, la húngaro-rumana, la polaco-ucraniana…

Entre 1900 y 1960 hubo varias dictaduras en Europa: Alemania, Italia, Portugal, Hungría, Polonia, Grecia, Rumanía, Bulgaria y por supuesto Rusia y el resto del bloque comunista.

Europa inventó el comunismo y el nazismo. Inventó también el Holocausto y el Holodomor.

Europa produjo a StalinHitler y Leopoldo de Bélgica, tres de los cinco mayores asesinos de la historia de la humanidad. Los otros dos (Mao y Pol Pot) son asiáticos, pero la ideología por la que mataron (el comunismo) es europea.

Europa mató y mató y mató a escala industrial, y a renglón seguido siguió matando hasta que las cloacas de todo el mundo se atascaron con sangre.

Y cuando se cansó de matar se erigió en faro ético de Occidente.

Pero para bestias, por lo visto, los españoles. Eso dice Español Españolo Españolez, de profesión tercerista de la Tercera España.

En mala hora se le ocurrió a Goya pintar el duelo a garrotazos. Ya podría haber pintado un bodegón.

El tercerista esgrime a todas horas el espantajo de la España negra y se considera a sí mismo como la excepción a la regla. Él es el fiel de la balanza. El metro patrón original. El Gran K de la españolidad razonable, civilizada y moderna.

Los otros somos la muchedumbre sin sesos. Todos unos bestias, menos él. Su España aspiracional sólo existe en su cabeza, pero dice querer mucho a su país. Lo quiere tanto que se lo imagina vacío de españoles y lleno de clones de él mismo.

En realidad, el odio entre las dos Españas es mucho menor que el desprecio con el que ese tercerista español habla del resto de los españoles y de la España verdaderamente existente. 

Luego, el tercerista remata sus lamentos sobre la España cainita con un «ni Stalin ni Ayuso» que deja claro que él es un übermensch libre de las zafias pasiones del españolito de la calle. A él, tan grave le parece un genocida comunista como la presidenta de la Comunidad de Madrid.

¡Ni genocidios ni rebajas del IRPF!

Yo no creo que España haya vivido nada que no hayan vivido los países de nuestro entorno.

No compro tampoco la idea de que España es un forúnculo de barbarie en un mundo de salones de té, pastitas de mantequilla y meñiques levantados.

Esto lo explica muy bien Stanley G. Payne en su libro En defensa de España.

Lo que sí creo es que en España hemos tenido buenos, mediocres y pésimos gobernantes, como ocurre en todos los países, y que hace veinte años que vivimos una racha llamativamente mala.

Pero de ahí a repartir las culpas a escote entre las dos Españas va un trecho.

Precisamente porque vivo en democracia, porque mi España es la España de la democracia y porque mi realidad es la de 2026 y no la de 1936, aspiro a juzgar sin filtros ideológicos.

Y lo cierto es que el tercerista no pertenece a ninguna imaginaria tercera España. Pertenece a una de las dos. De forma militante, además. Lo que ocurre es que sus escrúpulos morales no le permiten aceptar determinadas realidades. Y la forma de esquivar esa obviedad, que pondría en duda toda su trayectoria vital y profesional, es repartir la culpa al 50%.

«Son todos iguales».

Pero no, ni son iguales, ni lo han sido. En la España de la democracia, la violencia política ha sido muy mayoritariamente de izquierdas y nacionalista, salvo durante los primeros años de la Transición, cuando todavía quedaban algunos grupúsculos violentos residuales del franquismo.

Finiquitados esos grupúsculos en un momento muy temprano de la Transición, la violencia política quedó exclusivamente en manos de la extrema izquierda y los independentismos.

ETA ha matado a 864 personas y dejado 7.000 víctimas en 3.500 atentados.

El Grapo dejó 94 muertos.

Terra Lliure ejecutó más de doscientos atentados.

A la kale borroka se le atribuyen 9.370 acciones violentas entre 1987 y 2014.

Miembros de organizaciones terroristas de izquierdas ocupan hoy escaños en ayuntamientos y parlamentos. Otros son altos cargos políticos.

Arnaldo Otegi (EH Bildu) es coordinador general de uno de los dos principales partidos independentistas vascos.

Los asesinos de ETA son homenajeados de forma habitual en el País Vasco o incluidos en listas electorales.

Antiguos militantes de Terra Lliure fueron integrados en ERC. Sólo se les pidió una «renuncia» retórica al terrorismo.

ERC dio un golpe de Estado en 2017 junto a Junts. Sus líderes fueron condenados por la justicia.

En muchos países, ambos partidos habrían sido ilegalizados. En España son socios preferentes del presidente y se permiten insultar a la oposición por los accidentes mortales provocados por la incompetencia del Gobierno.

No existe ningún caso equivalente de integración política de la extrema derecha con pasado violento o terrorista en las instituciones democráticas españolas.

Otro ejemplo. Los escraches fueron introducidos en España por la PAH en 2013, con apoyo explícito de Podemos. La metodología (el acoso a políticos de la oposición en sus domicilios particulares) se dirigió inicialmente y de forma masiva contra dirigentes del PP.

Luego se generalizaron. Ahora los sufre todo el mundo. Pero la puerta la abrió Podemos.

Los boicots, las cancelaciones y los sabotajes de charlas, conferencias, premios y todo tipo de eventos públicos y deportivos son también, de forma muy mayoritaria, patrimonio de la izquierda.

Ahí está el ejemplo de David Uclés y Arturo Pérez-Reverte en unas charlas a las que la derecha dijo sí y la izquierda dijo no. No llega ni siquiera a metáfora. Es un hecho.

El asedio al Parlamento autonómico catalán de 2011, el asalto al aeropuerto del Prat, la creación de Tsunami Democràtic y los CDR, la ola de violencia y de disturbios tras la sentencia del procés y el acoso a las familias que piden clases de español son obra del nacionalismo catalán.

Es la izquierda la que es hoy incapaz siquiera de llamar «dictaduras» a Venezuela o Cuba.

La que calla frente a las masacres de los ayatolás iraníes.

La que ha sido felicitada (parece un chiste pero no lo es) por Hamás y los talibán.

La que ha indultado y amnistiado a golpistas y corruptos condenados por la justicia.

La que protege y ampara legalmente a los okupas.

Me resulta muy difícil encontrar ejemplos paralelos en la derecha. Ejemplos que no sean puntuales y que revelen una pauta sostenida en el tiempo. ¿Cuál es el patrón de violencia de la derecha en democracia?

Hablo de violencia real, no metafórica.

Hablo de hechos, no de relato.

Así que no. Las culpas, desde luego, no están al 100% en un lado y al 0% en otro. Pero tampoco al 50%. En democracia, no.

En el fuego de la polarización hemos caído todos.

Pero una de esas dos Españas ha aportado los leños más gordos. Y ningún análisis que no parta de esa evidencia será jamás ecuánime ni merecerá mayor respeto.