Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • El ministro del Interior no es una anomalía, sino una de las expresiones más reveladoras de una forma de gobernar

Hasta esta semana creía que en Marlaska o la futilidad de la dimisión ya había dicho todo lo que tenía que decir sobre el ministro del Interior. Hasta hace cuatro días pensaba que las razones expuestas en ese artículo, en el que sostuve que Fernando Grande-Marlaska era ya por aquel entonces un peso muerto, “un ministro neutralizado por una desafección interna de efectos extremadamente inhabilitantes”, seguían vigentes, y que no era cuestión de insistir en ellas, salvo que hubiera nuevos motivos que recomendaran hacerlo.

Hasta hace unos días, las tres ocasiones en las que Grande-Marlaska ha sido formalmente reprobado por las Cortes Generales, junto a las cerca de treinta solicitudes de reprobación que no han prosperado, seguían siendo argumentos más que suficientes para cuestionar la continuidad en el cargo de un ministro que se ha distinguido por alinearse, en los momentos de mayor dificultad, con las “razones” políticas cuando estas no han concordado con los intereses de las Fuerzas de Seguridad.

Quizá la más lamentable muestra de ese interesado posicionamiento, traducido en un oprobioso mutismo, la tuvimos cuando en febrero de 2024 el PSC se opuso a que el Parlamento catalán guardara un minuto de silencio por la muerte de los dos guardias civiles asesinados por los narcos en el Estrecho. Uno de ellos era originario de Barcelona. “El ministro -opiné en aquella ocasión- vive en un polvorín rodeado de llamas, y muchas veces la manguera es propiedad de otros [Hacienda]. Pero lo que Marlaska no puede eludir es su responsabilidad respecto a aquello sobre lo que tiene completa autonomía de decisión: el crédito y la salud de su propia autoestima”.

Haga ya las maletas, señor ministro

Yo sigo aplicando altas dosis de indulgencia a la hora de evaluar la gestión de quien ostenta la máxima responsabilidad política en el que es sin duda el departamento más ingrato del Gobierno. Por eso, de entrada, me suelo inclinar por creer al ministro. También ahora. Y estoy seguro de que dice la verdad cuando afirma que no sabía nada del vía crucis que estaba sufriendo una inspectora de la policía destinada en la sede central del cuerpo. Le creo porque lo contrario, que lo supiera y lo tapara, sería tremendo. Y delictivo.

No, yo a Marlaska no le veo capaz de encubrir algo así, pero es que da igual lo que yo crea; o lo que crean o quieran creer quienes le apoyan. La ignorancia, en política, no exime: inhabilita. «De la única persona que podré yo aceptar cualquier crítica es de la propia víctima”, ha dicho el ministro. Es una afirmación estúpida. La víctima, la inspectora presuntamente agredida, al preparar concienzudamente su denuncia al margen de la institución a la que pertenece, al margen del Ministerio, ya ha hecho la crítica más demoledora que se podía hacer.

La víctima maduró su acusación mientras seguía sufriendo acoso y presiones. Lo hizo con un abogado ajeno al cuerpo, porque no tenía la menor confianza en el sistema al que pertenecía y pertenece; en que la confesión ante los encargados de perseguir a los delincuentes y proteger a las mujeres sirviera para llevar ante la Justicia al agresor. Menos aun tratándose de la máxima autoridad operativa de la Policía. Dijo Marlaska en el Congreso que “si la propia víctima no se ha sentido protegida o ha entendido que este ministro le ha fallado en algún sentido, evidentemente yo sí que renunciaré y sí que dimitiré”. Pues ya debiera estar haciendo las maletas, señor ministro.

Le ha fallado usted a la víctima, señor ministro, y le ha fallado al Cuerpo Nacional de Policía, cuya reputación queda seriamente dañada por un episodio que erosiona la confianza en la institución, probablemente disuade de futuras denuncias, alimenta el silencio y fortalece a los agresores. Es usted -junto al director general de la Policía, que sigue silbando como si nada de lo ocurrido fuera con él- quien ha fallado al conjunto de los ciudadanos, que hoy constatan la pervivencia de un modelo sin mecanismos de limpieza y autodefensa frente al despotismo de la cúpula policial.

Proteger al amo

Ha fallado usted, señor ministro, pero lo suyo no es nuevo. Viene de lejos; de su otra vida. Ya les falló a los familiares de las 62 víctimas del Yak-42, causa que usted instruyó como juez de la Audiencia Nacional, archivando sistemáticamente las diligencias abiertas contra los responsables políticos. Hasta que la Sala de lo Penal tuvo que corregirle, obligándole a reabrir una de las piezas, la de la identificación fraudulenta de los cadáveres. La Fiscalía apuntaba alto y veía negligencia grave, las familias clamaban, pero el juez archivaba. El ministro de Defensa era Federico Trillo. Casualidad o método: proteger al poder, externalizar el daño.

En un ecosistema político sano, en el que funcionaran a pleno rendimiento controles y contrapesos, Grande-Marlaska, tras lo conocido esta semana, no duraría ni horas veinticuatro en el puesto. Pero salvo arrebato de dignidad, quiero pensar que nunca descartable, durará. Porque Marlaska es el síntoma y Pedro Sánchez la enfermedad. Marlaska no es una anomalía, sino una de las expresiones más reveladoras de un estilo de gobierno en el que los ministerios de Estado -sin excepción que confirme la regla- actúan como instrumentos de proselitismo político y agencias de protección de los intereses del pu*o amo. Y cuanto mayor es el problema, menor es el recato.