- Espero que, tras esa apariencia de inmovilidad calculada, Donald Trump se esté preparando, en realidad, para atacar Irán.
¿Qué hará Donald Trump con la colosal armada desplegada frente a las costas iraníes?
¿Qué hará con sus portaaviones repletos de aeronaves listas para el despegue, con sus destructores erizados de misiles, con sus submarinos cargados de torpedos pesados o con esos famosos Tomahawk que tanto le han faltado —y le faltan— a la martirizada Ucrania?
En definitiva, ¿qué hará con esa potencia de fuego capaz de golpear al régimen en el corazón y de auxiliar al pueblo iraní en cuestión de horas?
¿Se conformará con bombardeos quirúrgicos sobre algunos objetivos simbólicos antes de proclamar, como en junio pasado, «misión cumplida» y retirarse?
¿La usará como una amenaza, como moneda de cambio o de chantaje para arrancar a los mulás —según repite incesantemente— un «mejor acuerdo» que el del detestado Barack Obama?
Obama se ha convertido en su obsesión; incluso hace poco lo caricaturizó como un mono en un mensaje abyecto publicado en sus redes sociales, que terminó borrando.
¿Acaso este despliegue de fuerza no tiene más fin que resucitar, con apenas unos retoques, el acuerdo nuclear de 2015 que él mismo rompió durante su primer mandato por considerarlo demasiado débil y permisivo con Irán, dándole tiempo para volverse aún más ofensivo?
Muchas señales apuntan en esa dirección. Los analistas ya se asombran ante una táctica en la que ven la cumbre de su famoso «arte de la negociación». En mi opinión, sería un error trágico.
En primer lugar, la cuestión central hoy ya no es solo la nuclear, sino también la de los misiles. Ciertamente ya lo era en 2015.
Israel y las monarquías del Golfo ya habían advertido que una no va sin la otra, y que no tiene sentido obligar a un Estado paria a quedarse en el umbral de la bomba si, al mismo tiempo, se le da libertad para fabricar los proyectiles que harían que el arma fuera operativa de inmediato en cuanto cruzara ese umbral.
El gran error de Obama fue ceder en este punto y desvincular dos expedientes que, estratégicamente, formaban un solo nudo gordiano.
Pero, desde entonces, Irán también ha cruzado un umbral decisivo en este terreno.
Sus misiles son ahora más precisos, más fiables y más letales. En algunos casos, tienen el alcance necesario para llegar al sureste de Europa. Por su número, su dispersión y la posibilidad de ataques simultáneos, han adquirido la temible capacidad de desbordar las defensas del país atacado, incluida la Cúpula de Hierro de Israel.
Y aunque la «guerra de los doce días» del pasado junio destruyó la mitad de sus reservas, parece que los mulás han restaurado sus instalaciones, retomado sus pruebas en secreto —o a veces a la vista de todos, al estilo de Corea del Norte— y reconstruido lo esencial de su arsenal, con una capacidad de producción estimada de entre 2.000 y 3.000 proyectiles al año.
Eso es lo que Benjamin Netanyahu viene a decir a Washington. Viene a repetir que, si ha de haber un acuerdo, esta vez no puede incluir solo lo nuclear, sino también los misiles. Y, en este punto, tiene razón.
Pero, sobre todo, ¿debe haber un acuerdo?
¿Es razonable «negociar» con hombres que han matado a 30.000 de sus compatriotas en dos días y amenazan con convertir su país en un cementerio si se reanudan las protestas?
¿Podemos conformarnos con «sanciones», «presiones» o «concesiones» arrancadas y burladas de inmediato, sabiendo que su aliado ruso ha encontrado hace tiempo la forma de inundar a Teherán y a sus satélites con los recursos necesarios para que, si obtienen un respiro suficiente, puedan continuar su empresa de destrucción a largo plazo?
¿Y existe algún compromiso posible con fanáticos que, al igual que el Dáesh, proclaman que prefieren el apocalipsis a la derrota y que, si llegara ese apocalipsis, arrastrarían con ellos sin dudarlo a sus vecinos cercanos y lejanos
Espero que la Administración estadounidense sea consciente de esto. Espero que haya comprendido que la era de la «contención» ha terminado. Que la disuasión no funciona ante un Estado que ha hecho del terror interno, la desestabilización regional y el fin del mundo su modo de gobierno y su programa.
Y espero que la armada estadounidense desplegada en el Mar Rojo, en el Golfo de Omán y a la entrada del Golfo Pérsico no sea un simple decorado para la negociación, una mera palanca de regateo o un recurso publicitario. Sino que, mientras escribo estas líneas, esté localizando sus objetivos, identificando las grietas en las infraestructuras de defensa enemigas y cartografiando los centros neurálgicos del poder.
Espero que, tras esa apariencia de inmovilidad calculada, se esté preparando, en realidad, para atacar.
Ha llegado la hora del cambio de régimen. Es lo que Estados Unidos prometió, al anunciar que la ayuda estaba «en camino», a las mujeres y hombres que, con las manos vacías y arriesgando sus vidas, desafían a este régimen asesino que, si el mundo libre así lo quiere, está al borde del colapso.