Miquel Escudero-El Correo
La democracia plena es inalcanzable, pero no podemos dejar de pretenderla porque supone el verdadero reconocimiento de la dignidad y del valor de cada ciudadano. Al comienzo de la Transición, Fernando Lázaro Carreter, filólogo que dirigió la Real Academia Española, advirtió que no puede haber democracia plena mientras haya ciudadanos que no sean capaces de expresarse satisfactoriamente y carezcan de habilidad para entender y hacerse entender. La libertad de expresión no es eficaz cuando se carece de una adecuada capacidad de expresión. La democracia reclama la mayor extensión y calidad de la educación. Por esto, no podemos dejar de educar en todo momento y hacerlo con afán y el máximo desinterés.
Sin embargo, la democracia exige partidos políticos que sean democráticos, es decir, que el poder de sus cúpulas tenga límites y que en sus propias filas se estimule un debate respetuoso de sus decisiones.
El bipartidismo es útil a la ciudadanía solo si huye de la polarización, si habla de adversarios y no de enemigos y si hace prevalecer el bien común; incluso, llegado el caso, formar una gran coalición, como hoy sucede en Alemania y no por primera vez. Si los dos grandes partidos no pueden gobernar solos y son responsables, evitan que los abiertamente contrarios a la democracia constitucional se cuelen y queden premiados. Desde hace unos años, en España está ocurriendo justo lo contrario, y quienes quieren acabar con el sistema van envalentonados.
¿Podría facilitar el PSOE al PP formar gobiernos regionales para que no tuviera necesidad de Vox, o no interesa? No con el discurso de Sánchez ni con la desmemoria del exlehendakari López.