Ramón Pérez-Maura-El Debate
  • No era príncipe porque nadie lo hubiera creado tal, como ocurrió con el ducado español. Era príncipe por derecho propio por ser hijo de la Reina. El Rey Felipe quitó a su hermana el ducado, pero no le quitó la condición de Infanta de España porque la Constitución establece que lo es como hija de Rey

Esta semana hemos vivido la detención de Andrés Mountbatten-Windsor, en nuestra memoria colectiva el Príncipe Andrés, hijo favorito de la Reina Isabel II. El Príncipe Andrés tuvo sus días de gloria. Permítanme confesar que yo estaba en el colegio en Inglaterra durante la Guerra de las Malvinas —que ellos rebajaban a la Battle of the Falklands— y Andrés fue a las islas como piloto de helicóptero en operaciones de combate. Recuerdo cómo sus compatriotas lo veían como un héroe nacional. Desde entonces todo fue decadencia.

Ahora todo el mundo presta atención a su inmoral relación con Epstein y razones hay para ello. Mas yo creo que lo que hemos visto esta semana no tiene que ver con las relaciones sexuales orgiásticas que se daban en las propiedades de Epstein. Está conectado con su actuación como promotor comercial del Reino Unido en distintas partes del mundo. Cargo al que llegó a instancias de lord Mandelson, también amigo de Espstein y recientemente decapitado como embajador del Reino Unido en Washington.

Cuando se tiene una lista de miembros de la Familia Real que reciben un emolumento por sus actividades, conviene darles un papel. Y al Duque de York se le atribuyó el de promotor del comercio, papel jugado en otras monarquías europeas incluso por los príncipes herederos. Nada malo en ello, siempre que no se busque un aprovechamiento personal. Yo sospecho que Andrés no buscó un beneficio económico –todavía no hay indicios de ello porque tenía las espaldas cubiertas–, pero sí uno de entretenimiento prostibulario que pudo no ser relevante en tiempos de sus antecesores, pero lo es y mucho, hogaño.

No hará falta que diga que repasando las historias de Andrés me ha venido a la cabeza la Familia Real española. El caso Urdangarín es de tercera categoría comparado con el del Príncipe Andrés. Y el del Rey Juan Carlos no tiene comparación posible porque todo se ha archivado. Y nunca olvidemos que en lo cubierto por su inmunidad son responsables los presidentes y ministros que se responsabilizaban de sus actos. Algo de lo que nadie quiere acordarse.

Iñaki Urdangarín no era más que el consorte de una Infanta de España a la que el Rey retiró el título de gracia que el Rey Juan Carlos le había otorgado: duquesa de Palma de Mallorca. Algo que hasta entonces era lo único posible. Pero lo que hemos visto en Inglaterra es algo imprevisible. El Rey Carlos III retiró a su hermano la condición de príncipe. No era príncipe porque nadie lo hubiera creado tal, como ocurrió con el ducado español. Era príncipe por derecho propio por ser hijo de la Reina. El Rey Felipe quitó a su hermana el ducado, pero no le quitó la condición de Infanta de España porque la Constitución establece que lo es como hija de Rey. Y, sin necesidad de recurrir a un documento de hace menos de medio siglo, la condición de príncipe para Andrés era incuestionable. Hasta que ha dejado de serlo.

Este Mountbatten que le han dejado como apellido es el de lord Mountbatten, el último virrey de la India. Y el apellido de nuestra Reina Victoria, cuya rama de la familia mantenía la denominación original de Battenberg, que después se britanizó en la Segunda Guerra Mundial.

No sé en qué acabará este caso. Pinta muy mal para Andrés y las consecuencias que tendrá para sus hijas. Las orgías en las que participó sin ningún pudor quizá no tengan consecuencias penales. Pero pesarán mucho sobre su imagen y la de sus hijas. Lo que de verdad pesa en esta hora es la prevaricación de la que se le acusa en su labor de promotor del comercio británico, cuando daba información privilegiada a Epstein. Eso es más fácil de tasar penalmente. Y en esta sociedad tan disoluta, a muchos les importa más eso que las juergas con jovencitas. Es lo que ocurre en un Occidente depravado.