Florentino Portero-El Debate
  • Pero lo urgente, como el canciller Merz señaló en Múnich, es resolver el papel de la Unión Europea en la defensa continental, la alternativa más viable y coherente, aunque muy difícil de llevar a cabo

La veterana Conferencia de Seguridad de Múnich es la cita anual por excelencia para hablar de estrategia, seguridad y defensa. Raramente defrauda y en esta ocasión, tras lo ocurrido el año pasado, ha estado a la altura de las expectativas. James D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos, se convirtió en el protagonista indiscutible hace un año con un discurso escasamente profesional en el que certificaba el fin de la Alianza Atlántica y se recreaba en acusaciones y desprecios a los aliados europeos. En esta ocasión ha sido Friedrich Merz, canciller alemán, quien ha tenido la intervención más señera, en el acto de inauguración de la conferencia. Retomando el argumento planteado en Davos por Mark Carney, primer ministro de Canadá, reconoció el fin del «orden liberal» y la necesidad imperiosa de que los europeos asuman la responsabilidad de su propia seguridad y defensa, en un entorno caracterizado por el «desenganche» de Estados Unidos.

El «orden liberal» ha sido enterrado por quien lo creó, Estados Unidos, y con él ha desaparecido su dimensión europea, la Alianza Atlántica. Sus tres fundamentos han dejado de estar vigentes: la defensa y promoción de la democracia, los mercados abiertos y la garantía de seguridad norteamericana sobre el Viejo Continente. Queda en pie uno de sus instrumentos, la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pues nadie ha denunciado todavía el Tratado de Washington (1949) aunque la Administración Trump ha renegado, una y otra vez, del compromiso con la democracia establecido en su preámbulo.

Sin Alianza, ¿qué sentido tiene el mantenimiento de la OTAN? Merz ha buscado una respuesta pragmática que recuerda el comentario de Donald Rumsfeld, entonces secretario de Defensa de Estados Unidos, sobre la falta de operatividad de la OTAN y la conveniencia de actuar mediante coalitions of the willing, expresión que se ha dado en traducir como «coaliciones de voluntarios». En esa lógica Estados Unidos izaría en cada crisis un banderín de enganche y los Estados miembros que lo consideraran apropiado se sumarían. Al utilizar el término «coalición» se reconocía de hecho la desaparición efectiva de la «alianza». Ya no había un compromiso en favor de algo sin fecha de caducidad, sino la reunión de un conjunto de estados contra algo o alguien mientras la amenaza estuviera vigente.

El planteamiento de Merz no gira en torno al desinterés europeo, sino al norteamericano. Puesto que se ha perdido el núcleo que daba sentido a la Alianza y Washington ha reconocido que los intereses de los signatarios no son coincidentes, la OTAN ya no puede seguir siendo un «sistema de defensa colectivo», sino una agencia para actuar conjuntamente en aquellas ocasiones en que hubiera entendimiento. Aunque en el corto plazo un «pilar europeo» en su seno podría ser el fundamento de la seguridad continental, la capacidad de veto norteamericana deja bien a las claras los límites de esta opción, de ahí el protagonismo que Alemania está asumiendo en la activación de una defensa europea a partir del marco institucional de la Unión. Por otro lado, la OTAN no puede resolver el aspecto más delicado desde todos los puntos de vista: la disuasión nuclear. Merz hizo una diplomática referencia a las conversaciones en curso con Francia, porque, que nadie se engañe, o la Unión Europea se dota de una disuasión nuclear creíble o la proliferación está garantizada.

El secretario de Estado, Marco Rubio, asumió el papel de ‘poli bueno’ tras un año en el que distintos representantes norteamericanos se han recreado en ofender gratuitamente a los europeos. Reconoció en su intervención el fin del «orden liberal» por no ser acorde con las nuevas circunstancias históricas, pero planteó una alternativa al sentido de la Alianza: un vínculo civilizacional. Occidente está amenazado desde el interior tanto como desde el exterior. El reto sería su refundación desde los valores establecidos por el movimiento MAGA (Make American Great Again). Pero la propuesta de Rubio plantea cuatro problemas de obvia importancia que la abocan al fracaso:

1. No tiene suficiente apoyo en Estados Unidos, ni siquiera para que podamos afirmar que hay una mayoría temporal. Tan cierto es que las élites norteamericanas rechazan la vuelta al viejo orden como falso el que haya un consenso sobre las propuestas de la Administración Trump.

2. El rechazo europeo es mayoritario.

3. Por mucho que Rubio niegue la exigencia de vasallaje europeo han sido muchas las muestras de intentar ejecutarlo, lo que ha provocado una generalizada reacción en su contra, incluyendo a fuerzas políticas ideológicamente afines a Trump.

4. La intromisión norteamericana en los procesos electorales europeos es una amenaza a sus democracias y una injerencia inadmisible, del mismo modo que lo son las rusas, ejecutadas desde el entorno cognitivo.

La Alianza Atlántica está muerta y son muchos los culpables. Acusar a la actual administración norteamericana sería tan injusto como falso. El futuro de las relaciones transatlánticas está abierto. Esta crisis quedará atrás y ya veremos cómo más adelante otros dirigentes reevaluarán la situación y se plantearán nuevos acuerdos. Pero lo urgente, como el canciller Merz señaló en Múnich, es resolver el papel de la Unión Europea en la defensa continental, la alternativa más viable y coherente, aunque muy difícil de llevar a cabo.