Sara Hidalgo García de Orellán-El Correo

Profesora de Historia Contemporánea de la UPV/EHU

  • Un pistolero de ETA arrebató la vida de un luchador contra los totalitarismos y en favor de las libertades y el socialismo

Fernando Múgica Herzog fue asesinado el 6 de febrero de 1996 en San Sebastián. Un tiro en la nuca, descerrajado por dos pistoleros de ETA, acabó con la vida de este abogado y socialista, que condensó en su biografía, tanto personal como familiar, algunos de los fenómenos que marcaron la violencia del siglo XX: Guerra Civil española, Holocausto judío y violencia terrorista. Nacido en San Sebastián en 1933, hijo de un violinista militante de Izquierda Republicana y de una francesa de origen judeo-polaco, su padre murió durante la Guerra Civil y parte de su familia polaca pereció durante el Holocausto. Esto marcó hondamente su trayectoria personal y política, fue un ferviente socialdemócrata y un defensor a ultranza del Estado de Israel.

Pronto, él mismo experimentaría los rigores de la falta de libertad. Durante el franquismo, en 1964, se afilió a un PSOE que mantenía una frenética actividad en la clandestinidad. Inició una trayectoria de compromiso político con las libertades democráticas y el socialismo, siempre de la mano de su hermano, Enrique Múgica. Además, como abogado luchó incansablemente en los juzgados por defender a muchos de sus compañeros, y su casa donostiarra fue siempre epicentro del socialismo guipuzcoano en unos años, los del último franquismo, en los que el PSOE vasco era central dentro del PSOE español.

Ya en democracia, formó parte del Consejo General Vasco en 1978 y fue concejal en la Gestora Municipal del Ayuntamiento de San Sebastián. Desde este cargo promovió, entre otros, el cambio del callejero para que el franquismo no pudiera seguir ostentando esa representación simbólica. A partir de ahí no tuvo labor institucional, aunque desempeñó cargos internos en el PSE, en el Comité Federal y fue presidente del PSE guipuzcoano desde 1984 hasta 1993.

Su opinión siempre fue muy escuchada y tenida en cuenta. Defensor del ‘socialismo puro’, tuvo una postura contraria al nacionalismo, lo que le llevó a emitir el único voto contrario a la confluencia del PSE con Euskadiko Ezkerra en 1993. Por otra parte, era consciente de que que la radicalización de los nacionalismos podía llevar a la violencia, como ocurrió con ETA. Su firme condena a este grupo y su postura crítica con Herri Batasuna -a los que llamaba «habernazis»- por su apoyo a ETA le puso en el punto de mira de la banda e incluso le recomendaron que abandonara Donostia, a lo que se negó. Para 1996 estaba prácticamente retirado de la política, pues consideraba que algunos de los más importantes objetivos por los que había luchado se habían conseguido: fin del franquismo, democracia y reconocimiento de España del Estado de Israel.

Cuando en 1995 se puso en marcha la denominada «socialización del sufrimiento», a raíz de la ponencia Oldartzen de Herri Batasuna, el ambiente se volvió cada vez más peligroso, pues la extensión de la violencia, la amenaza y el miedo tocaron a muchas más personas. En enero de aquel año fue asesinado el concejal del PP Gregorio Ordóñez, y cada vez era más patente la radicalización y la multiplicación de objetivos. Múgica había tenido escolta en el pasado, pero a mediados de los 90 ya no lo tenía. Se dedicaba con pasión a ejercer la abogacía desde su despacho.

El día de su asesinato amanecía con la típica mañana donostiarra de febrero, ventosa, con lluvia racheada y frío. Había salido de su despacho para comer y se dirigía a su casa. Dos pistoleros de ETA se acercaron y le descerrajaron un tiro en la nuca, una de las tácticas más comunes de la banda en aquellos años. Su hijo, que caminaba por la misma calle, salió corriendo detrás de los asesinos, que le llegaron a encañonar. La vida de Fernando Múgica se apagó en ese momento. Tenía 62 años y estaba casado con su compañera Mapi de las Heras, con quien compartía tres hijos y un nieto.

Fernando Múgica fue considerado por ETA y su entorno como persona a la que había que aniquilar, catalogado como «enemigo del pueblo» en una dinámica dialéctica en la que cualquiera que se opusiera al terrorismo era susceptible de esa definición y, finalmente, colocado en la lista negra de aquellos a lo que ponían en el punto de mira. Su biografía, una constante lucha contra los totalitarismos, su experiencia y su posicionamiento político, en favor de las libertades democráticas y el socialismo, contradicen todos estos epítetos. Fue víctima de un terrorismo brutal que simplemente eliminó a quien no pensaba con ellos. Una lección de la Historia a tener en cuenta en estos tiempos en que el radicalismo cada vez está más normalizado.