Gabriel Albiac-El Debate
  • Todos revisten galas soberanas. Claro. Son elegantes, ricos, exentos de rendir cuentas absolutamente a nadie. «Farsantes», escribe Quevedo. En el siglo veintiuno les cuadraría mejor «criminales»

En Caracas, Delcy Rodríguez reviste máscara de Adolfo Suárez: la media docena de ejércitos venezolanos al servicio del narcotráfico la festejan con un valsecito resultón y transitorio. La máscara le viene grande. Y ni la media docena de mariachis expertos en narcocorridos ni la pizpireta coleguilla de Zapaterábalos dan como para poner lustre festivo al carnaval caraqueño. Pero es lo que hay.

El gerifalte en ejercicio de Cuba anda probándose unas postizas barbas de venerable abuelo Castro: no le ajustan. Una orquestina habanera de pluscuamperfectos torturadores pugna en vano por hacer tórrido el ambiente salsero. Pero es que, sin electricidad, no hay calentura. Zapatero, disfrazado de un Mister Bean que se disfrazó de Zapatero, no comparece, ni por Caracas ni por Cuba. Mejor no hacerse visible demasiado junto a esa señora con máscara de Adolfo Suárez colgada de una oreja y dizque a sueldo de la DEA. No está este carnaval como para jugarse el tipo tontamente. Y acabar compartiendo celda en pareja con los tiernos ronquidos de Maduro, no exalta al lírico trovador aquel del «amor por el bien, el ansia infinita de paz y la mejora social de los humildes».

¿Sánchez? En la Moncloa, por supuesto. Baila solo. Disfrazado de Sánchez, que es el menos verosímil de todos los disfraces. Pero es que ya la máscara de Doctor se le quedó rancia. Y, de las galas socialistas, se ha carcajeado demasiado la gente después de lo de Paiporta. Disfrazado de Sánchez, es como Sánchez da, de verdad de le buena, risa.

Donald Trump dirige la orquesta. Claro. Ni uno solo de los danzarines de esta noche dará un paso, esbozará una reverencia, se marcará un chassé-croisé que se desvíe un milímetro de lo desde la Casa Blanca coreografiado. Seamos serios: ni Delcy con careta de Suárez, ni Zapatero con barriga de Ábalos y cuenta corriente aún más voluminosa, ni gerifalte habanero con barbas de Papá Noel Castro, ni Mister Bean con tesis doctoral de Sánchez, ni a la inversa: tesis doctoral de Sánchez con máscara de Mister Bean, tienen realidad táctil alguna. Son algoritmos. Sólo. Realidad virtual que una sola inteligencia –artificial o no– mueve desde el Salón Oval, en el que se divierte mucho un curioso caballero de pelo color naranja.

En el maravilloso Carnaval del año 2026, todo rastro de especie humana se ha extinto. Sólo imágenes repulsivas de arquetipos odiosos ocupan el primer plano. Y bailan. Y vomitan sobre los espectadores. Pero, no se apure nadie. También el vómito es nada más que algoritmo.

Vieja historia, que un maestro del siglo XVII blinda como condición humana para siempre. Farsa sólo. No hay más que eso en la puerca rebatiña a la que llamamos poder. A la que llamamos red de crímenes de Estado. Es exactamente lo mismo.

«No olvides que es comedia nuestra vida
y teatro de farsa el mundo todo
que muda el aparato por instantes
y que todos en él somos farsantes;
acuérdate que Dios, de esta comedia
de argumento tan grande y tan difuso,
es autor que la hizo y la compuso.
Al que dio papel breve,
sólo le tocó hacerlo como debe;
y al que se lo dio largo,
sólo el hacerlo bien dejó a su cargo».

Pero el maestro del siglo XVII es bondadoso. Pese a todo. Y pone a Dios en el lugar simultáneo de autor y director de la comedia. En nuestro divertido mundo, la comedia es un juego de masacre que se forja en los sótanos de los peores hampones. Que son los poderosos de este mundo. Todos revisten galas soberanas. Claro. Son elegantes, ricos, exentos de rendir cuentas absolutamente a nadie. «Farsantes», escribe Quevedo. En el siglo veintiuno les cuadraría mejor «criminales».