Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- El ejemplo más poderoso del modo en que ficciones intelectuales supuestamente progresistas y utópicas pueden aliarse con dictaduras inhumanas
Dos generaciones cosmopolitas de izquierda crecieron arrulladas por el cuento de la revolución cubana, la creadora de una dictadura fracasada que amenaza implosionar aislada, desesperada y paupérrima. Las imágenes de los barbudos de Sierra Maestra entrando en La Habana la Nochevieja de 1958, las de Fidel en sus interminables peroratas y el Che Guevara transfigurado en nuevo Mesías guerrillero sembrando nuevos Vietnam, son parte fundamental del imaginario del siglo pasado y aún de este. Pocas revoluciones parecieron tan románticas y épicas como la de los insurgentes de Sierra Maestra derrotando al Imperio del norte. Y, sin embargo, ha sido un fraude absoluto: Cuba, supuesto paraíso socialista en la Tierra, era y es un gran campo de concentración.
El gran fraude castrista
Sin electricidad, petróleo y falta general de lo más básico, la larga agonía de la Cuba castrista parece cerca de terminar. Comenzó en 1989, con el colapso de la URSS y sus satélites. Si Cuba no siguió su camino, ni el de China -salvarse con capitalismo de Estado y dictadura política-, fue gracias a su aislamiento y lejanía. En sesenta y seis largos años de injerencias en terceros países mediante guerrilla interpuesta o ayuda militar, financiada por los soviéticos y a su servicio, Cuba solo consiguió un satélite propio en la pequeña, corrupta y depauperada Nicaragua sandinista.
El “internacionalismo” cubano era un contrato mercenario: a cambio de la vital ayuda soviética, ponía donde fuera carne de cañón, comisarios políticos y asesores de seguridad, más sus famosos médicos de alquiler (que cobra el gobierno en divisas, no ellos), en la sagrada misión de atacar al capitalismo y las democracias liberales. La autodisolución de la URSS en 1991 casi liquida el cambalache, pero a los Castro se les apareció un dios salvador en forma de Hugo Chávez y su socialismo bolivariano. Desde entonces Cuba fue tirando mal que bien con petróleo venezolano regalado, algo de turismo y el comercio con China y resto del mundo.
Comercio magro porque la economía cubana fue destruida a fondo por el socialismo castrista y poco podía intercambiar; incluso el monocultivo azucarero -la odiosa sacarocracia colonial- ha caído de tal modo que es incapaz de atender la demanda. El balance de 66 años de socialismo a la cubana es el retroceso al subdesarrollo tercermundista, a pesar de que Cuba partió con la ventaja de ser la tercera economía americana antes de 1959.
La desigualdad fue creciendo de forma grotesca por la posesión de dólares: los apparatchik del partido con los denostados billetes verdes tienen acceso a bienes inalcanzables para la masiva plebe cubana. La penuria y pobreza creciente en que el castrismo ha mantenido a la población es la que explica la longevidad de la dictadura, pues cuando el día a día está presidido por la mera subsistencia, obligando hasta a prostituirse, no queda tiempo para aventuras de oposición y resistencia. Las revueltas cíclicas de gente harta eran solventadas expeditivamente por la represión pura y dura, el asesinato de opositores como Oswaldo Payá y, desde la fuga en masa de Mariel de 1980 (125.000 cubanos huyendo a Miami), tolerando la salida del país con destino a Estados Unidos, y últimamente a España.
Populismo nacionalista
Todo era y es mentira, pero una mentira deseada por el izquierdismo internacional, imprescindible para la mitología antiimperialista, anticapitalista y altermundista: un pequeño pueblo heroico resistiendo unido, y en soledad, al brutal gigante norteamericano. No importaba que la sanidad cubana fuera tan arriesgada que los jerarcas salieran de la isla para tratarse las enfermedades: el cuento de Cuba decía que era la primera y mejor sanidad del mundo, como la educación pese a las bibliotecas sin libros. Ni que millones de turistas entraran y salieran libremente de la isla en los mejores años: el cuento de Cuba describía la isla bajo un brutal bloqueo militar.
Tampoco la obvia desigualdad insalvable entre quienes tienen dólares y el resto depauperado, o el hecho tan llamativo del escaso número de mujeres y hombres de piel oscura -en un país lleno de negros y mulatos- en la cúpula de gobierno: el cuento de Cuba sostenía que la igualdad era perfecta y la segregación racial cosa del pasado. Las imágenes de coches cochambrosos y carretas tiradas por bueyes eran interpretadas como infinita, sostenible y simpática resiliencia popular contra la perfidia imperialista.
El cuento de Cuba era y es tan mentirosamente perfecto que incluso hablaba de una revolución popular socialista cuando Fidel y su Movimiento 26 de Julio eran simples populistas nacionalistas (Fidel y Franco se admiraban mutuamente), más aventureros partidarios del terror como el Che Guevara. Descubrieron el comunismo cuando Jruschov ofreció financiar sin límite el experimento a cambio de que absorbiera al pequeño partido comunista cubano, adoptara su nombre en 1965, y aceptara el papel de alfil soviético en el tablero mundial de la Guerra Fría.
Para los soviéticos, un protectorado en el patio trasero de Washington era tan valioso que no solo pagaron una ayuda desorbitada para compensar algo el vacío dejado por los miles de profesionales que abandonaron la isla (las élites formadas y capaces), sino que a punto estuvieron de entrar en guerra con Estados Unidos por el asunto de los misiles nucleares emplazados a escondidas en la isla. Paradoja de paradojas, el nacionalismo radical de Fidel Castro se vendió barato a la dependencia soviética primero, venezolana después.
La bendición de los intelectuales progresistas
El movimiento comunista ofrecía una ventaja adicional que los Castro explotaron con maestría: el soporte propagandístico y legitimador de miles de intelectuales de todo el mundo convencidos, sin razón alguna, de que cualquier experimento comunista y antiliberal merecía apoyo y compromiso. Todo el que fuera algo debía peregrinar a la isla y fotografiarse con Fidel y el Che. Pocos descubrieron el engaño masivo, fuera de las tempranas víctimas cubanas: Octavio Paz, Mario Vargas Llosa o Allan Gisberg, expulsado de Cuba al pedir explicaciones sobre la persecución a los homosexuales liderada en persona por el Che Guevara.
Sartre y su inseparable Beauvoir sostuvieron, en cambio, que el Che, un auténtico psicópata violento -como político pronto demostró su total incompetencia- era “no sólo un intelectual sino también el ser humano más completo de nuestra época”. Todavía hoy Noam Chomsky sigue defendiendo al castrismo como un experimento válido y legítimo de sistema alternativo. En fin, el cuento de Cuba es seguramente el ejemplo más acabado y poderoso del modo en que ficciones intelectuales supuestamente progresistas y utópicas pueden aliarse con dictaduras inhumanas para desencadenar terribles desastres sobre la gente común
Dos generaciones cosmopolitas de izquierda crecieron arrulladas por el cuento de la revolución cubana, la creadora de una dictadura fracasada que amenaza implosionar aislada, desesperada y paupérrima. Las imágenes de los barbudos de Sierra Maestra entrando en La Habana la Nochevieja de 1958, las de Fidel en sus interminables peroratas y el Che Guevara transfigurado en nuevo Mesías guerrillero sembrando nuevos Vietnam, son parte fundamental del imaginario del siglo pasado y aún de este. Pocas revoluciones parecieron tan románticas y épicas como la de los insurgentes de Sierra Maestra derrotando al Imperio del norte. Y, sin embargo, ha sido un fraude absoluto: Cuba, supuesto paraíso socialista en la Tierra, era y es un gran campo de concentración.
El gran fraude castrista
Sin electricidad, petróleo y falta general de lo más básico, la larga agonía de la Cuba castrista parece cerca de terminar. Comenzó en 1989, con el colapso de la URSS y sus satélites. Si Cuba no siguió su camino, ni el de China -salvarse con capitalismo de Estado y dictadura política-, fue gracias a su aislamiento y lejanía. En sesenta y seis largos años de injerencias en terceros países mediante guerrilla interpuesta o ayuda militar, financiada por los soviéticos y a su servicio, Cuba solo consiguió un satélite propio en la pequeña, corrupta y depauperada Nicaragua sandinista.
El “internacionalismo” cubano era un contrato mercenario: a cambio de la vital ayuda soviética, ponía donde fuera carne de cañón, comisarios políticos y asesores de seguridad, más sus famosos médicos de alquiler (que cobra el gobierno en divisas, no ellos), en la sagrada misión de atacar al capitalismo y las democracias liberales. La autodisolución de la URSS en 1991 casi liquida el cambalache, pero a los Castro se les apareció un dios salvador en forma de Hugo Chávez y su socialismo bolivariano. Desde entonces Cuba fue tirando mal que bien con petróleo venezolano regalado, algo de turismo y el comercio con China y resto del mundo.
Comercio magro porque la economía cubana fue destruida a fondo por el socialismo castrista y poco podía intercambiar; incluso el monocultivo azucarero -la odiosa sacarocracia colonial- ha caído de tal modo que es incapaz de atender la demanda. El balance de 66 años de socialismo a la cubana es el retroceso al subdesarrollo tercermundista, a pesar de que Cuba partió con la ventaja de ser la tercera economía americana antes de 1959.
La desigualdad fue creciendo de forma grotesca por la posesión de dólares: los apparatchik del partido con los denostados billetes verdes tienen acceso a bienes inalcanzables para la masiva plebe cubana. La penuria y pobreza creciente en que el castrismo ha mantenido a la población es la que explica la longevidad de la dictadura, pues cuando el día a día está presidido por la mera subsistencia, obligando hasta a prostituirse, no queda tiempo para aventuras de oposición y resistencia. Las revueltas cíclicas de gente harta eran solventadas expeditivamente por la represión pura y dura, el asesinato de opositores como Oswaldo Payá y, desde la fuga en masa de Mariel de 1980 (125.000 cubanos huyendo a Miami), tolerando la salida del país con destino a Estados Unidos, y últimamente a España.
Populismo nacionalista
Todo era y es mentira, pero una mentira deseada por el izquierdismo internacional, imprescindible para la mitología antiimperialista, anticapitalista y altermundista: un pequeño pueblo heroico resistiendo unido, y en soledad, al brutal gigante norteamericano. No importaba que la sanidad cubana fuera tan arriesgada que los jerarcas salieran de la isla para tratarse las enfermedades: el cuento de Cuba decía que era la primera y mejor sanidad del mundo, como la educación pese a las bibliotecas sin libros. Ni que millones de turistas entraran y salieran libremente de la isla en los mejores años: el cuento de Cuba describía la isla bajo un brutal bloqueo militar.
Tampoco la obvia desigualdad insalvable entre quienes tienen dólares y el resto depauperado, o el hecho tan llamativo del escaso número de mujeres y hombres de piel oscura -en un país lleno de negros y mulatos- en la cúpula de gobierno: el cuento de Cuba sostenía que la igualdad era perfecta y la segregación racial cosa del pasado. Las imágenes de coches cochambrosos y carretas tiradas por bueyes eran interpretadas como infinita, sostenible y simpática resiliencia popular contra la perfidia imperialista.
El cuento de Cuba era y es tan mentirosamente perfecto que incluso hablaba de una revolución popular socialista cuando Fidel y su Movimiento 26 de Julio eran simples populistas nacionalistas (Fidel y Franco se admiraban mutuamente), más aventureros partidarios del terror como el Che Guevara. Descubrieron el comunismo cuando Jruschov ofreció financiar sin límite el experimento a cambio de que absorbiera al pequeño partido comunista cubano, adoptara su nombre en 1965, y aceptara el papel de alfil soviético en el tablero mundial de la Guerra Fría.
Para los soviéticos, un protectorado en el patio trasero de Washington era tan valioso que no solo pagaron una ayuda desorbitada para compensar algo el vacío dejado por los miles de profesionales que abandonaron la isla (las élites formadas y capaces), sino que a punto estuvieron de entrar en guerra con Estados Unidos por el asunto de los misiles nucleares emplazados a escondidas en la isla. Paradoja de paradojas, el nacionalismo radical de Fidel Castro se vendió barato a la dependencia soviética primero, venezolana después.
La bendición de los intelectuales progresistas
El movimiento comunista ofrecía una ventaja adicional que los Castro explotaron con maestría: el soporte propagandístico y legitimador de miles de intelectuales de todo el mundo convencidos, sin razón alguna, de que cualquier experimento comunista y antiliberal merecía apoyo y compromiso. Todo el que fuera algo debía peregrinar a la isla y fotografiarse con Fidel y el Che. Pocos descubrieron el engaño masivo, fuera de las tempranas víctimas cubanas: Octavio Paz, Mario Vargas Llosa o Allan Gisberg, expulsado de Cuba al pedir explicaciones sobre la persecución a los homosexuales liderada en persona por el Che Guevara.
Sartre y su inseparable Beauvoir sostuvieron, en cambio, que el Che, un auténtico psicópata violento -como político pronto demostró su total incompetencia- era “no sólo un intelectual sino también el ser humano más completo de nuestra época”. Todavía hoy Noam Chomsky sigue defendiendo al castrismo como un experimento válido y legítimo de sistema alternativo. En fin, el cuento de Cuba es seguramente el ejemplo más acabado y poderoso del modo en que ficciones intelectuales supuestamente progresistas y utópicas pueden aliarse con dictaduras inhumanas para desencadenar terribles desastres sobre la gente común.