- El velo islámico no es un hábito étnico. Ni una coquetería, ni una moda. Es emblema que proclama una exclusiva sumisión al varón propietario: único responsable de la mujer sin rostro; sin identidad civil, pues. El velo es un certificado de no-ciudadanía
Las revestiduras litúrgicas son sacrificiales. En el sentido litúrgico al que «sacrificial» remite. Diccionario de la RAE, primera acepción: «Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación». Diccionario de la Academia Francesa, primera acepción: «Acción mediate la cual se hace una ofrenda a una divinidad, conforme a un determinado ritual, para rendir homenaje a su potencia, implorar su perdón o su protección».
Nada hay de anómalo en eso. Las revestiduras completan la escena que el acto litúrgico acomete. Codificadas en el espacio simbólico, sólo en el cual gestos y palabras son codificados como lugar de encuentro con lo sacro: cruce de lo mundano y lo divino. No existe religión sin esos códigos. Incluso, más allá de religiones precisas, no hay representación de lo sagrado –esto es, del estupor del humano ante la muerte– que pueda no pasar a través de esa red de imágenes y símbolos que dan metáfora a lo que no posee concepto.
La envoltura de tejido, que debe empaquetar a la mujer musulmana fuera de su domicilio, no es un preferencia estética. Ni siquiera un hábito étnico o folklórico. Es un acto sacrificial, codificado desde el primer texto canónico del islam. Corán (XXXIII, 59): «¡Oh, profeta! Dile a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran con sus velos: es para ellas el mejor modo de darse a conocer y de no ser ofendidas».
¿Por qué la imagen de una mujer –y, en especial, su rostro y su cabello– debe ser ocultada a todo aquel que no se incluya entre «sus padres, sus hijos, sus hermanos, los hijos de sus hermanos, los hijos de sus hermanas» (Corán XXXIII, 55)? Porque sobre esos sujetos masculinos recae sucesivamente derecho de propiedad sobre el objeto sacral «mujer». Tal como dicta el Corán (IV, 34), en el momento de consagrar la inferioridad moral y material de las hembras y su estricta dependencia de aquellos varones que las posean como su patrimonio más preciado: «Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres, en virtud de la preferencia que Dios les ha concedido sobre ellas, y a causa de los gastos a los que tienen que hacer frente para garantizar su manutención. Las mujeres virtuosas son piadosas: se preservan en el secreto que Dios preserva. Amonestad a aquellas cuya infidelidad temáis, relegadlas en habitaciones separadas y golpeadlas. Pero no les busquéis querella si os obedecen».
Como gesto sacrificial, cuando yo era niño, las mujeres entraban en los templos católicos con el cabello –nunca el rostro– cubierto por una tenue gasa negra. Puede que haya aún –no lo sé– viejas damas que prefieran seguir haciéndolo así. Nadie podría objetar nada a esa revestidura litúrgica en el espacio que acota, en estricto rigor, la liturgia: el templo. Ignoro cuáles sean los ritos y revestiduras que imponga la fe islámica a las mujeres musulmanas dentro de las mezquitas. Sean cuales fueren, ni una palabra tendría yo que decir de cuanto suceda en el interior de ese templo, cuyas reglas de juego son, por definición, situadas en el lugar intemporal que pertenece a lo sagrado.
De puertas adentro, rige la suprahumana liturgia. De puertas afuera, rigen las muy humanas normas constitucionales a las que todo ciudadano –sin excepción, ni ideológica ni religiosa– está forzado a someterse. No velarse es, para una mujer musulmana, un acto blasfemo en el interior de la mezquita. Velarse fuera de ella, es una acto blasfemo contra la liturgia constitucional que se asienta sobre el público reconocimiento –y consiguiente responsabilidad– del rostro descubierto y reconocible.
Sin rostro exento, hay naturalmente condición humana: subordinada, sumisa, esclava, envilecida…, pero humana. Sin rostro, que haga a un sujeto reconociblemente responsable de sus actos ante la ley, no hay ciudadano. No, el velo islámico no es un hábito étnico. Ni una coquetería, ni una moda. Es emblema que proclama una exclusiva sumisión al varón propietario: único responsable de la mujer sin rostro; sin identidad civil, pues. El velo es un certificado de no-ciudadanía.