Ignacio Camacho-ABC
- Vivimos un tiempo de cínicos que festejan la longevidad de la Constitución mientras retuercen su letra y mixtifican su espíritu
Se suele atribuir a Groucho Marx la frase –en realidad es de Ernest Benn– de que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar remedios equivocados. Pedro Sánchez la ha cumplido al pie de la letra, aunque no haya sido el único, a lo largo de sus siete años de mandato, y le ha añadido la variante populista de identificar enemigos imaginarios para resucitar el fantasma del enfrentamiento de bandos. Con todo eso ha logrado mantenerse en el poder mediante una especie de pacto fáustico en el que ha vendido el alma de la nación y de su partido al diablo de una ambición personal capaz de promover y organizar un asalto sectario al Estado. No le ha ido mal, al precio de dejar –cuando sea que caiga, que aún no está claro– una herencia de estragos. Pero celebrar en ese escenario el récord de vigencia de una Constitución basada en el diálogo parece más bien una burla, un sarcasmo rayano en el guiño macabro.
Alfonso Guerra tiene dicho que el acuerdo constituyente fue el acta de paz de la Guerra Civil, suscrita gracias al esfuerzo común por superar el cainismo y articulada en torno a un conjunto de cesiones mutuas para que no hubiese vencedores ni vencidos ni se repitiese el error republicano de configurar un marco político donde el arbitrio impuesto por una sola parte acabó sembrando el germen del conflicto. Aunque los barruntos contrafactuales son siempre resbaladizos, es difícil imaginar que ese espacio de encuentro hubiera sido viable con el sanchismo, un estilo esencialmente antagonístico que no deja sitio al consenso ni la simple convivencia entre modelos distintos. Aquel acercamiento, en absoluto exento de dificultades, ha quedado hoy abolido en un clima cismático refractario a cualquier tipo de compromiso. Por eso es un gesto bastante cínico el de festejar la longevidad de la Carta Magna mientras se retuerce su letra y se mixtifica su espíritu.
El texto de la ley fundamental se puede y se debería reformar si existiese una mayoría transversal suficiente para hacerlo. Pero cambiar tal o cual artículo es lo de menos cuando lo que falta ya no es sólo voluntad de entendimiento sino un mínimo respeto a la legitimidad del criterio ajeno. La hegemonía moral que se atribuye el autodenominado bloque ‘de progreso’ supone un veto a la mitad del país y destruye el equilibrio sistémico. Y no se trata de una consecuencia de decisiones coyunturales del Gobierno: es una estrategia, un diseño político, un proyecto de reversión constitucional iniciado por vía de hecho en la época de Rodríguez Zapatero. Su heredero, el presidente que más empeño ha puesto en quebrar la concordia, ha vuelto a escenificar una impostura histórica: festejar una norma cuya naturaleza traiciona. Por decirlo con otra cita de Groucho, ésta sí real: la política es el camino para que hombres sin principios puedan dirigir a hombres sin memoria.