Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- Sin esperanza de mejora, los riesgos de enfrentarse al poder dejan de merecer la pena
La sesión de control al Gobierno del pasado miércoles sirvió, si no para controlarlo, sí para ofrecer la imagen exacta y siniestra de la degeneración actual: Óscar Puente, responsable político y moral -si no penal- de las 47 muertes en Adamuz e incapaz de dimitir por la catástrofe, asumió la defensa de su no menos reprobado colega Marlaska, acusado de encubrir los abusos sexuales de su segundo de la Policía Nacional: “Son ustedes unos inmorales -espetó a la oposición-, nosotros sí podemos decir que ustedes sabían del acoso del alcalde de Móstoles a una concejal del PP y lo puedo decir aquí y fuera, sin ningún problema, porque esa es la verdad. Salgan ustedes y digan lo que han dicho del ministro Marlaska y nos vemos en los tribunales”.
Sólo faltaban las pistolas para reproducir las agónicas sesiones parlamentarias de la Segunda República en ese bonito hemiciclo de mármol de colores. La gran y afortunada diferencia con 1936 es que entonces el Frente Popular creía encabezar una revolución victoriosa contra la república burguesa, mientras que las barbaridades de ahora son defensa exasperada por la supervivencia política, pues el destino del PSOE está sellado. Sin embargo, Sánchez sigue y seguirá hundiendo el país con sus secuaces hasta, por lo menos, las generales de 2027, todo lo tarde que sea posible convocarlas (y si puede, manipularlas).
Una confusión total
La pregunta ya es de pura y exasperada rutina: ¿y cómo es posible que no pase nada?, o bien, ¿qué tiene que pasar para que reaccionemos? Lo malo es que las manifestaciones en la calle han demostrado no servir, y que las reglas del sistema actual no dan para mucha más reacción dentro de la legalidad. ¿Por qué? Ya he comentado aquí mismo otras veces las graves deficiencias de la Constitución en la separación de poderes, y la desastrosa incapacidad para un control eficiente de los abusos e incompetencia del Gobierno (y que otros repetirán sin un plan viable de reforma constitucional). Pero hay otras razones, y quizás sea útil echarles una ojeada.
La primera es la más antigua y vista: Sánchez ha descendido hasta aquí sencillamente porque la gran mayoría no creía posible semejante caída. Se ha repetido demasiado la vacua cantinela de la fortaleza de las instituciones, la perfección de la Constitución, la salud democrática del país… todo falaz. También el error de que Sánchez no dejaba de ser un político común, solo algo más perturbado, y que no resistiría las revelaciones de la prensa independiente sobre la corrupción de su entorno, su partido, sus alianzas inconfesables… una confusión fatal.
Lejos de ser un político cualquiera, desde sus primeros pasos demostró ser un narcisista maquiavélico sin escrúpulos movido únicamente por el poder personal como fin en sí. Ninguna acusación de corrupción o ineptitud será suficiente para moverle a renunciar. Al contrario, según mentiras, traiciones y escándalos se acumulan en gigantesca pirámide fecal, más motivos tiene para acumular más y más como estrategia para aferrarse a la presidencia, último burladero contra la acción de la justicia, por lo demás asfixiada mediante la intromisión administrativa de la artera reforma Bolaños, que no busca sino paralizar los juzgados.
La pasividad general
El tercer gran error fue confiar en que el PSOE se acabaría enfrentando a su nuevo dueño sin reparar en que Sánchez sintoniza a la perfección con las bases populistas radicales y dependientes del ex partido socialdemócrata, y en que los propios vicios de la organización le permitieron imponer el control absoluto del aparato por el simple expediente de elegir a los peores, los más canallas e incompetentes salvo para robar, para los puestos clave, en particular la secretaría de organización y gerencia. Ya me he referido también a la estrecha simbiosis de corrupción e incompetencia en el régimen ineptocrático. Y las críticas rutinarias de Felipe González, Jordi Sevilla, Page y compañía no resuelven el problema, lo prolongan con pobres expectativas de más que dudoso cambio interno. En resumen, los tres errores graves han sido creer en la fortaleza del sistema, en la normalidad de Sánchez y en la salud política del PSOE. Transmitidos a la opinión pública por los periodistas influyentes, las instituciones, el IBEX y durante demasiado tiempo el Partido Popular, son los responsables de la pasividad general a la espera de milagros periodísticos, judiciales y políticos.
Los motores para cambiar
Pero todo esto no es suficiente para explicar lo que nos pasa, y puede entenderse fácilmente por la incredulidad y el rechazo emocional colectivo a creer en que se pueda caer tan bajo como está cayendo España. Hay un cuarto factor aún más paralizante, a saber, la falta de confianza en que haya verdadera alternativa para que esto mejore. Contra lo que dice el tópico, las revoluciones no se producen cuando todo va fatal –véase Cuba-, sino cuando una sociedad hastiada empieza a creer que todo irá mejor si rompe con el viejo sistema o se resiste al no querido. Un repaso a la historia de las grandes revoluciones de 1776 a 1848, o de las grandes resistencias como la española a Napoleón o la británica a los nazis, repiten una y otra vez el mismo patrón: la gente se moviliza cuando cree que tiene más que ganar que perder. Aunque se diga otra cosa, el instinto de supervivencia y el deseo de mejora son los verdaderos motores del sacrificio para cambiar.
Sin esperanza de mejora, los riesgos de enfrentarse al poder dejan de merecer la pena. Es la razón, en concreto, de que el nacionalismo se haya hecho hegemónico y expulsado al constitucionalismo en País Vasco y Cataluña: los esfuerzos -muchos heroicos- por defender la democracia han sido traicionados y decepcionados. Cuando parece que estar con el poder es el mejor modo de defenderse del abuso de poder, la gente cambia de acera, pues es más seguro estar con Txeroki que con sus víctimas.
Amasar basura para salvarse
Por eso Sánchez se afana en asfixiar la resistencia moral y paralizar la política; su última esperanza es que todo sea una montaña hedionda y asfixiante de basura, y se afana en ello con éxito. Acabará mal porque no previó ni entiende el cambio político de fondo, pero nada le impedirá dejarnos un gran basurero podrido. Y la causa última estará en no haber tenido ninguna esperanza de cambio colectivo a mejor verdaderamente digna del esfuerzo de una huelga general o algo similar capaz de echarle. Esperanzas que pueden elaborar las élites, no la gente común.