Marisol Oviaño-Vozpópuli
- Eviten humillar gratuitamente a la oposición. El sanchismo no va a durar siempre
A pesar de estar condenado a 400 años por sus múltiples asesinatos, el lunes pasado Txeroki salió de la cárcel en régimen de semilibertad. Y el miércoles, Mertxe Aizpurúa nos explicó cómo funciona la democracia bajo la bota de Sánchez: “Hoy, un escaño de Bildu manda más que el principal partido del Congreso. Ustedes, señorías del Partido Popular, no mandan nada. Son irrelevantes, y así seguirá siendo mientras eso dependa de nosotros”. Sólo le faltó poner la pistola sobre el atril de oradores, aunque muchos españoles que pasamos de los 50 creímos verla. Especialmente, unos cuantos vascos y los madrileños, pues tengo observado que en otras comunidades hay quien piensa que ETA sólo es un latazo olvidable, quizá porque nunca tuvieron miedo de que los matara.
Sin embargo, en Madrid sabías que podías volar por los aires cualquier día de la semana; si no te habían pillado cerca unos cuantos atentados, no podías considerarte madrileño. En mi caso, también influyó que iba en metro a un instituto del barrio de Salamanca y que las alumnas tuviéramos la costumbre de hacer pellas para ver la sangre en la acera o el asfalto —así es la adolescencia— cada vez que ETA actuaba por allí. En 1980, con 14 años, vi mi primer cadáver, aunque no su cara. Cuando llegué a la escena del crimen, un nutrido grupo de nostálgicos del franquismo se había congregado alrededor de las víctimas —que yacían en el suelo— y cantaba el Cara al Sol con el brazo en alto, lo que me impidió acercarme más; apenas si pude atisbar las piernas de uno de los finados antes de que la policía me echara de allí.
En 1985 empezó la moda de los coches bomba, que se estrenó contra un autobús de guardias civiles en la plaza de la República Argentina y que pronto se extendería a otras provincias: Hipercor de Barcelona, casa cuartel de Zaragoza, de Vic… Pero en Madrid no disminuyó el terror, que no se limitaba al barrio de los ricos, sino que también frecuentaba barrios más populares como Prosperidad, —sólo en mi manzana recuerdo tres atentados— Atocha, Aluche, Vallecas… Un par de años después de mudarnos de casa, nos pilló cerca el brutal atentado de la Republica Dominicana en el que murieron 12 jovencísimos estudiantes de la Guardia Civil y resultaron heridas 70 personas. Y mi padre, que no tenía nada que ver con la política, iba varios coches detrás de Aznar cuando en 1995 el blindaje del vehículo presidencial impidió que una bomba de ETA lo matara. No tengo espacio en esta columna para hablar de los todos atentados que, sin comerlo ni beberlo, nos han rozado.
Preeminencia racial
Ahora nos quieren hacer creer que ETA luchaba por la democracia, pero tenemos que recordar a jóvenes y despistados que la mayoría de sus asesinatos tuvieron lugar después de la muerte de Franco. Y que mataban ciudadanos anónimos porque algunos vascos creían —y siguen creyendo— que ellos son una raza diferente, superior. El alma homicida que refleja la fealdad disuasoria de Mertxe Aizpurua puede darnos una idea de su preeminencia racial sobre, por ejemplo, las andaluzas. Fue una lástima que ella no estuviera en el restaurante Basque el día que mataron a Muguruza, porque seguro que se le habrían bajado los humitos: tan valientes eran los gudaris que, al verse al otro lado de la pistola, los diputados de Herri Batasuna estuvieron mucho tiempo sin ir por el hemiciclo.
¿Cómo iban a sentarse allí mientras “están cayendo miembros de ese Parlamento”?, se lamenta el catedrático Ramón Zallo en Quiero saber quién dio la orden de asesinar a mi aita; así se va a reparar mi dolor —está en Youtube—, el documental en el que la hija de Muguruza pide lo mismo que los familiares de las víctimas de esos atentados que siguen sin resolver, y de las que ellos no hablan en ningún momento. Eso sí, me ha quedado claro que los de HB eran unos paletos acomplejados con miedo a lo diferente: en Madrid sólo se alimentaban en el restaurante vasco del hotel en el que siempre se alojaban, que es como ir a San Sebastián a comer y cenar en una taberna madrileña.
A uno de mis difuntos amigos, al que voy a llamar Mr. Z para que no lo confundan con Felipe González, lo detuvieron por aquel atentado contra Herri Batasuna y le aplicaron la ley antiterrorista, pero ni confesó ni probaron que fuera el autor intelectual. Creo que Aizpurua utiliza ese tonito tan revanchista porque no es consciente de cómo se celebró en toda España el asesinato de Muguruza. Porque nunca salió a dar un paseo por el pueblo en el que veraneaba Mr.Z y no vio que todo el mundo le felicitaba y quería darle la mano. Y, aunque él decía con una sonrisa socarrona que le habían detenido por error, todo el mundo, pero todo el mundo, le decía: “Teníais que haber matado a los 8”.
Por eso, pediría a los socios de Sánchez e incluso al propio presidente que, en la medida de lo posible, eviten humillar gratuitamente a la oposición. El sanchismo no va a durar siempre, y en todas partes hay descerebrados dispuestos a empuñar una pistola.