Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Europa requiere estadistas de fuste que no se plieguen dócilmente a la tiranía de lo políticamente correcto

Europa vive sumida en el desconcierto que le produce la desaparición de un mundo previsible en el que había sabido alcanzar un notable éxito mediante la construcción de una estructura de cohesión dotada de instituciones comunes, políticas compartidas y un derecho supranacional. Un orden planetario en el que Estados Unidos garantizaba su seguridad, el mercado único le proporcionaba prosperidad, su sistema de bienestar social le aseguraba la paz civil y su gigantesco poderío comercial le permitía practicar el libre intercambio con países terceros de forma ventajosa para todos. Este escenario estable en el que sacudidas ocasionales podían ser manejadas sin que se volvieran catastróficas ha cambiado en un período de tiempo relativamente corto y hoy inesperados e inquietantes paradigmas han irrumpido en las relaciones internacionales para los que la UE todavía no ha encontrado mecanismos eficaces de adaptación.

Frente a actitudes oscilantes y puramente reactivas de las instancias de Bruselas y de los principales Estados Miembros se alzan voces plenas de autoridad y de visión estratégica que los gobiernos nacionales y los máximos responsables de la Comisión y el Parlamento europeos deberían escuchar. El reciente y potente discurso de Mario Draghi en la ceremonia de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Lovaina es una de esas llamadas de atención que conviene analizar, asimilar y utilizar como guía de planteamientos futuros.

‘Federalismo pragmático’

El hecho lamentable de que la UE no esté adecuándose debidamente a los tiempos agitados que atravesamos ha llevado a la aparición y crecimiento de fuerzas soberanistas, euroescépticas cuando no eurófobas, desafiantemente conservadoras, que ven la solución a nuestras presentes dificultades en un regreso a un continente westphaliano de naciones independientes con el consiguiente debilitamiento de los vínculos laboriosamente construidos a lo largo de tres cuartos de siglo de una “unión cada vez más estrecha”. Este enfoque ha sido reforzado y está siendo impulsado por graves errores de las elites que pueblan los despachos del edificio Berlaymont en la plaza Schumann, epicentro físico y normativo de la Europa unida. Ensanchando de manera invasiva y desviada la iniciativa original de los padres fundadores, el colegio de Comisarios y la pléyade de tecnócratas no electos que tienen como misión ser “guardianes de los tratados” emprendieron hace dos décadas sin recibir encargo expreso al respecto una deriva intervencionista que ha desembocado en una Europa ahogada por un exceso de regulación, prisionera del dogmatismo climático, desindustrializada, con una desfalleciente capacidad innovadora, invadida por oleadas de inmigrantes ilegales que colapsan los servicio sociales y generan tensiones en la calle, testigo impotente de la ruina de su sector primario, debilitada moralmente por la ideología “woke” y percibida por las dos grandes potencias que se disputan la hegemonía global como un actor decrépito y crecientemente irrelevante.

Ante este preocupante panorama, Mario Draghi ha propuesto en Lovaina un plan de acción a la vez ambicioso y realista que ha bautizado como “federalismo pragmático”, consistente en avanzar en la puesta en común de aquellas áreas en las que hoy los Estados Miembros actúan separadamente, defensa, fiscalidad, acción exterior, industria, tomando como modelo los notables logros del euro o de la política comercial. Ahora bien, para que esta “federalización” sea aceptada por los ciudadanos europeos y no degenere en un superestado de ribetes totalitarios, la Comisión ha de abandonar sus obsesiones del Pacto Verde, la Agencia 2030, los progresismos divisivos y la apertura de fronteras a todo el que quiera entrar en territorio comunitario para poner en marcha una agenda sensata y firme de rearme cultural y ético, de compromiso con los valores de nuestra civilización cristiana e ilustrada, de confrontación valiente con nuestros enemigos y de equilibrio entre solidaridad y competitividad. Como afirma el ex presidente del BCE, entre los atrapados entre Estados Unidos y China, Europa es la única, por demografía y nivel de desarrollo, en condiciones de no ser sometida y de jugar un papel determinante en el concierto internacional.

El camino que seguir está señalado, pero los líderes europeos actuales no están en su mayor parte a la altura de esta formidable tarea. Europa requiere estadistas de fuste que no se plieguen dócilmente a la tiranía de lo políticamente correcto y demuestren tener la energía, la inteligencia, los principios y el coraje suficientes para recuperar el entusiasmo, la claridad de conceptos y la excelencia intelectual que caracterizaron a los que concibieron y lanzaron hace setenta y cinco años en el Tratado de París el deslumbrante proyecto de integración que tan extraordinarios frutos ha rendido y que ahora corre el peligro de naufragar en la tormenta del nuevo desorden mundial. La etérea y refinada doncella Europa, suicidamente multiculturalista, ingenuamente inclusiva, moralmente deshuesada y más atenta a multiplicar derechos que a recordar deberes, será devorada por el oso siberiano y el dragón asiático que, ante la indiferencia del águila norteamericana, se repartirán nuestros despojos.